Me llamo Mario, tengo 29 años y soy doctor en Medicina General. Ayer mismo me enviaron a un pueblo de la provincia de Sevilla para ocupar el puesto de médico, después del fallecimiento de mi viejo colega Don Teodoro.
Una vez instalado en mi nueva vivienda, durante las tertulias vespertinas en la casa del señor alcalde, a las que acudía con regularidad, tenía la oportunidad de escuchar, a cada momento, hacer el panegírico de la nueva maestra del colegio de niñas de la localidad; la elogiaban hasta la saciedad.
Pero antes, inmediatamente después de almorzar, me iba tomar un café a la peña cultural y social del pueblo, en cuya peña se jugaba a todo, incluso hasta con puestas crecidas. Yo no jugaba nunca, sólo miraba. Me divertía observar los ardides que empleaban los jugadores.
Por supuestísimo, ¡faltaría más!, largar de la maestra era casi obligado; siempre salía a la palestra, entre sonrisas maliciosas, guiños alusivos y palabras hirientes. Tenía que hacer un esfuerzo para no liarme a mamporros contra aquellos pueblerinos. Y así ocurría día tras día, invariablemente.
La maestra era una muchacha de 28 años, muy guapa, morena, de estatura alta, y con unas hechuras mareantes. Yo, como médico oficial del pueblo, tenía la oportunidad de inspeccionarla mensualmente, debido a que padecía de extraños dolores en los ovarios y los pechos, lo que conllevaba que tenía que revisarle sus partes más íntimas.
Aun fiel a mi profesión, el animal que había dentro de mí se espoleaba cada vez que la veía desnuda, porque su increíble figura hacía que mi lívido se disparase. La deseaba tanto que inluso llegué a enamorarme, sin ser correspondido por ella. Así que llevaba en silencio mi Gólgota, a la vez que detestaba a todos aquellos y aquellas que se propasaban con ella.
Venía la maestra de la ciudad, y había llegado al pueblo tras ganar una oposición en el Ministerio de Educación. La precedía una leyenda de mujer frívola, que había tenido muchos amantes, sin que ninguno de ellos fuera capaz de llevarla al altar, o ella pasaba de casamiento. El caso es que en el pueblo acaparaba los suspiros y las miradas de todos los hombres, solteros y casados. Las novias y las esposas de ellos “estaban encantadas con la nueva maestra, la adoraban”, pero deseando que se fuera del pueblo, y contra más lejos mejor.
Destacaba la despampanante maestra, no sólo por su increíble belleza, también por sus exquisitos modales, su amplia cultura y sus grandes dotes para la enseñanza.
Vestía siempre a la última moda y poseía joyas y un amplio vestuario, lo que allí hacía cuestionar que cómo podía costearse todo eso con el sueldo de una maestra nacional.
Los malsines del pueblo especulaban que detrás de todo esto habría algún “pez gordo”, que la protegía, de ahí los masivos ataques de la gente del lugar, sobre todo de los ricachones, que eran los que la querían conseguir. Pero en ningún momento con nadie se insinuaba y su conducta era intachable.
Era más deseada por no ser lograda.

Antonio Chávez
Sevilla nov 2023
