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TRES Y UNA ( PRIMERA PARTE)

editado octubre 2023 en Narrativa

Para algunos textos, tengo una canción. Para este, no puede ser otro. 

"Hasta el último suspiro" de Ainhoa Arteta. 




En el momento que me dirigía a coger de la estantería inferior los polvos para la ropa, la propietaria de la antigua droguería me avasalló preguntándome qué hacía allí.  La miré desconcertada y respondí con un simple: —Comprar, señora. — El calor sofocante no me permitía pensar en más palabras.

—¿Comprar? —  soltó sin inmutarse y tomándose todas “las confianzas de una sola vez”: —tú deberías estar en casa tranquila y esperando, se te va a caer el niño entre las piernas. De esta noche no pasas, te lo digo yo. — Y con esta seguridad y regañina, a mis casi cuarenta años me hizo sentir como una niña pequeña que no recogió sus juguetes.

Era verdad que mi barriga llegaba un par de días antes que yo, estaba ya en fecha, pero yo me negaba, aunque ya no podía ni levantarme de la cama, a posponer todas las cosas no resueltas, y que conociéndome como me conozco, eran interminables.

Quince días antes, acompañé en su flotación a una tabla de pádel surf sobre las aguas cristalinas de Maro. Me negué a romper mi tradición de mirar los fondos y tranquilizarme. Fui todo un espectáculo, no tanto mi estado, sino que no encontraban una lo suficientemente grande que soportara mi peso y no se hundiese.  Un bochorno que olvidé en cuanto la libertad y la paz del mar y del horizonte, la piel bronceada, los labios salados, y el sol penetrando entre las pestañas mojadas, me recordaron que mi hija también flotaba conmigo, y que allí, no había peso alguno.


En mis planes no estaba parir ese fin de semana porque me supondría un contratiempo. Más importante que traer mi hija al mundo, era acabar con una plaga de pulgas en casa, a las que no me apetecía regalarle un festín con la sangre de mi bebe.  Por este motivo, tenía que emigrar durante un par de días para que los especialistas hicieran bien su trabajo. Nos trasladamos a otro domicilio más cercano al hospital y parece que entre la dueña y mi hija sí hubo una conversación a mis espaldas, porque precisamente esa noche entre todas, eligió venir al mundo, mientras toda mi atención se concentraba en matar cualquier bicho viviente que pudiera dañarla.

Me sentí extraña, una ansiedad que me subía por las piernas y un alivio que se quedaba atrancado en un suspiro a medio a hacer. Rompí aguas, tanta expectación en las películas y yo, decidí volver a dormir, para no entrar en el pánico que las matronas nos contaban que olvidáramos. Por una vez fui obediente.  Llegué al hospital en la mañana del sábado. Cuatro horas de parto y todo resuelto; las pulgas muertas, mi hija en el mundo y la colada también hecha. Fui precavida y arrastré casi sin decir nada el famoso Bolso que todas debemos tener preparado desde antes de decidir ser madres y que, llegado el momento, nadie te cuenta, porque parece un secreto, qué debes o no guardar en él. Hay tradiciones estúpidas de épocas de postguerra que acatas con una sumisión aplastante para que no te digan que antes de serlo, eres una mala madre.  


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