¡Ya no te quiero, ea!(He puesto a narrar este relato a una mujer madura con mucha guasa, casada y descasada cuatro veces)
Quina una tragaba si un novio golfera me tocaba, o uno que simulaba pero luego me abandonaba, y el andoba ni siquiera la cara daba, ni tampoco se disculpaba.
Esa cosa del amor debería ser como solicitar un curro; te dan un mes de prueba, y, si das la talla, te contratan. Y esto sería lo normal, pero no es lo normal en las cosas del querer. Hay hombres que necesitan un porrón de años de prueba, que, después de ese porrón de años, vienen un día, muy compungidos ellos, y te dicen que tienen dudas. ¿Dudas de qué, joder?
¿Cómo puede decirte un tío después de un porrón de años que el problema no eres tú, sino él? ¿No será que se ha cansado ya de ti y ha empezado a catar a otra o a otras que, quizás, saben hacer berrear mejor el somier?
A mi edad, una ya se libra de estos episodios de “sufrimientos” que vivía de joven con ese coñazo del desamor, que el dolor que ocasiona no es comparable con otro dolor. No hay otro dolor igual. No, no. Es diferente a todos los dolores. Hay que tener una edad para saber valorar que sólo se vive una vez, como dicen las “Azúcar Moreno”. Pero, ojo, que mi menda admite consejos, que una amiga venga una tarde a tomar café a mi casa y me diga a la cara, sonriéndose: “¡joder tía, que no te enteras!”.
Las estadísticas urbanas, que no oficiales, dicen que mogollón de gente vive, al menos, un desamor en su vida. Y gente que dos, y tres. Y también hay babiecas que se van con la primera que le hace un huevo frito. ¡Manda huevo!
No sé si eso es bueno o es malo, pero todiós debería recibir un palito así. Es sano, te hace más humano, te acerca más a tus semejantes, te va aliviando esos terribles y permanentes pellizcos de tus mariposas rebeladas.
No es ya sólo deprimente sentirte rechazada por el hombre que amas; encima, te empecinas tú en no dejar de amarlo. Y así es. Y si, además, le añades la intriga de que, si él lo duda tanto, ¿por qué coño hasta hace poco estaba loco por ti?
Pero hay más, que te asegura el pedazo de cab... que el problema no es contigo, que tú sigues siendo para él lo mejor que le ha pasado nunca. ¡Jajá poleá! El problema es que se ha enrollado con otra, que eso es la gran puñalá trapera, porque te da donde más líquido rojo se concentra.
No, no hay consuelo posible. Pero, si con todo eso no estabas ya bien aviada, aparecen por arte de birlibirloque dos “cositas” que se dan con bastante frecuencia y que lo complica todo más todavía:
1ª Cosita: que no está seguro de lo que hace; y te llama y te busca mil veces, y te marea y te aturde; o sea, que no le sale de sus pelotas irse del todo. Lo que se define en el libro de los dichos como “el perro del hortelano”.
2ª Cosita: que tienes que "salir de pesca”, que tienes que ser feliz por decreto y que tienes que pasar de todos los tíos que se acercan a ti sólo para… bueno, para “eso”.
Él puede ser el tío más mierda entre todos los tíos más mierdas, pero eso no me cura, eso no hace que sufra menos, porque lo que yo quiero es que ese tío mierda me ame, me adore, me venere, me tenga y me mantenga como una Letizia.
Y aquí está el meollo del rollo: si no te merece, si no lo ves claro, si hueles que no te va a hacer feliz, aléjate, y contra más lejos mejor. Pero no, tú sigues ahí dale que te pego, brindándole oportunidades por un tubo y a la vez pensando que todo se va a arreglar por obra y gracia del Espíritu Santo.
Seguro que, en muchos casos, somos incapaces de verlos reflejados en el perfil que creíamos en ellos, y con tamaña oda al desamor no quiero decir que a veces las víctimas (nosotras) no hayamos sido verdugos para otros, que no se lo merecían, lo que se define en el libro de los dichos como “pagar el pato”.
Todas hemos usado esas mentiras piadosas, que no hacen sino empeorar más el cotarro. Mentimos para no sufrir, pero, al final, con esa tendencia de trincar un tío duradero, lo interpretan ellos como: “¡qué leche querrá ésta!”.
Yo estoy completamente convencida de que si en esto del amor hay dudas, no esperes a que las cosas cambien. Créeme, no cambian nunca, si acaso a peor.
Bueno, esto es un mensajito (o advertencia) para las que empiezan a remar en las aguas del problema del enamoramiento, porque para las de mi edad, ese asunto está más que superado, y no porque no te pueda decepcionar, pareja, o esposo, o lo que coño sea, que también, sino porque ya no lo ves igual. ¿Será que ahora, digo yo, tenemos la mujeres un sambenito a cuestas? ¿Será que ahora, digo yo, pueden ellos con nosotras? ¿Será que ahora, digo yo, no sabemos amar igual que antes?
Veo a mujeres de mi edad viviendo a diario decepciones, sacando a la luz problemas que ni sabían que existían; batallando contra mil y un reveces, pero no sufren por amor. No, no es el amor de un hombre lo más importante para las de mi edad. Nosotras somos más del: “mejor sola que con un tío tirándose a la bartola”.
Antonio Chávez LópezRota (Cádiz) agosto 2023
(Este simpático relato (ahora modificado) lo subí a la red hace unos cuantos años)
Comentarios
Y ahora, quito de un plumazo a esa descarada madurita, y encaro el desamor desde otra perspectiva, entre una filosofía casera y un texto casi poético.
Para saber exactamente lo que se siente con ese cambio brusco o drástico del amor al desamor, hay que estar, necesariamente, enamorado. La experiencia del desamor, habiendo amado hasta la extenuación es, sin lugar a duda, una de las más pesadas cargas que puede sobrellevar el ser humano.
Cuando la música no se hace palabra, se estremece el alma, y somos arrastrados hasta las mismísimas entrañas de la desesperación, hasta las profundidades más oscuras, hasta donde nunca ha existido el amor.
Cuando la música no se hace palabra, el mundo se para durante un momento, y nuestra alma y nuestro corazón, nunca ahora risueños, siempre ahora llorosos, quedan suspendidos entre el Todo y la Nada.
Cuando la música no se hace palabra, caminamos por sendas peligrosas, nunca antes transitadas; nos arrastramos hasta lo más negro, hasta donde el silencio tiene la cara del Satán, hasta donde el silencio tiene garras de fuego vivo, hasta donde el silencio suena a son de guerra.
Cuando la música no se hace palabra, sufrimos si no hemos sabido aprender a vivir entre la disyuntiva del amor y el desamor.
Pero si esa música es la música que suena a grito desgarrador, antes celestial, el desamor oye un desgarro triunfador que, de pronto, pudre la palabra.
No nos asusta el llanto. No nos da miedo el dolor, porque sabemos con cuanta intensidad estamos sufriendo. Queremos vernos llorar, oírnos llorar, queremos descubrir en cada lágrima cuanto amor somos capaces de dar todavía.
de un aciago caminar,
sin siquiera descansar
hasta la hora de morir.
Es ver a tu inmortal alma
prisionera en otro amor,
tu dignidad te pide calma,
¿pero qué quita tu dolor?
Antonio Chávez López
Rota (Cádiz) agosto 2023