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En mitad de mi discurso, se disculpó un momento y salió de la sala con la excusa que necesitaba un par de minutos para ir al baño. De reojo la pillé haciendo una consulta al Chat GPT, anotando mi lista de síntomas y él proporcionándole un diagnóstico.
Me vino a contar, que el cotilleo forma parte de la cultura de este país, y que al fin y al cabo solo debía aprender a gestionarlo y establecer un plan de contención a dicha manía que, —de no poner remedio— me llenaría la cabeza de datos innecesarios que me joderían la vida, me harían más insoportable de lo que soy, me alejaría de la realidad de vivir en la absoluta ignorancia y por extensión, de la felicidad deseada de hoy en día. Le pagué setenta pavos, por algo que yo misma podría haber buscado y me marché pensando que igual debiera haber estudiado psicología.
Completamente desalentada, decidí pasear por el centro de Málaga en un día de Julio, evidentemente buscaba algo de sombra y sobre todo aire fresco en alguna terracita. Tanto disgusto psicológico debería tener un factor positivo que me retornara al locus de control, palabra que aprendí cuando compré en un rastro un vestido precioso blanco con encajes y un cuello muy original. Al buscar información sobre esta “cucada” por sí era de algún diseñador famoso, descubrí que era la indumentaria de la Iglesia Anglicana que usan las mujeres, y claro, ya me llevó mi wiki a otro orgasmo súbito y a una expresión nueva en mi vocabulario al leer de corrido algunos textos que usan en su misa en latín. Pero volviendo a lo que contaba, estaba todo completo, por no haber, hasta un gato que intentaba dormitar pegado al muro de un edificio como una chincheta a la sombra de las tres de la tarde, me bufó al verme y adivinar mí intención.
Mares y mares de individuos llegados de todos los lugares estaban poblando el centro de Málaga; los cruceros obligan a transformar cada rincón de mi ciudad en un bar. El dinero mola, pensé porque no había montado yo uno, igual sería como la que es adicta al sexo y se mete a puta. Este pensamiento me indujo a recapacitar que igual, si no podía controlar esta adicción porque era parte de mi esencia, podría sacarle algún provecho y resolverme la vida. Pero después de pedir un tinto de verano a cinco euros en un vaso de tubo que cada día son mas estrechos y confunden con la pajita de papel, observé que mi gozo se hundía en un pozo.
La idea pasada en un segundo de un barecito con terracita, camarero repitiendo como si fueran versos la lista de pescado que habían entrado esa misma mañana fresquísimo, y las tapas en orden alfabético a lo siguiente:
Me descubrí a mi misma sentada sobre una taburete de diseño, que me obligaba a tomar una postura ideal para un selfie y retorcer una pierna en el tobillo de la otra, con un estilo industrial minimalista, que te obliga a entretenerte contando los nudos de la madera de la mesa. Era calcado, igualito que el resto de las terrazas de toda la calle, y también de la calle del centro de Lisboa, también de las de Granada, Sevilla, Madrid, y no sé si Toledo porque aún no he ido. No, está claro, que mi fantasía para unir mi lado wiki y pararme a charlar con todos los que vinieran dedicándole mis oídos y mi tiempo o, preguntando cómo está la familia o si el niño aprobó al final en la sexta repesca antes que le pasaran de curso por la puta cara, era muy bonito en sueños, pero que ya no existía. Evidentemente no disponía del dinero para pagar a la franquicia que me ordenara como poner las tapitas en el plato, o deshacerme del camarero por persona non-grata, sustituyéndola por un jeroglífico digital. Eso sí, los guiris encantados, volverían a su país contando que han vivido la esencia malagueña y se han comido una friturita de “pescaito” de bancales de ríos del sur de India y congelados hará cinco años.