Por culpa de un día 11, el mes 9 tiene ya un 7 para siempre
Vivíamos en un cuento de hadas a la orilla de una prestigiosa bahía, rodeados de príncipes de la economía, héroes del arte, supermanes de lo increíble, y en una aparente y definitiva Babel que conseguía, por fin fin, la meta de todas las babeles anteriores: la armonía del caos y lo contrapuesto.
No teníamos la cabeza ni la imaginación preparadas para que a aquel faro le entrase por lo más alto dos gigantescos túrmix con grandes y demoledoras aspas y le triturasen la testa, dejándonos como único recuerdo un enorme e irrellenable boquete.
Lloramos desconsoladamente por la muerte de tantos inocentes, lloramos por haberse salido con las suyas un fanatismo criminal, pero lloramos, sobre todo, por nosotros. Pobres niños que despiertan de un sueño, indefensos, huérfanos.
No estaban hechas nuestras retinas ni nuestras neuronas para ver que le entrase a Occidente a través de grandes cristaleras dos pájaros metálicos supersónicos, y devoronasen esa majestuosa Babel, que creíamos indestructible. Se nos ha roto, en un 11 siniestro, nuestro juguete más preciado. Ha entrado por ese ventanal de vanidad de cuatrocientos metros de soberbia humana el tiburón de la historia, al que creíamos metido para siempre en una pecera y que podíamos mirarlo plácidamente como si fuera un chanquete.
Nueva York es ahora lo que eran todas las otras babeles anteriores; una gigantesca ficción apoyada en pies de barro y en forma de torres gemelas. Y este es el problema, que nos habíamos ido poniendo, como Alicia en el País de las Maravillas, al otro lado del espejo, y estábamos cada vez más acomodados en un mundo de fantasía y hechos increíbles. Hace tiempo que perdimos la humildad necesaria para toda civilización. Antes de que estas naves asesinas penetrasen los cristales, habíamos puesto nuestro granito de arena de fuego y odio.
Comportándonos veníamos como ese guardián altivo que cree que no queda perro salvaje que no se someta a su silbato
-político-militar-financiero-. Y nuestra soberbia, inconsciente e incontrolada, se había hundido antes que los rascacielos destruidos. Pero ahora ha caído con idéntico estruendo.
Desde hace un siglo veníamos creyéndonos que nuestros racionalismos, unánimes y cojitrancos, eran una arma efectiva para enfrentarse y domar el mundo de pasiones y irracionalidades humanas, que creíamos las tenía todas atadas el Pentágono, pero el Pentágono sólo tiene y sólo entiende de aparatos.
Veníamos explayándonos, desde hace un siglo, en una era de pasiones y no en la vieja era de estructuras. En una muestra más de nuestra desmesurada imprudencia, hemos ido desmontando, como viles suicidas, todos los cortafuegos que nuestra experiencia histórica había ido colocando para que nos sirviera de protección ante el eterno retorno de lo mismo; el gran huracán de irracionalidades sangrientas.
Nos reconcomemos ahora buscando causas y efectos, talibanes y fanatismos en el fondo de los países oscuros, pero no queremos acordarnos de nuestras exageradas sofisticaciones, de todo lo que hemos ido tirando por la borda, ufanos y afanosos, en nuestras circunnavegaciones: una ingeniería, filosófica, moral y política, que, mal que bien, habíamos ido heredando de nuestros pasados y nos había ido llevando.
Liberados ya de nuestro fardo, que siempre nos había parecido lento y pesado para el sprint osado de nuestra inclusión histórica, nos hemos ido entregando al reino de las ligerezas y a los sueños inocentes, pero robustos de una sociedad ilustrada, trazada en la musculatura intelectual de los pensadores liberales, que en nada tiene que ver con sus exangües sucesores o sus epígonos. Hemos ido derivándonos hacia la construcción de una sociedad tribal y trivializada, en la que engullíamos mazacotes de ideas muertas, dosis de fatuidades, egoísmos de baratijas y verdades tan acomodaticias como las ficciones.
Y ante esta tesitura, el mundo se estaba polarizando en dos mitades: sociedades cada vez más tribales, frente a sociedades cada vez más triviales. Y este es el problema; ahora, de pronto, la ciega pasión tribal nos ha despertado bruscamente de nuestra pasión trivializadora. Esos aviones malvados nos ha mutilado nuestra ciudad-estado, que nuestra imaginación había construido en un modelo. Convertidos ya todos en un gran muñón, hemos descubierto, por fin, en qué consistía el nuevo y rutilante orden mundial: en desorden.
Nueva York, como un símbolo, más que como una Gran Manzana, era una fábula. Y en escasos minutos nos hemos vuelto conscientes de nuestra propia inconsciencia.
Y de nuevo, y como venía siendo costumbre, estamos en medio de la jungla, acompañados de nuestros inseparables amigos de siempre: el caos y la fragilidad eterna
Antonio Chávez LópezSevilla 2 septiembre 2001
Comentarios
Ese artículo anterior sobre la caída de las Torres Gemelas, de Manhattan (Nueva York), lo escribí un día después de ocurrir aquélla enorme hecatombe, y fue publicado por un periódico local de mi ciudad (Sevilla)
ACHL