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Marcelo_Choren
Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
—...y entonces fue cuando tiré la puerta abajo y los maté a los tres. ¿Entienden lo que les digo? Los quemé con el .38. Los hice mierda, bien mierda, a esos hijos de puta. Un corchazo en la cabeza a cada uno ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! Ni pío, dijeron.
El tipo pelado me puso un Vanguard entre los labios y el gordo me lo encendió. Las esposas me rompían las muñecas, pero no les di el gusto de pedir que las aflojaran. Ni agua les pedí, y eso que tenía la garganta al rojo de tanto hablar y hablar. Me dejaron solo un rato largo. Yo no miraba el vidrio, pero sabía que estaban del otro lado, espiándome. Se creen que son vivos, que me voy a poner a llorar o a llamar a mi mamá, pelotudos.
Después vinieron otros dos, uno bajito como un enano y otro con cara de conejo mojado, los dientes salidos. Me dijeron que les contara todo de nuevo.
—¿Otra vez? —les dije—. Si yo mismo los llamé. ¿O ya no se acuerdan? Dije: Hola, vengan que maté a toda la banda, eso dije. Y después di mi nombre, la dirección y todo.
Y ellos que sí, que sabían eso, pero que el fiscal de turno quería aclarar algunos detalles y que era más fácil largar el rollo que hacerme preguntas salteadas. Así que no me quedó más remedio que repetirles la historia.
Todo
había empezado hacía, más o menos, un mes o un mes y medio, la
fecha exacta habría que preguntársela al portero: fue el mismo día
en que se mudaron al departamento de al lado.
Yo
había visto el camión de mudanzas en la calle, y le pregunté a
Fermín... sí es el nombre del portero... Quién se iba del
edificio. «No se van, vienen, don Cosme,» me dijo. «Son sus nuevos
vecinos». Carajo, cinco años con ese departamento vacío y ahora
vienen unos desconocidos a romperme las pelotas, pensé. Me enteré,
también, de
que
era un matrimonio con un chico de unos quince o dieciséis años. Me
imaginé la música a las tres de la mañana, los portazos, los
gritos: “Albertito, volvé temprano”. Qué sé yo cuántas cosas
me imaginé. Le dije bien clarito a Fermín que les avisara de los
horarios para sacar la basura, y que estaba prohibido hacer ruidos
molestos; lo hice responsable: un solo escándalo y me quejaba al
administrador. Eso le dije; y él: «Sí, don Cosme. Vaya tranquilo,
don Cosme. Ya mismo les informo, don Cosme».
Por la tarde, cuando volví, el camión ya se había ido. Revisé los dos ascensores, pero no había una sola marca, ni un rayón en la fórmica. Ni una pelusita, había. Seguro que lo habían sobornado bien a Fermín para que les limpiara todo, si lo conoceré a ese. Para llegar a mi puerta debía pasar frente a la de los nuevos. Aminoré el paso, pero no oí nada. ¿Habrían salido? ¿Estarían durmiendo? ¿Qué puta harían ahí dentro? Abrí mi propia puerta con mucho cuidado, para dar el ejemplo, y la cerré despacito.
Al día siguiente mientras me afeitaba —era domingo, y yo voy a misa de nueve—, salí del cuarto de baño y me acerqué a la salita. No se escuchaba nada. Sin embargo, unos minutos antes de irme al Santísimo, me asomé al balcón que da a Mariano Acosta. Los intrusos habían levantado las persianas de madera, las ventanas estaban abiertas. Lógico, pensé, debe haber un tufo inaguantable a encierro y a humedad ahí. Pero, ¿cuándo lo habían hecho? ¿En qué momento habían abierto todo? En ese mismo instante ya empecé a sospechar: esos tipos eran raros.
Me pasé el resto del domingo en la salita, hasta comí ahí. Macarrones con salsa, me hice. Leí La Prensa de pe a pa. El tiempo se me pasó volando, cuando quise acordar ya tuve que encender la lámpara de pie porque estaba todo oscuro. Saqué el Colt .38 y lo limpié. Siempre lo limpio los domingos, es un hobby. Le conozco cada tornillo. Me gusta el roce suave de las balas entrando en el tambor recién aceitado.
En los días siguientes se confirmaron mis sospechas. Los raritos entraban y salían sin que los viera. Fermín les dejaba el Página 12 sobre un felpudito verde, que habían puesto. Yo espiaba, esperaba el momento en que una mano saliera para recogerlo, nunca pude sorprender a nadie. Parecía que ellos sabían, qué digo “parecía”, ellos “sabían” cuando yo dejaba mi puesto de vigilancia para ir al baño. Entonces, zas, metían el diario en el departamento.
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Decidí pasar a la acción. A la noche, pegaba la oreja al tabique y esperaba. Tuve que desarmar media biblioteca para dejar la pared al descubierto. Eso sí, lo hice a martillazo limpio, para que se enteraran bien. No se escuchaba nada, ni el tintineo de una copa o el golpe de una cucharita sobre una taza de café, ni la radio, ni nada. Ni siquiera el ruido de la heladera al arrancar, nada. Sospeché lo que hacían esos tres degenerados: ellos también me espiaban. Esperarían a que yo saliera, eso hacían, seguro. En cuanto yo cerrara la puerta del ascensor, empezarían con sus ruidos. Varias veces dejé pasar un rato, fumando en el palier, dándole conversación a Fermín, que no sabía un cuerno sobre los vecinos, salvo que se apellidaban Álvarez. Entonces yo volvía a subir. Tampoco pude sorprenderlos. Eran muy, pero muy hábiles.
Me gasté unos ahorros, y compré un grabador bueno, profesional, un Sony. También compré un micrófono de alta sensibilidad y un juego de auriculares. Las pruebas me dejaron satisfecho, el equipo captaba hasta sonidos que yo no había distinguido nunca. En mis oídos, un susurro parecía un trueno. Dejaba el Sony funcionando, y daba largos paseos. Iba a cine, al supermercado, a ver a River. Me pasé horas revisando las grabaciones. Nada: sólo escuché siseos propios del sistema, el ruido del camión de la basura. Creo que hasta escuché el ras-ras de la escoba de Fermín barriendo la vereda. Pero de los cretinos de al lado, ni jota.
Al mismo tiempo, cuando yo estaba en casa, escuchaba a Vivaldi a todo volumen, daba unos portazos fenomenales y cambiaba los muebles de lugar a cada rato. Encendía la aspiradora, el lavarropas, la licuadora, todo al mismo tiempo. Nunca se atrevieron a llamar a mi puerta, los mierdas esos. Estaban muy entretenidos en sus asquerosidades.
Los últimos tiempos fueron insoportables. Dejé de disimular, me paraba frente a la puerta de ellos y me quedaba ahí, encendiendo un Camel con la colilla del anterior, tosiendo fuerte, jugando con el llavero, tarareando “Mi Buenos Aires querido”. Los otros me escuchaban, me juego la cabeza a que me escuchaban atrás de la puerta, y se reían de mí. Yo llamaba al ascensor, y abría y cerraba las puertas de tijera a los golpes. Hasta me compré un pedazo de tubo de acero, bien grueso. Le daba martillazos y cantaba “La cucaracha” al compás. Hay gente infame, gente que se encierra para hacer cosas que no se pueden nombrar. Y esos tres hijos de puta, miserables, a la callada, eran los peores. Ni siquiera debían disfrutar de sus jueguitos inmundos. No se merecen que se los llame gente, son animales, bestias.
Y entonces fue cuando tiré la puerta abajo y los maté a los tres. ¿Entienden lo que les digo? Los quemé con el .38. Los hice mierda, bien mierda, a esos hijos de puta. Un corchazo en la cabeza a cada uno ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! Ni pío, dijeron.
¡Un relato formidable! Admirable modo de revelarnos la obsesión que acaba dominando al narrador. Además, he reconocido y disfrutado el lenguaje familiar hasta el último renglón.
Conviene aclarar que las observaciones que anotaré están lejos de cualquier postura taxativa. Sabemos que la escritura está ligada a nuestras preferencias y existen diversas maneras de organizar bien un texto.
De acuerdo con mi experiencia, los párrafos que contienen muchas comillas no permiten una lectura fluida. Es cierto que, en ocasiones y según el contexto, uno no puede excluirlas.
Otro aspecto que me ha confundido un poco, se relaciona con la inclusión de comillas inglesas (“ ”) en enunciados no encerrados por las latinas o españolas (« »).
Salvo que no tuviera opción, resaltaría en cursiva: Colt .38, hobby, La Prensa y Página 12
Mi afecto para los integrantes del grupo e inmensa gratitud para Marcelo_Choren, autor de este magnífico cuento.
Saludos cordiales,
Marcelo
Yo uso, siempre y en primer lugar, las comillas angulares (españolas); luego, si necesito agregar nuevas dentro de un texto ya entrecomillado, empleo las dobles inglesas (“ ”). Si la composición sigue pidiendo comillas entre comillas, coloco las simples (‘ ‘).
Ya que abrimos un tema, voy a tomarme atribuciones que espero no tomes mal, Marcelo. Con tu permiso, separaré un enunciado de tu relato y ensayaré otro posible:
«No se van, vienen, don Cosme,» me dijo. «Son sus nuevos vecinos». (Original)
«No se van, vienen, don Cosme —me dijo—. Son sus nuevos vecinos».
En la prueba, alivié la línea retirando un par de comillas y, además, una coma que por descuido pusiste antes de las comillas de cierre.
Prosiguiendo con el tema, entiendo que tal vez en el próximo enunciado sí debieran incluirse las comillas, ya que existe una suerte de flashback, me refiero a la interposición de una escena que se desarrolló en el pasado:
—¿Otra vez? —les dije—. Si yo mismo los llamé. ¿O ya no se acuerdan? Dije: Hola, vengan que maté a toda la banda, eso dije. Y después di mi nombre, la dirección y todo. (Original)
—¿Otra vez? —les dije—. Si yo mismo los llamé. ¿O ya no se acuerdan? Dije: «Hola, vengan que maté a toda la banda», eso dije. Y después di mi nombre, la dirección y todo.
Hilando muy muy fino. En el comienzo del primer párrafo, yo dejaría un espacio al finalizar los puntos suspensivos:
—...y entonces fue cuando tiré la puerta abajo y los maté a los tres. (Original)
—... y entonces fue cuando tiré la puerta abajo y los maté a los tres.
Más allá de estas observaciones, que en nada afectan la excelencia de Ruidos molestos, sabemos que los absolutos no corren en literatura.
Cada día aprendo algo.
En el primer ejemplo es cierto que no debí cerrarlas hasta el final de la frase.
En el segundo me pasó al revés, me las comí.
El espacio después de los puntos suspensivos me vale. Pensé que como el relato comienza a mitad de un parlamento no correspondía dejarlo.
Otra vez te doy las gracias por tan certeras observaciones (cuanto más fino hilas, más me gustan).
Saludos,
Marcelo
La trama muy bien trabajada, se nota, además, que articulás muy bien los tiempos verbales y las situaciones.
Felicitaciones.
Gracias por las aclaraciones.
A mí me trae muchísima confusión el uso de comillas y guiones; y ni hablo de las comas, mi gran karma.
Saludos.