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Marcelo_Choren
Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
El arte es orden
El arte puede ser interpretado como el ordenamiento de elementos
dispersos a fin de lograr un efecto que induzca al receptor al goce
estético. Este ordenamiento no es casual ni, en modo alguno, al
azar.
Cuando escribe el punto final de un primer borrador, el escritor sólo se ha desfogado.
Le falta, todavía, recorrer un largo camino de ordenación.
El texto es un bloque en bruto que necesita (que “pide”) correcciones.
Esa corrección, tan combatida desde la ignorancia, la vanidad, el temor, es donde se encuentra el texto “verdadero”; donde ya no vale “lo que quise decir” ni “lo que quería mostrar”.
La tarea de corregir un texto, en abstracto, no significa nada. Es un camino del que apenas se conoce el punto de partida y, se sospecha, no concluye jamás.
Al respecto, Jorge Luis Borges decía que publicaba para dejar de corregir. Cosa que no amedrentaba a Abelardo Castillo, capaz de pedir que se parara la impresión para realizar un nuevo ajuste del texto. Si hubiera estado en su mano, Castillo habría hecho desaparecer hasta la penúltima edición de sus escritos.
Anécdotas aparte, corregir un texto empieza como una trabajosa lucha entre el autor y sus propias palabras; el tiempo, el esfuerzo y el honesto reconocimiento de los errores, la transforman en una actividad placentera, quizá más que la propia labor creativa. A su modo, la corrección también lo es.
En la práctica, corregir abarca desde la puntuación hasta la búsqueda de la palabra adecuada, de la frase precisa, de la homogeneidad del conjunto, de la unidad de efecto.
Un primer paso, antes de “tocar nada” es asegurarse de que cada párrafo se ubica en el lugar apropiado. Es frecuente que, al calor de la escritura, se avance o retroceda sin mucho concierto, que se agreguen datos que deben ser comunicados al lector antes o después del sitio en que se los ha insertado.
También habrá que quitar la frase que “enamora” (en cualquier borrador hay, por lo menos, una), esa que, de tan redonda, el escritor se resiste a admitir que sobra.
Un buen repaso indicará dónde se encuentran las explicaciones superfluas, los excesos, las construcciones confusas, los adjetivos inútiles. En suma, todo aquello que entorpezca la lectura, el ritmo, la claridad del texto.
El trabajo de corregir tiene su punto de inflexión. Como decía un autor de la antigüedad “que pula, pero que no desgaste”. El ordenamiento del escrito debe ser tal que, a priori, su manipulación no salte a la vista. El texto, así corregido, debe mostrar una frescura, una espontaneidad que —el escritor experimentado sabe— ha sido buscada con afán.