Ya con 68 años cumplidos regresaba a mi casa desde la de mi anciano padre. 95 años de pura sabiduria no declarada que le permiten pasar sin mucho apremio una prolongada vejez a pesar de sus limitaciones físicas.
Cavilaba sobre mi existencia y mi destino. Casi como aquel que ha fallecido y tiene que dar cuenta de sus acciones al tribunal del inframundo para que se determine el destino final de su alma.
A favor, haber tenido dos hijos ya adultos y relativamente bien encaminados para afrontar sus vidas, tener una buena salud y una aceptable jubilación, especialmente si la comparo con el promedio de haber jubilatorio.
En contra, las mil batallas perdidas contra el cigarrillo y mi poca capacidad para ser feliz. No poder detener mis pensamientos ni por un momento y poder relajarme en el cálido disfrute de un espectáculo, de una salida, y fundamentalmente de unas buenas vacaciones, esto último para desgracia de mi esposa Delia.
En esto andaba mientras delante mío, caminando en el mismo sentido, una transeunte, que a duras penas acarreaba su rollizo cuerpo mientras iba fumando un cigarrillo.
De la comparación surge la lástima o la envidia. En este caso la pobre mujer era merecedora de mi mejor pena.
Sobrepeso, quizá pobreza, mala alimentación, carencia de estudios formales, que defensa podría oponer al tabaco, si todos sus otros males eran mucho peores.
Mientras caminaba, observándo mi reflejo intermitente, algo encorvado, en la interminable suceción de vidrieras de los negocios, enderecé la espalda revalorizándome. Mi vida no era tan mala comparada con el resto de los mortales.
A esta altura, la mujer caminante ya llamaba mi atención, tras seguirla involuntariamente por más de una cuadra y media.
Tiró a la vereda la colilla del cigarrillo con desparpajo, sin detenerse ni observar donde caía. Mientras bufaba continuando su tenaz marcha hacia algún lugar determinado, imaginé yo una parada de colectivo para llevarla a un barrio de la periferia.
Menuda fue mi sorpresa cuando sacó de sus ropas un control remoto y casi sin demora parpadearon las luces de un nuevito y brillante Toyota Corola.
Con inefable actitud abrió la puerta arrojando con mucha habilidad la cartera al vacío asiento del acompañante, se sentó con una agilidad impensada para su peso, cerrando la puerta con la fuerza justa y necesaria para que no golpée de más, mientras ya arrancaba el motor.
No pasaron ni cinco segundos y se incorporó con maestria al aterrorizante tráfico del mediodía.
Entré en duda si la mujer era digna de mi lástima o yo de la suya.
Cosas de la vida, no me dió el tiempo para pensar mucho más, llegué a mi auto estacionado, abrí la puerta de mi viejo Renault 12, lo arranqué, encendí la radio y me fuí raudamente rumbo a mi casa.
Comentarios
Tu cuentito sin nombre, bien podría ser una historia cotidiana. Buena redacción y mejor enfoque hacia hechos reales. Escribes con un buen sentido; y, por eso, es extraño que no te proliferes más en este foro de Literatura; porque, por muy ocupado que estés en tus menesteres diarios obligatorios, pienso que siempre puedes sustraer unos minutos para sacar a la luz tu buen hacer literario
Un saludo