
Desenfreno sexual entre amigos
Estaba ella medio borracha cuando se me pasaba por la cabeza. Sentada en el sofá junto a su nuevo flirt, y sus hormonas jugaban con sus sentidos. Otra la miraba con sus penetrantes ojos y, de algún modo, sus labios rojo carmín la incitaban a ser traviesa. Se lo estaban pasando de puta madre. Era un fiestón entre amigos y amigas: alcohol, drogas y sexo. Pero había una distancia que no era capaz de recorrer. Habían hablado de sexo, y ella estaba ya que se subía por las paredes.
Año atrás, ella y yo habíamos tenido un episodio lésbico, pero desde que empezó a salir con uno, fin del libro. Cerraba con él y se abría con una. Pero ahora estaba sola, y a su lado su amor. En verdad, le hubiera gustado explicarle abiertamente que le daba igual uno que una, o los dos a la vez, aunque, si era sincera, confesaba que prefería una: ella.
Sentía atracción por su chico y por cómo le había hablado ella de él. Su camiseta apenas dejaba ver lo que había bajo ella. No era de esos tipos que se acicalan como un modelo. Si no fuera por ella, hubiese pasado desapercibido, y no creo que él tuviese interés por ella. Pero, bueno, las hembras siguen siendo el gran enigma para los machos.
Seguíamos bebiendo y charlando, y él allí, sin moverse del sillón, y yo en otro a su lado. No podía evitarlo, pero por vez más mis ojos se iban a la parte más abultada de sus vaqueros, que algo dejaba intuir. “¿Cómo la tendrá?”, pensé, y mi pulso se aceleraba hasta llegar a mil. Ella me miraba apretando los labios, un gesto que ambas solíamos hacer cuando queríamos decir... “¡uf, vaya escaparate!”.
Sus labios fabricaban un problema; no solo podían significar sexo, podían ser un beso, un coche u otra cosa, pero siempre implicaba un máximo deseo.
En ese momento, y con una buena dosis de alcohol como excusa, si fuese necesario, me dejaba caer hacía atrás con el pelo cruzándome la cara. Mi mano se desplomaba en su bajo vientre... ¡Estaba terriblemente empalmado!
-Alcánzame mi litrona -le pedía.
Todo estaba calculado; mi litrona en la mesa, y al inclinarme para recogerla de su mano, la mía caía, 'sin querer', en su pene. Y ahí estaba su tranca, grande y tiesa bajo un pantalón ancho que, a mi parecer, no le hacía justicia.
Mi corazón se disparaba y una risa debía dejarse oír. Con total probabilidad, una de mis risas más sinvergonzonas. Pero la cosa no quedaba ahí. Cuando cogía la litrona me disponía a beber, ¿y a qué no saben dónde estaba mi mano y cuál era su punto de apoyo? Pero yo, me cogía a su miembro, aunque él ni parpadeaba. También ella estaba a la misma velocidad que yo. Sus impolutos pechos parecían que querían abrirse paso entre el escote, y sus escrutadores ojos me devoraban. Pero yo seguía aguantándome.
Justo cuando acababa de beber, llevaba la mirada al chico, que paralizado parecía. Pero lo que quedaba por descubrir era el consentimiento de su “novia”, para hacer un trío, uno de esos
menage a trois, a decir de los franceses
Por un momento no quería hacer lo que estaba haciendo. No era pensar que había dejado de ser casta y pura. No. Era mi amiga frente a mí, y la idea de devorarla. Soltaba la tranca del tío y me retiraba mientras ponía la litrona en la mesa. Estaba borracha, había bebido mucho. Era uno de esos momentos en que los ojos te muestran los movimientos a alta velocidad. El monitor HD de mi cabeza se habría jodido, y cuando venía a darme cuenta estaba quedándome frita.
Mi amiga me comentaba una cosa lasciva y aunque no la entendía, pronto reaccionaba y sentía un escalofrío en mi cuerpo, que drenaba la temperatura, proyectándola, y ahora mi sexo volvía a enfocar con precisión justa por la tigresa depredadora que llevo dentro de mí.
-¿Estás bien? ¿Estás bien? -me preguntaba no sé quién, dos veces seguidas.
-Sí, bien, solo que no tengo coño de levantarme -respondía, sonriéndome.
La verdad era que no me sentía tan mal, y una vez en pie, me veía mejor. Mi amiga, preocupada por mí, se había puesto a mi lado y me ofrecía su mano. Desde los quince años bailábamos danza tras danza.
Me cogía la mano y sentía su amabilidad hacía mí. Era una chica delicada. Tenía los ojos verdes más guay que nunca había visto, y su piel “me ponía”; era suave de cabeza a pies, o como en este caso, hasta las puntas de sus dedos. Era guapísima: bellos rasgos en la cara y carnosos y suaves labios. Su pelo del color del castaño, el yodo del mar lo convertía en rubio. Pero, en todo caso, estaba como un queso, para los amantes de este lácteo, y para los amantes de la RENFE, como un tren.
Sin duda, esa noche estaba yo más caliente de lo normal en mí al contacto físico. Un mero roce de mi piel me hacía erizarme entera. El chico nuevo estaba al loro y lo percibía.
-¡Estoy buenísima! -gritaba al aire.
-No bebas más -me aconsejaba no sé quién.
Pero ese tono sonaba a insinuante, y no me extrañaba porque mi tonteo ponía más que cachondo a todo el mundo, y hacía poco estaba cogiéndole y mimándole el pene a uno que no conocía de nada, como si algo mío fuese.
Alguien me llevaba hasta el sofá y me tumbaba en él. Mi amiga y uno que aparecía, no sé por dónde se ponía a mi lado, y mi amiga en el otro lado.
El efecto de las luces era confuso. Sentía como si mi excitación batallase contra el alcohol en una encarnizada batalla, donde mi gran aliado era el contacto físico. Les preguntaba si se iban a ir a joder. Me decían que no, que no querían dejarme sola. Con un gesto amable, les agradecía el detalle.
-sigue y termina en siguiente página-
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Después de esto, la conversación derivaba a la pornografía, y yo me sentía como las cataratas del Niágara. Con el chico me era extremadamente difícil un acercamiento, pero con mi amiga no. Me echaba en su regazo y sentía sus hermosos pechos sobre mi pecho. Al poco, me incorporaba y le preguntaba:
-¿Puedo? -señalando uno de ellos, atrapado en un sujetador negro de licra.
Ella afirmaba y su amigo lo corroboraba. Luego, ella cogía mis pies y los sostenía con firmeza y también con ternura. Era mi mejor amiga, amable y considerada conmigo. Nos queríamos mucho.
Hacía algo que me sorprendía, pero enseguida me sacaba una sonrisa. Ponía mi pie sobre el pene de él. No estaba tan duro como antes, pero mis eróticos movimientos iban a darle una solución al problema. El otro pie lo sostenía en las manos y lo masajeaba. Era difícil que me diesen a mí un masaje en los pies y no me hiciesen cosquillas, pero él lo conseguía.
Mi amiga me miraba y jugueteaba con mi cabello. La charla ahora era excitante, debido a la calentura que teníamos. Por mi parte, introducía el brazo por detrás de la cintura de mi amiga, que no tardaba en dejar caer el suyo sobre mis muslos. Para mi desgracia, tener su cabeza apoyada me imposibilitaba palpar el pene de él; ahora duro, duro como para ser confundido con un palo. ¿He dicho palo? ¡Si no podía ser comparada con el de un semental, al menos no por mí! Era una tranca enorme, una de las que a cualquier mujer le encantaría llevársela a su casa y disfrutar a sus anchas, aunque a escondidas las casadas de sus esposos.
El chico nuevo y yo nos dedicábamos una bella mirada. Me miraba con esa cara de... “¿y ahora qué?”. Aun eso, parecía que se rendía fácilmente.
De inmediato ponía mi otro talón sobre él. Dejaba de masajearme y se presionaba su pene con la misma herramienta que yo le había facilitado: mi pie, que yo lo movía a mi libre albedrío.
Jugueteaba con el pelo de mi amiga y me pasaba el índice por los labios. Me moría por hacer el amor con ella, y es que hacía tiempo que nada podía detener mi lívido, y más todavía al estar sentada entre dos buenas piezas, de diferentes sexos, pero condenadamente guapas. No sé si era por los hermosos pechos de mi amiga, con sus apetitosos pezones, o por el macho macizo con tripa dura y pene tieso que, con buen tacto y no menos destreza, me había masajeado, y en tales circunstancias el alcohol era una ridícula traba, hasta el extremo de que ni la pejiguera de los riesgos morales de mi amiga podían impedir que fuese ella la que moviese la primera ficha.
Mis dedos se deslizaban en un claro desacierto por debajo de su barbilla. Volvían a su boca, y allí me explayaba hasta que la abría. El gesto era erótico, y se mojaban mis dedos. Recorría sus mejillas dejando un mero rastro suave con la punta de las uñas; después, dejaba caer los dedos sobre el borde del escote. Ella me miraba como si fuese mi confidente, y el chico, que lo intentaba, pero que no podía, se hallaba incómodo pensando que de un momento a otro confesaría, y su novia estallaría en ira.
Cogía su pecho y, tras suspirar, apretaba sus labios y me miraba fijamente. Sonreía y empezaba a acariciar mis muslos. Yo no podía más, así que le cogía la mano y me la pasaba por debajo de las bragas. Su mano se encontraba con mi joya, y yo tensaba los músculos. El corazón se me salía por la boca, incluso soltaba un rugido. Mi talón se clavaba en el miembro del chico nuevo.
Mi amiga sonreía y se ponía roja como un tomate, pero al girarse hacia su novio, él la cogía con ambas manos, arrastrándola y dejándome a mí sin ella. Me incorporaba y veía cómo la mano del chico se deslizaba bajo la blusa de mi amiga, tocándole sus pechos como antes a mí mis pies. Desde atrás besaba su cuello, y mi amiga extasiaba con sus labios entreabiertos y sus luceros verdes mirándome.
Le sonreía y trepaba a través del sofá hasta que me era posible acapararla para chuparle los muslos. Subía restregando mi cara contra sus mamas, donde también trabajaba a destajo el chico nuevo, y después quedábamos cara a cara mirándonos, fijamente y con luz de lujuria en los ojos.
Finalmente, mi mano derecha se posaba en su humedecida verga, y dos dedos de su mano, empapados, cortaban orejas y rabo dentro de mi vagina.
Antonio Chávez López
Sevilla junio 2001