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Marcado desde la niñez

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


Marcado desde la niñez

Desperté con la pene tieso, como cuando se hace el amor en sueño. Todo parece real; las sensaciones, deseo, pasión, olor. Y todo ello solo para despertarte y darte cuenta de que eres un perdedor, que no tienes sexo real con mujer y que te dedicas a buscar la asquerosa y enferma pornografía en el Internet.

Y eso lo afirmo porque he sido adicto al porno desde los 13, y a la marihuana, al café, y a recrearme mirando a las chicas de la ESO en mi turno de colegios.

La mano en mi verga, la verga en mi mano, siempre lo mismo, incluso tratando de hacerme yo mismo sexo oral. He llegado a la conclusión de que me he enamorado de mí mismo, porque quisiera penetrarme, o que mi pene me sodomizase.

Aunque esta idea es aberrante, también es imposible para mí, pues tengo el abusivo 21 centímetros, y esto cuando mi pene está flácido. Pero ya os hablaré de esto en otra ocasión.

El incienso en mi dormitorio se ha consumido. Lo uso para camuflar el olor a semen que se encuentra en incontables bolas de papel por todo el suelo, como si conservarlas fuese un tributo a mi sempiterna excitación.

Me levanté de la cama con un fuerte dolor de cabeza. Había bebido demasiado la noche anterior. Recuerdo que conocí a una mujer que se llamaba Juliana o Julia, ¡eso Julia! Me viene a la mente porque ese era el nombre de mi profesora de inglés en la ESO que, además de una tía guapa, tenía dos buenos melones, lo que siempre era un problema para mí, cuando se iba hacia la pizarra a explicar algo, y mi miembro en pie de guerra.

Recuerdo cómo llegaba a mí el olor de su piel, empapada ella en sudor y con un olor a vagina tras haber hecho el amor con el director en su oficina, quien ingenuamente creía que sus amoríos con ella eran el secreto mejor guardado. Practicar sexo era lo único que la mantenía viva y vivaz en las horas de su asignatura, rodeada de niños, que se regocijaban en su infantil felicidad, sin saber que terminarían siendo otra aburrida clase de nuestra absurda sociedad, pero al menos no acabarían tan abajo como yo. Su olor me intoxicaba y me dejaba con la infinita necesidad de cogerme el pene y masturbarme con libertad, hasta incluso descargar en medio en de la clase.

Era horrible la sensación de deseo y a la vez de incapacidad. La desesperación me hacía lanzar gritos, olvidar todo y hacerlo de una puta vez, pero obviamente nunca lo hacía porque no soy valiente, ni tampoco llega a tanto mi perversión, o al menos esto me digo para complacerme. Nunca me masturbé por debajo de la ropa. Siempre trataba de ser lo más discreto posible, para que nadie viese nada.

Pero volvamos a mi historia.

Me fui al baño, como siempre hago luego de despertar, y me dispuse a orinar. Una ceniza de cigarrillo descansaba en algún lugar del excusado. Traté de apuntarla con el chorro de la meada por mera distracción.

Me subí la cremallera y salí de los aseos sin lavarme las manos. Nunca me he lavado las manos luego de orinar, y ésta sucia costumbre no me ha traído consecuencia, pues lo achaco a mi estúpida prisa, que me coarta.

Mi desayuno es el mismo todas las mañanas; punto pan tostado con mantequilla y un cabrón vaso de leche con Cola Cao.

Algo que siempre me ha dado un asco indescriptible es el ver una cucaracha en mi cocina, nunca he podido soportarlo e inevitablemente me encuentro, no solo matándola, sino torturando a tan asqueroso ser. Me gusta quemarlas con el fuego de un mechero o pincharlas con un alfiler, para que así mueran lentamente, e incluso una vez me cagué encima de una. O eso creo, no lo recuerdo bien, tal vez lo soñé.

Solo con pensar que tengo que salir de mi casa e irme a mi odioso trabajo como chófer de bus, y saber que solo me espera un sucio asiento, destruido por el uso, y mi culo que se pasa ahí horas interminables de una insoportable monotonía, viendo subir y bajar a la gente, cuya aburrida vida sigue siendo más interesante que la mía, es un martirio. Odio mi trabajo. Nunca suben mujeres con hermosos pechos y sujetadores holgados para que se vean los mamelones. Cuántas veces he deseado que una mujer así suba a mi autobús. En cambio, solo suben gastadas amas de casas, y ancianas que ya deberían jubilarse en todo, en vez de seguir ocupando espacios en mi bus, e incluso con el derecho de exigir a la educación de los obreros el cederle el asiento, aunque ellos estén más cansados que ellas.

Pero mi trabajo no es tan malo. Suben chicas a mi autobús que regresan a sus casas desde sus escuelas, o van a pasear con sus amigas. Es maravilloso su aspecto juvenil, que parece estar madurando, especialmente ahora que estratégicamente he puesto un espejo, que incluso a mí me sorprendió su excelente posición. Esto es algo de lo que me he jactado frente a mis compañeros del trabajo, como un logro, como una victoria, hasta admitir que el día que lo instalé me sentía extrañamente orgulloso.

Mi ruta tiene tres puntos que siempre me han puesto en alerta. Principalmente me centro en ellos mientras hago mi trabajo. El primer punto es una esquina, en la que se junta una pandilla de peligrosos drogadictos. En un principio, cuando empecé en este oficio, sentía miedo al pasar por allí. No dudaba ni un segundo de que el día menos pensado uno de aquellos hijos de putas me robase y después me pegase un tiro, sin ningún remordimiento, pero al comprobar luego de tres semanas que nada me hacían, me di cuenta de que el día a día era una incognita pasar por aquel lugar.

Recuerdo que un día vi cómo golpeaban a un hombre entre cuatro o cinco de esos mal llamados enfermos. Le quitaron los zapatos, la camisa y el pantalón; en fin, toda su ropa hasta dejarlo completamente desnudo, humillado y mal herido. Pero, aun así, no perdía su sentido del pudor, y con sus manos se cubría los genitales mientras lloraba. Yo lo auxilié y le procuré ropa.

Empero, a mí aquello me provocó una erección. Me sentía fascinado al ver algo nuevo, algo que no se veía todos los días.

Era la única manera de distraerme de esta homogeneidad de mi vida, algo que podía guardar en mi memoria celosamente, como si fuese un tesoro, a pesar de que no tenía nada que ver en aquella pelea, a pesar de que yo no le di ni un solo golpe, ni tampoco derramé una asquerosa lágrima vergonzosa. Miserablemente me cubrí mi descomunal miembro, que, por cierto, siempre les decía modestamente a mis amistades femeninas que era normalito.


-sigue-




Comentarios

  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


    El siguiente punto era un mercado de abastos, ubicado en una transitada calle; que, por lo general, me causaba un dolor de cabeza y periodos largos de enfados, en los que me sentía capaz de colarla bien en la hendidura de la primera hembra que apareciese por las puertas de mi autobús.

    Este lugar en particular era un auténtico desastre, como algo post apocalíptico. Las gentes se peleaban por las pocas frutas y las verduras que todavía se veían comestibles, con el fin y de evitar comerse un plátano, que estaban tan podridos como los drogadictos de la esquina. Las señoras se peleaban como fieras. Ni se imaginan lo divertido que era ver el espectáculo de dos señoras jalándose de los pelos. A veces veía a alguna señora, que, a pesar de tener un porrón de hijos, aún conservaba sus curvas. Esto era, sin duda, un incentivo para las noches en que me sentía cachondo, que suele ser todas.

    El tercer punto no era un lugar, era una persona: un conflictivo púber de 17 años, que siempre se sentaba en la parte trasera del autobús, la cual se encuentra cubierta de rayones y algunos dibujos, hechos por algún travieso de la ESO.

    Las palabras escritas en esa parte no eran ingeniosas, pero graciosas.

    El leer "jode a tu puta tía, puto Javier de la ESO 3", o "Puto el que lea esto", era algo que despertaba mi sentido del humor. Y era por esto que los dejaba asumir que no les veía mientras escribían con rotuladores de colores en las partes delanteras de los asientos y en los respaldos de los mismos.

    Algunas veces los asustaba por diversión, no es que me importase que lo hiciesen, sino que yo no tenía nada que hacer y no había pasado nada interesante aquel día, por lo que me detuve bruscamente al ver, a través de mi pequeño espejo secreto el momento en el que empezaban con su juego. Veloz, incluso ágil para alguien de mi complexión, y aprovechando que el bus iba medio vacío, me fui amenazante hacia donde estaban con una pistola de juguete que llevaba colgada en el retrovisor del autobús. Los chavales estaban tan distraídos escribiendo en un asiento: "El Paco y la Manuela se aman locamente", que no se percataban de mi presencia, hasta que no estaba detrás de ellos.

    Acelerados por el susto, los tres se bajaron corriendo del autobús por la puerta que yo había dejado previamente abierta, y en un parpadeo estaban al otro lado de la calle. Me reía mientras uno de los tres se caía en la acera. Por coincidencia, el que me llamaba la intención estaba ahí, no se había movido ni un centímetro, ni parecía interesado en mi broma, solo se quedó mirándome con cara de... "¿y tú qué?". Me di la vuelta mentándole el padre con un gesto de dedos.

    Siempre se bajaba en alguna calle antes de llegar a su escuela, como si le avergonzase tener que ir en autobús y no en auto. Imaginen ahora con lo que les voy a contar a continuación, cuánto odiaba ser chofer de autobús.

    Era algo que me traía pésimos recuerdos, y lloro cada vez que lo pienso. Y era por el chófer del autobús que me llevaba a mi colegio cuando estaba en Primaria. Aquel malnacido cabrón se llamaba Alejandro.

    Alejandro tenía unos 42 años. En el antebrazo izquierdo llevaba un tatuaje de una calavera. Era más feo que la madre que lo parió, con la boca sin dientes y toda la cara picada de viruela. Y además, con una mala leche fuera de serie.

    El autobús llevaba un grupo de 23 niños a la escuela, y yo siempre me sentaba en la parte de atrás, pues era el primero que recogían y el último que entregaban.

    Nos bajábamos del bus, Alejandro y yo, y siempre me dejaba a la puerta de mi casa. Mi madre nunca esperaba fuera, hasta ese día que estaba en el escalón de la puerta fumándose un pitillo, vestía una falda floreada. No podré olvidar esos detalles. Recuerdo que estaba sentada de una forma provocativa, cosa que debió entusiasmar a aquel pervertido de Alejandro.

    Ese día descubrí una cosa importante en mí: que era un cobarde. Solo los valientes mueren, pero yo preferí ser un cobarde y vivir un día más, sin importarme que asqueroso y malo fuese. Luego de aquel día, siempre quise vivir otro mugroso, triste e infeliz día. ¿Por qué? Porque tengo miedo a morir y porque estoy seguro de que si mi vida es una mierda, mi muerte será un mojón. Si no hubiese sido porque mi madre me educó como católico, ahora temo que vaya al infierno por vivir una peste, y sueño con el diablo cada noche, diciéndome: "ya falta un puto día menos". Un putísimo día más cerca de que los indeseables drogatas me follen todos los días y me sodomicen todas las noches. De algo estoy seguro: cuando muera, lo haré después de tres días de agonía, para que, aún vivo, esté preparado para las felaciones que tendré que hacer y las sodomizaciones que me harán en el infierno.

    Pero volvamos a lo que estaba relatando.

    Alejandro agachó la cabeza, obviamente para mirar y recrearse en la entrepierna de mi madre, que más tarde vi que llevaba unas bragas negras.

    Y cuando aquel asqueroso hijoputa hacía eso, fue de una manera tan descarada que se adivinaba palmariamente que quería ser sorprendido realizando tan mirona acción.

    Mi madre me ordenó que me fuese a mi cuarto. Y yo la obedecí. Entré a mi cuarto, llenas las paredes de dibujos de mi cole, que algunos de ellos aún conservo. Estuve encerrado en mi cuarto hasta que oí que se cerró una puerta, por lo que salí para preguntar a mi madre qué era lo que íbamos a comer ese día. Yo esperaba que fuese huevo frito con patatas.

    Pero me olvidé por completo de la comida. El baboso de Alejandro había entrado a mi casa, ¿Qué leche estaría haciendo ese cabrón chófer de autobús en mi hogar? Tenía que descubrirlo, sin importar cómo.

    Mi madre pasó a su dormitorio con Alejandro. Yo era un mocoso inocente. No sabía nada sobre lo que llamaban mete y saca y saca y mete, que decían en mi película favorita: "La naranja mecánica".

    El andrajoso chófer del autobús se dio cuenta, casi de inmediato de mi incomoda presencia. Furioso por algo que no atinaba a comprender, se acercó a mí. Yo estaba inmóvil, sin saber qué hacer ni decir, solo me oriné en los pantalones antes de que aquel desgraciado me sujetase del brazo, empezase a zarandearme violentamente y me arrojase al pasillo de un puntapié, el pasillo estaba entre mi cuarto y el de mi madre.

    Lo que recuerdo perfectamente son golpes en mi cara y patadas en mi cuerpo. Mi madre lo apartó con todas las fuerzas que pudo, pero a mí me dejó tirado y mareado sobre el suelo, además de meado y cagado hasta las trancas.

    Aquel pedazo de cabrón, aún con los slips en las rodillas y el pene tieso al aire, topó tras ser empujado violentamente por mi madre, cayó de espaldas al suelo y se golpeó fuertemente en la cabeza, seccionándose una oreja. Enfurecido, arremetió con toda su mala leche contra mi madre. En mi estado. medio desfallecido, solo pude ver, borrosamente, cómo la golpeaba reiteradamente y la violaba una y otra vez, hasta que, con más voluntad que acierto, arremetí contra él, pero de un fuerte puñetazo me lanzó contra la pared, rompiéndome la nariz y la boca y quedándome inconsciente.

    Lo siguiente que supe tras despertar de mi inconsciencia y después de reponerme un poco, fue que mi madre se encontraba muerta sobre el suelo.

    Finalmente: Alejandro a la cárcel y yo a un orfanato.





    Antonio Chávez López
    Sevilla octubre 2001


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