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El Jamacuco

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


"EL TABACO MATA". Esta macabra frase se puede leer palmariamente en todas las cajetillas de tabaco (rubio y negro) de la Tabacalera Española, acompañada de imágenes escalofriantes de personas con cáncer. Pero... ni caso. La gente se ríe (me río, porque también fumo) de las advertencias y sigue (seguimos) fumando a tutiplén (yo a superplén). Y lo peor de esto, es que cada vez es más temprana la edad del fumador.
 
 
El Jamacuco

Antonio Alexandre, sevillano de la ciudad de Sevilla, de 63 años, prestigioso catedrático de Literatura de la Facultad de la Comunicación de Sevilla, tuvo a bien pedir una excedencia de do meses a la dirección de la facultad, porque se proponía escribir una obra literaria para presentarla como una de las candidatas ni más ni menos que al famoso y acreditado "Premio Planeta”.

Y para su escritura empleaba las horas de después de almorzar, hasta la hora de cenar. Pero antes de comenzar a escribir, fumaba barbaridad. Mientras escribía, fumaba barbaridad. Cuando se le iba el hilo narrativo, fumaba barbaridad. Cuando uno de los personajes de la obra no tenía fuerza emotiva, fumaba barbaridad. Cuando no salía de su gusto un diálogo entre dos personajes, fumaba barbaridad. Cuando no acertaba a resolver una trama, fumaba barbaridad, mientras pensaba cómo descubrir la trama, fumaba barbaridad…

Una tarde, especialmente emotiva, en que no encontraba el quid para finiquitar una tensión creada entre el protagonista y la protagonista de la obra, se metía en los pulmones, sin casi darse cuenta, el humo y la nicotina de un paquete de cigarrillos rubios ¡en apenas media hora!
 
Y sucedió que, al  otro día, cuando iba a ponerle el punto final a su libro, no encontraba un final adecuado. Se puso a pensar durante buen rato sobre un final, mientras se iba fumando un porrón de cigarrillos rubios, pero en el último cigarrillo le dio un agudo ataque de tos, derivando en un infarto de miocardio, y se quedó más tieso que la mojama frente a su ordenador portátil.

Lo halló muerto su hijo, pasados dos días. Se encontraba el bueno de Antonio sentado y rígido en su sillón giratorio con los dedos índice y anular de la mano izquierda chamuscados, la mandíbula desencajada, los ojos abiertos de par en par, y su escritorio y la casa entera despedía un nauseabundo olor a putrefacción.

Horrorizado, telefoneó al 112, y en menos de un cuarto de hora llegó a la casa un médico, que se limitó a firmar el parte de defunción, porque al viejo (y traviesillo, que todo hay que decirlo) profesor se le fue la vida.

En su lápida, a petición expresa de su único hijo, esculpieron este epitafio:
 
 
AQUÍ YACEN LOS RESTOS DE UNA BUENA PERSONA, QUE TENÍA LA VIRTUD DE NO FUMAR, PERO EL DEAN DEFECTO DE QUE SE COMÍA EL TABACO
 
 
Su libro, finalmente, ganó el "Planeta", y con el paso de los años, tuvo un éxito desaforado. Se siguió leyendo durante viarias décadas. "Don Antonio Tabaco" (así fue rebautizado por la prensa), pasó a la historia como el creador de un nuevo género narrativo. Pero no tenía su libro un final, precisamente por eso los críticos decían que era el mayor acierto del autor, cuando lo que había ocurrido en realidad era que palmó antes de dar con él.



 

Antonio Chávez López
Sevilla enero 2016


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