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Dos Flores

editado 12 de abril en Narrativa

Marta llegó, como en los cuentos de hadas, de ninguna parte.
Era hermosa y buena, como en los cuentos de hadas.

Y como en los cuentos de hadas, cuando se casó conmigo, todo el pueblo se alegró con nosotros. Porque su bondad me hizo bueno a mí también, y tomados de la mano, repartimos para todos riqueza y felicidad. Y mi morada, que era una fortaleza odiada e inexpugnable, se convirtió en un castillo… de cuento de hadas.

La felicidad se convirtió en éxtasis cuando anunciamos su embarazo.
Yo estaba seguro que mi vástago sucesor sería bueno como la madre y fuerte como yo.

Marta murió en el parto.
Solamente me dejó su réplica. Porque quiso mi destino que yo recibiera, no un heredero, sino una princesita.

Los días de luto fueron especialmente tristes para todos. La tristeza, lo sé, estaba mezclada con mucho temor. Temor de que yo volviera a ser lo que era, o quizá peor. Y el temor, no hace falta decirlo, estaba bien fundado. Porque yo sentía como la rabia me crecía por dentro, porque cada pareja feliz que veía era un recordatorio de lo injusto de mi destino.

Cuando terminaron los días de luto, alguien puso subrepticiamente a mi princesita en mis brazos, en un tosco intento de ablandar mi corazón.
Con ella en las manos, me dormí.
Y regresé al paraíso.

Marta estaba al lado mío, paseando por el pueblo, pero era un pueblo distinto, grande y luminoso. La luz no venía solo del cielo, venía de las paredes, de las veredas, de las aceras, de todas partes.
Los habitantes del pueblo se contaban por millones. Paseé por el con mi madre y mi hermana mayor, ambas muertas hace tiempo.

Y Marta, Marta estaba más linda que nunca. Me puso en la mano dos flores, una roja, y una blanca.

Las flores tenían cintas, y en las cintas, estaban escritos con caligrafía primorosa, dos nombres.
Marta, en la flor roja. Y Helena, en la blanca.

Hubiera sido un pecado borrar esa sonrisa con un beso. Pero después de todo, yo soy un terrible pecador. Me acerqué a sus labios, pero antes de que pudiera saborearlos, sus labios, su rostro, el pueblo entero, se condensaron en un remolino y desaparecieron.

Me encontré en mi gran sillón, en el medio de mi fortaleza oscura y vacía. Con Helena en un brazo y más furioso que nunca.
Hasta que vi, apretada en mi mano transpirada, el mango de una canasta con dos flores.
Una roja, y una blanca.

Comentarios

  • Joder @chclau me has metido de lleno en tu buena historia. Chapó 👌
  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


    Una Marta de esas, venida de la nada, necesitan muchos hombres. Me ha desagradado que muriese; habría preferido más que ella y su amor hubiesen soñado en vida ella ese maravilloso Paraíso. Corto, pero sustancioso relato. Aunque todavía no conocemos bien nuestra forma de escribir, tanto tú la mía como yo la tuya, me da la impresión de que para componer tu texto has ido improvisando sobre la marcha, que no lo tenías en tu archivo. Por otro lado, más mérito para tu inspiración. ¿Me equivoco?

     :)

     

  • editado 13 de abril
    No, en realidad es un cuento que escribí hace mucho y al que le he hecho cambios menores para publicarlo aquí.

    Gracias Antonio y Ferreiro por comentar.

    Dicho sea de paso, se me ocurrió la idea de este cuento hace unos años leyendo una frase de J.L.Borges que éste le atribuye a Coleridge, y que dice así:

    “Si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano… ¿entonces, qué?”

    Como pueden ver, en el cuento me refiero a como llegan las flores a la mano del protagonista... pero no respondo a la pregunta de Coleridge, si es que Coleridge preguntó eso porque a mi juicio es una más de las invenciones del gran Borges.
  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


    A todas y cada una de las flores, el ser humano le ha asignado un cometido, un símbolo, un algo específico que defina la grandeza de todas ellas. Pero un ser humano corriente, no una eminencias. ¿Qué sería el mundo sin flores? ¿Qué sería del Amor si no va ornado con una flor? Una rosa o un clavel, en el momento oportuno, que no, necesariamente debe coincidir con la fecha de la onomástica o el cumpleaños de la mujer amada, es el mejor obsequio que se le puede hacer. 

    Hombre, si en la corola de, por ejemplo, una rosa, va alojada una piedra preciosa... entonces no es un obsequio, es la hostia bendita  :p :p :p




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