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Manual de instrucciones. (Humor)

editado 9 de febrero en Narrativa


 Cuando recibí su correo electrónico, lo primero que pensé fue mandarlo directamente a la papelera, maldito spam. Otra compañía de teléfonos móviles dispuesta a meterle mano a mi maltrecha cuenta corriente. Pero no, esta vez no pretendían arreglar mis problemas para siempre con uno de esos contratos que te dejan atado de por vida. Se mostraban más interesados por mi talento como escritor que por mi dinero y tengo que reconocer que de las dos cosas ando bajo cero estos últimos siglos. Habían dado conmigo en una página web de escritores aficionados donde solemos colgar horrendos relatos que, por fortuna, nunca tomarán forma de libro si no soltamos nosotros antes otro tipo de papeles, mucho más prosaicos pero más codiciados. ¡Maldito materialismo! Cuando les pregunté por el relato que les había cautivado hasta el extremo de proponerme un contrato, me aclararon que no habían leído ninguno ya que no son de ese tipo de gente y que el método de selección fue el más justo y democrático posible, el puro azar.

Estaban a punto de sacar al mercado una nueva gama de teléfonos móviles y pretendían cuidar al máximo hasta el último detalle. Por eso habían pensado que el manual de instrucciones, que nadie lee pero que parece ser obligatorio, lo escribiera alguien que no se comiera la mitad de las letras de cada palabra y que pusiera incluso algún signo de puntuación de vez en cuando. Temiendo que les llenara el texto de esdrújulas, dejaron claro que el tema de las tildes era cosa mía pero que no pensaban pagarme más por ellas.

Cuando me presenté en sus oficinas me recibió la jefa del proyecto en persona, una mujer que muy bien se podría calificar como muy bella, pero sólo si la palabra belleza tuviera otro significado. Yo pretendía hacerme el interesante pero cuando oí la tirada que pensaban sacar de mi nueva obra, los sudores me delataron. Por fin millones de lectores potenciales y seguro que no todos ellos usarían el manual en el cuarto de baño. No era lo que un escritor con inquietudes místicas como yo espera publicar, pero cuando aquel adefesio insinuó que si mi texto era aprobado incluso cobraría unos euros ya había firmado mi primer contrato.

Me prestaron uno de sus teléfonos para que estudiara su funcionamiento pero olvidaron ponerle saldo, así que me dispuse a llevar a cabo una obra de ficción, imaginando lo que pasaría al apretar cada botón. No me resultó difícil porque al, fin y al cabo, todos los móviles funcionan igual. Por eso me resultaba tan frustrante aquello, porque no encontraba un resquicio para mi desbordante creatividad hasta que al final dejé caer una de mis famosas perlas literarias en un apartado que me inventé y al que puse por título “Otros usos del aparato”.

En tan solo ocho semanas febriles ya tenía las cuatro páginas del primer borrador y con ellas bajo el brazo me dirigí, orgulloso de mi obra, a la oficina dispuesto a pasar la prueba. No iban a ser muy exigentes, no creo que esa gente haya leído mucho, seguro que son de los que se pierden por no molestarse en descifrar los nombres de las calles en los letreros de las esquinas.

Esa vez no me recibió la jefa sino su secretaria, una mujer menos atractiva que un imán de madera pero mucho más inútil a juzgar por el estado en que se encontraba aquel despacho. Cuando posó sus ojos de batracio sobre mi primer best seller noté en ella cierta actitud despectiva, más bien de enojo. Leer aquello le suponía dejar a un lado un apasionante sudoku de cuatro casillas que abandonó resignada.

Sólo cuando llegó al final me percaté de que no se había quedado dormida o muerta con los ojos abiertos. Su cara de asco la volvió todavía más repugnante y mientras se disponía a tirar mi única copia a su rebosante papelera no paraba de insultarme. Mi idea de usar aquel aparato como juguete para el sexo anal no debió gustarle nada porque me recomendó que utilizara mi manual para esos menesteres. Pero no es lo mismo, claro. A ver cómo pongo cuatro papeles en modo vibrador. Menuda reprimida. Si somos sinceros, a ver quién no ha pensado alguna vez en esa posibilidad.

Así fue como mi obra maestra acabó en el limbo de los textos no publicados por culpa de un más que evidente ataque a la libertad de expresión. ¿Qué querían que hiciera con un móvil sin saldo? Sólo pude probar esa utilidad alternativa y tengo que reconocer que la experiencia fue muy satisfactoria.

Lo peor es que no cobré ni un euro por mi trabajo pero al menos me regalaron el teléfono. Más exactamente, me lo tiró a la cabeza cuando yo, honrado donde los haya, pretendía devolvérselo.

Comentarios

  • excelente
  • Jjajaja, ¡Está genial! ¡Y tiene buen ritmo!  Es de esas historias que te gustaría encontrar en una página del periódico cada mañana para empezar bien el día. Gracias por el buen rato, de estas escribe más.
  • texastexas Garcilaso de la Vega XVI
    Muy bueno, me ha hecho sonreír (no me he atrevido a reír porque estoy en clase y los niños están haciendo un test). Ya me gustaría ser capaz de escribir humor. Lo he intentado, pero no es lo mío, malditas musas serias. Sólo un inciso: creo que en lugar de “... un imán de madera, pero...” le quedaría mejor “...madera y...”. Por cierto, eso del imán de madera de ha encantado.
  • cehicehi Miguel de Cervantes s.XVII


    ¡Pues sí que es divertido tu manual de instrucciones de humor! Me ha ocurrido igual que a la compañera forera Texas, que, en mi caso, no soy profesor y, por tanto, no estoy en clase con niños, como ella, que es profesora y sí está en clase con niños, y he soltado unas cuantas risotadas, como un loco, vaya. Lo que más me ha gustado de tu escrito, es la rapidez del relato, como un maraton. Te felicito.

    Un saludo cordial  :)


  • Muchas gracias por vuestros exagerados elogios. Me alegro de que os haya gustado.
  • Si que me ha gustado. Me ha hecho reír en voz alta y todo. No es nada fácil construir un relato divertido. Al menos a mi no me lo parece.
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