Fue en una noche sin luna

Fue en una noche sin luna. Las estrellas callaban y el viento se escondía. Las almas dormían en torno a una hoguera sin llama, y hasta los caballos miraban al suelo para ofrecerle el dulce regalo de la intimidad. La hierba crecía despacio tras cada paso de la virgen morena, sin ruido, verde y fresca, llorando emociones de rocío, besando sus pies desnudos con devoción. Las lentejuelas de su falda competían con las estrellas y las hacían palidecer, y la negrura de su melena desplegaba sombras invisibles que fluían tras ella chispeando como una aurora boreal.

Trescientos pasos contó, y se detuvo justo bajo un roble tan anciano como su linaje. Sus dedos rozaron la corteza y le hablaron de su historia, de su éxodo interminable desde los albores de la civilización, nacido en los valles que juegan a perseguirse en torno a las montañas más altas del mundo, y el espíritu del árbol la reconoció y le cantó con el susurro de sus hojas.

“Mi ancestro más venerado,

Mi corazón de bondad,

A ti acudo en esta hora

De zozobra y de ansiedad.

Ofréceme tu consejo,

Enséñame tu verdad,

Ilumina mi camino

Con tu eterna caridad.

Mi raza es la más antigua,

Mi pueblo no tiene edad.

¿Cómo puedo amar a un payo

Y no perder mi heredad?

¿Cómo hablar a mis hermanos

Y despertar su piedad?”

 

Pero sólo el silencio goteaba de las hojas amarillentas, cansadas y teñidas de otoño.  El viejo roble no tenía respuestas, y ella sólo tenía preguntas. Se sentó entre sus raíces, apoyando la espalda contra el fuerte tronco, y lo regó con el zumo de su desdicha. Y así la encontró Morfeo y la rodeó con sus brazos para darle unas horas de paz.

 

Y cuando el rojo fuego del alba jugó con su frente, y los gallos le dedicaron su eterna serenata, una profunda mirada le acarició, azul como el cielo de la mañana, y besó sus ojos negros con la inconfundible luz de quien ama. Y una cortina dorada le cubrió la cara cuando los finos labios abrigaron los suyos, ávidos de su contacto. Y unas fuertes manos la alzaron para poderla abrazar.

 

“Mi dulce virgen morena,

Mi paraíso de amor,

Eres tú quien amanece,

Tan fresca como una flor.

Nada más tengo en la vida

Ni siento un goce mayor

Que el perderme entre tus brazos

Y embriagarme de tu olor.

Dame el néctar de tus besos,

No me niegues tu favor,

Que yo siempre estaré cerca

Y cuidaré de tu honor.

Seré digno de tu estirpe,

Por ti seré luchador,

Venceré a todas las hidras

Y apagaré tu temor.”

 

Pero el monstruo del odio estaba vivo, y por sus venas ardían la intolerancia y los prejuicios. Su boca la formaba un semicírculo de  romaníes que se cerraba sobre ellos, y sus dientes relucían con brillo de acero en cada una de los filos empuñados por manos cargadas de rabia. Las cejas aplastadas contra ojos implacables, las bocas apretadas en furioso reproche, y el colmillo más alto se adelantó y les señaló con su filo cruel.

 

“No verán ojos algunos

tal pecado impenitente.

No verás tu sangre sucia

Por tan infame simiente.

Fue la fuerza del destino

La que selló nuestra suerte

Errando por los caminos

Y nos hizo diferentes.

Nuestra vida es carromato,

Es el cielo nuestro fuerte,

Las flores nuestros vestidos

Y la luna nos comprende.

No hay lugar para un extraño,

No se inventa a nuestra gente,

Quien renuncia a nuestra herencia

Sólo merece la muerte.”

 

La mano blanca tomó a la morena, y ambos pechos se enfrentaron a las fauces de la hidra. El miedo huyo víctima de sí mismo, los ojos brillaron desafiantes y las barbillas se alzaron orgullosas. Y avanzaron hasta ofrecer sus carnes a las agudas puntas, que retrocedieron avergonzadas.

 

“La muerte es precio pequeño

Por huir de tal vileza.

Si he de ser mujer cerrada,

No soporto tal bajeza.

Quiera el cielo que sea libre

Y duerma en paz mi conciencia

Por amar a quien yo ame

Y no a quien diga un profeta.

Y si en ello va mi vida,

Yo la ofrezco con presteza,

Pues no vale ni un comino

Si requiere tal entrega.

Mi sangre no es más que sangre

Mi futuro allí me espera

He de ser yo quien lo escriba,

Y no una tradición negra.”

 

La bestia huyó malherida,

la luna lloró aliviada.

La vergüenza de sus actos

Se cebó sobre sus almas.

Y nueve meses más tarde,

En una noche estrellada

Nacieron los dos gemelos

Que refrescaron la raza.

Morenos de ojos azules,

Retoños de la esperanza.

Promesa de nueva vida

Y de sangre renovada.

 

 

Nota: Sirva de humilde homenaje al inmortal “Romancero gitano” de Federico García Lorca.

 

 


Comentarios

  • cehicehi Miguel de Cervantes s.XVII


    Importante para ti, y también para nosotros, los foreros que ya pertenecemos al foro, que te presentes al mismo en el apartado "Presentémonos"



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