Año 2048.
Incluso para los hechiceros, los sábados en la noche son momentos ideales para desahogar las agobiantes presiones del día a día, especialmente cuando se vive en un entorno que uno siente que no es el suyo.
Dalila Morales es una joven de quince años que tiene una vida que muchos envidiarían. Nació en el seno de una de las familias más importantes de la sociedad colombiana, tiene una vida privilegiada en la que puede satisfacer todos sus caprichos cada vez que lo desee y, tiene un novio millonario que vive en un penthouse ubicado en el barrio La Cabrera, uno de los más exclusivos de la ciudad de Bogotá, sitio en el que ella se encuentra, y esta noche quedó bajo la disposición exclusiva de la pareja de adolescentes.
Sin embargo, ninguno de los presentes se encuentra de ánimos para una velada romántica; ella está en el punto emocional más bajo de su vida y es su novio, la única persona en todo su entorno dispuesto a consolarla:
—André —dice Dalila con evidente frustración—, ¿sabes cuál es mi mayor problema? ¡Mi familia! Creen que solo por el hecho de ser “cristianos”, ya pueden restregarle su superioridad moral a todos aquellos que se les venga en gana. ¡Eso me enferma!
Resulta que la joven es despreciada por su familia debido a sus gustos: generalmente viste de negro al estilo gótico, es fan de la música anti cristiana, así como de literaturas que contradigan el dogma cristiano, como los relatos mitológicos, novelas eróticas y libros de magia, todas las aficiones que una familia evangélica, firmemente religiosa y tradicionalista como los Morales ve como “vulgares desviaciones mundanas”, que deben ser “purgadas” de la mente de su hija más joven, “antes de que ella se aleje definitivamente del camino de la fe y caiga inevitablemente en los brazos del demonio”.
—Pero eso no es todo —Dalila continúa su monólogo, con la voz entrecortada, al borde de la desesperación y sus ojos castaños bañándose en lágrimas—. Solo por ser diferente, ¡me tratan peor que una maldita leprosa! Para ellos, yo soy su mayor deshonra y a menos que salga de casa hoy mismo, ¡me encerrarán en un internado! La sola idea de estar lejos de las pocas cosas que me hacen feliz, ¡es desesperante! ¡André, mira lo que me hicieron! ¡NO QUIERO IR A ESE INFIERNO!
Dalila se quiebra en un incesante mar de llantos y gemidos, revelando que su cabellera negra solo es una peluca, algo que deja a André visiblemente impactado. Él sabe que sus suegros la amenazaron con dejarla calva, si continuaba negándose a seguir su estilo de vida tradicionalista. Como ella nunca cedió en sus pretensiones, no solo cumplieron con su ultimátum, sino que además decretaron que la mejor manera de “enderezarla”, es enviarla a un internado lejos de la “influencia corruptora” de la ciudad, del cual se espera que regrese como toda una hija de Dios, obediente y dedicada a su familia y su fe, aunque eso sea a costa de causarle un trauma sicológico del que nunca se recuperará.
Molesto por ese acto de insensibilidad, ignorancia e intolerancia para contra su novia, André se acerca a ella para consolarla, la abraza con fuerza sin lastimarla y, con voz baja pero firme, pronuncia —Preciosa, tus padres son unos malditos que no merecen el perdón, ni de su dios ni el de nadie. Ellos deben pagar por esta canallada.
—Como quisiera poder quedarme contigo, André —replica Dalila con una sonrisa tímida—. Tus padres te apoyan en todo, mientras que los míos piensan que soy un monstruo. Haría cualquier cosa por no regresar a ese infierno.
—¿Cualquier cosa?
—Sí. Gracias a ti, he conocido la felicidad. Sin ti, solo sería un cascarón vacío de depresión y tristeza.
Contrario al rotundo rechazo que generan las costumbres de Dalila en su seno familiar, la coyuntura de su novio un año mayor, André Kuraikame, es tan distinta como el cielo y el infierno: hijo de inversionistas brasileños de ascendencia japonesa radicados en Bogotá, sus aficiones son muy similares a las de su novia, con la ventaja que sus padres son considerablemente más abiertos y, permiten que su hijo exprese libremente su personalidad.
Tras escuchar la sentida súplica de ella, una sutil pero siniestra sonrisa, se dibuja en el rostro de André, quien formula —¿Qué estás dispuesta a hacer para estar conmigo?
—Lo que sea —Dalila replica con firmeza—. La sola idea de volver a ver los rostros de mis padres y hermanos me llena de tristeza y rabia. Ellos nunca serán capaces de entenderme, pero tú sí.
—Si así son las cosas, te alegrará saber que existe una manera de que tu deseo se haga realidad.
—¡¿Qué debo hacer?! —la desesperación de Dalila por conocer la respuesta es incontenible.
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