Ya no usamos zapatillas de andar por casa,
obviamos el pene flácido de aquella estatua;
y, bajándonos la falda, nos subimos al dedo
que siempre señala las américas de Colón.
Lubricamos una idea con nuestros fluidos
vertidos, suavemente, sobre los vegetales
de un mundo nuevo amado por el hombre,
que desconoce la farsa del conquistador.
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