Bendita la dicha mía,
de contemplar todo tu esplendor,
de ir del flagelo más sutil y puro,
al pecado más inocente.
Creación divina de la tierra,
razón de mis suspiros,
sobre el lecho de mi cama,
la perfección del pecado original.
De la eternidad de tus ojos pardos,
a recorrer el esplendor de tus curvas,
de hincarme a la porcelana de tu abdomen,
hasta la lujuria de tu ser.
Deseo insaciable hacia ti,
para cumplir el bosquejo de tus deseos,
y la cálida vertiente de nuestros cuerpos,
para renacer junto al sol de cada día.
Inalcanzable tu perfección natural,
avasallante la belleza de tu interior,
naufragando en olas de placer y pasión,
para apagar piel a piel la clamor de mi ambición.
Agraciada la fortuna mía,
de haberte conocido,
y de contemplar día a día,
a la divinidad hecha mujer.