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[FONT=Calibri, sans-serif]...de la playa; la magnitud brillante de una luna colgada de las palmas del cocotero, el olor de la hoguera.[/FONT]
[FONT=Calibri, sans-serif]...del camino; la oscuridad de la noche, rota por millones de estrellas; el croar de ranas y sapos que te hacían percibir la proximidad de una gran charca; la silueta de los árboles, de redondeados frutos sangrantes, crecían a ambos lados de la vereda, más grandes aquellos que lo hacían pegados a la tapia del camposanto.[/FONT]
[FONT=Calibri, sans-serif]...del pequeño pueblo abierto al mar; la cantina, iluminada por faroles de petroleo, con las mesas sobre la arena, cercada con madera de balsa, de aquella abandonada por las mareas, con la barra bajo un techo de cañas, la cerveza caliente y el áspero sabor del ron.[/FONT]
[FONT=Calibri, sans-serif]...de los hombres; Simón, el “enterao”, con el machete colgando de la cintura y una mirada poderosa, sin importarle ir descalzo.[/FONT]
[FONT=Calibri, sans-serif]...de las mujeres; ella.[/FONT]
[FONT=Calibri, sans-serif]Y de ella; la musicalidad de sus palabras de amor, el sabor de su sexo y el de la renuncia, cuando llegó el momento de partir.[/FONT]
[FONT=Calibri, sans-serif]Es todo cuanto recuerdo de aquellas calurosas noches venezolanas, cuando mi cuerpo aún era joven.[/FONT]
[FONT=Calibri, sans-serif]- ¿Y de los días?[/FONT]
[FONT=Calibri, sans-serif]- Los días; los olvidé. [/FONT]
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