El otro lado

IgnoriaIgnoria Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
editado octubre 2015 en Narrativa
El otro lado

Sona acomoda el drapeado del sari de fiesta sobre su hombro derecho, y hace que el extremo de la suave muselina celeste, bordada con hilos de plata, cruce su rostro justo por el centro. Lo sujeta a la coronilla con un delicado broche dorado, del que parte una cadena de filigrana que sigue la raya de su cabello para depositar en la frente una piedra semipreciosa de color turquesa. Con la mitad de su cara velada, se sienta en el tocador para terminar de acicalarse.

Frente al espejo, la muchacha perfila con cuidado su ceja izquierda; maquilla después con sombras doradas y cobrizas el párpado del ojo correspondiente; ruboriza el pómulo desnudo aplicando polvos rosados, y media boca sonríe en atrevido fucsia. El cabello cae suelto, levemente ondulado, para posarse sobre la piel satinada de su hombro izquierdo. 14 finas pulseras, en diversos tonos de azul, bailan en su antebrazo mientras se arregla.
" Sona Begum, luces hermosa", se dice, repitiendo las palabras que solía oír provenientes de la boca de Amir. El espejo, como si fuera una espiral hipnótica, la sumerge entonces en sus memorias.

Conoció a Amir Azad la primavera de 1981, en Daca. Hacía 11 años que su familia se había instalado en esta ciudad, procedente de la aldea de Barisal. Allí, sus padres y su hermano mayor se habían dedicado a la venta de leche. Poseían una casa, cuatro vacas lecheras y algunas aves de corral. El ciclón más devastador que conoció Bangladesh, el Bhola, se llevó para siempre la casa, las vacas, los patos, y miles de vidas humanas. Entre un amasijo de troncos inundados quedó enterrado, también, su hermano.
Huyendo de la más abyecta pobreza se dirigieron a Daca, donde un amigo de la familia, Ibrahim, fabricante de textiles, les ofreció poco más que una choza para vivir. La pobreza, sin embargo, se estableció con ellos en la capital a lo largo de estos años.
Cada día era obligada a realizar pesadas tareas domésticas, y a trabajar en el pequeño huerto que tenían detrás de la choza. Después de doce horas de duro trabajo le dolía hasta el alma, no tanto por el esfuerzo físico como por los continuos reproches que recibía, sobre todo, por parte de su padre. En especial le lastimaban los gritos que aseguraban que ya no podían mantenerla, que pronto la venderían si no conseguían concertar un matrimonio sin dote. No ignoraba lo que eso significaba: que dejaría de ser esclava de sus padres para serlo de su marido y suegra. Eso, en el mejor de los casos.

Pero algunos domingos afortunados podía sentir una pequeña punzada de libertad, pues sus padres cogían un barco que les llevaba hasta Barisal para visitar a los pocos parientes que quedaron allí. Sabía a lo que se exponía si descubrían que salía sola de casa: su desobediencia sería severamente castigada. Imposible resistirse, a pesar del temor, a un descanso dominical que presagiaba un día repleto de colores. El bullicio y la animación de las calles de Daca la vaciaban de su presente, e incluso parecían prometerle un futuro distinto, mejor.
En una de sus salidas Amir estuvo a punto de atropellarla con su rickshaw, del que tiraba enérgicamente a pesar de su famélica apariencia. El triciclo iba sin pasajeros, así que el muchacho se permitió dejarlo aparcado, interesado en hablar con ella. "Luces hermosa", acabó diciéndole ésa y todas las veces, con una amplia sonrisa que mostraba sus dientes, y también la falta de algunos de ellos. Desde entonces, cuando podían, se encontraban en el mismo lugar, camuflados entre la multitud.

Las lluvias monzónicas se presentaron después del primer domingo de Julio, día en el que su padre, Hamid, adelantó su vuelta a la capital, deseoso de llegar con las nuevas y buenas noticias: por fin había conseguido pactar un matrimonio para su hija. Sin estudios ni oficio previsto, esta era la única salida para una niña de 15 años. Un comerciante, dueño de una tienda en Barisal y 17 años mayor que ella, había aceptado tomarla como esposa sin recibir dote alguna.
Hamid desembarcó en Daca apenas inaugurada la tarde. Una tarde deliciosa de principios de verano, le pareció, quizá influido por el júbilo de no tener que preocuparse más de una niña que no le servía para nada. Quiso el azar que, a la orilla de un estanque cubierto de nenúfares irisados, la descubriera besando dulcemente los labios de Amir.
Montó en cólera el padre: ella había deshonrado a la familia al relacionarse con aquel chico sin su aprobación, y desobedecido las normas saliendo sola de casa. Hamid la maldijo entre dientes durante todo el trayecto que le condujo hasta la vivienda de su amigo Ibrahim. Él le ayudaría, sin duda, a restaurar el honor de su familia.
Con la furia creciendo dentro de él, aceleró su paso de regreso a casa: quería llegar antes que ella. Una vez allí, se sentó en una vieja silla frente a la puerta, resoplando por la nariz monzones de ira. Espesas gotas de sudor resbalaban por su frente hasta el cuello, donde los latidos de una vena inflamada las arrojaban violentamente contra el suelo. Entre sus piernas encajó una botella de vidrio, que sujetó con una de las manos tan fuertamente que parecía que iba a estallarla en cualquier momento. Pasó dos horas así, esperándola.

Al final de la tarde, ajena a lo que le aguardaba, llegó a casa y, sigilosa como un gato, abrió la puerta.

El broche dorado prendido en su cabello salta súbitamente por los aires, interrumpiendo los pensamientos de Sona. La seda azul que cubre la parte derecha de su cara cae hacia atrás. Sona gruñe al monstruo que es ahora su reflejo, y el monstruo le devuelve el quejido. En el otro lado, el párpado está sellado sobre un pómulo derretido que repta hacia abajo, convirtiéndose conforme avanza en dos tiras de carne cicatrizada, unidas al cuello entre vacíos grotescos. No existe cabello, ni oreja, ni nada que parezca humano en ese lado. Rebordes oscuros zigzaguean por su cuello y, aunque no puede verlos, sabe que terminan enrollados por su pecho y brazo derechos.

Inundado su ojo, como el manglar de Barisal durante una lluvia tropical, se deja caer encima de la cama. Piensa en Hamid, su padre, y en lo fácil que le fue conseguir una botella de ácido. Le bastó con tener un amigo que fabricara textiles, cuyos colores se fijan con el mismo líquido que, el primer domingo de Julio de hace 9 años, su padre roció sobre ella nada más abrir la puerta de su casa.
Amir escucha los lamentos de su esposa. Entra en la habitación, conociendo de sobra lo que le hace llorar, para acogerla entre sus brazos y decirle, una vez más: Sona Begum, luces hermosa.

Comentarios

  • Ignoria, que gusto verte de regreso, como siempre nos traes historias muy bonitas y con mensajes:rolleyes:
  • IgnoriaIgnoria Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
    editado octubre 2015
    Querida Amparo, me alegra mucho encontrarte.
    En realidad siempre he estado, aunque no fuera escribiendo.
    Gracias por pasarte. Voy a ver si soy capaz de centrarme un poco y poder tirar del hilo.
    Un beso, gracias.
  • SinrimaSinrima Miguel de Cervantes s.XVII
    editado octubre 2015
    Bueno, vuelves con un hermoso relato. Mi doble felicitación, por tu regreso y por este relato, realista, bien llevado hasta el final y que no es solo literatura sino denuncia del maltrato que sufren muchas mujeres que tienen su vida intervenida por viscerales prejuicios religiosos y morales.

    Me alegro de volver a leerte, Ignoria. No desistas de la escritura.

    Un abrazo.
  • IgnoriaIgnoria Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
    editado octubre 2015
    Sinrima : )

    Gracias por pasarte. Bueno, intento explorar diferentes formas de contar. En esta quise probar con algo realista, con poco espacio para impresiones propias.
    Gracias de nuevo.
    Besos.
  • Muy bien escrita y una historia muy muy dura y triste. Pobre Sona, desfigurada para siempre.

    La única pega que le voy a poner es que en un texto literario deben usarse comillas latinas, por lo que debería poner «luces hermosa»
  • IgnoriaIgnoria Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
    Iramesoj dijo:
    Muy bien escrita y una historia muy muy dura y triste. Pobre Sona, desfigurada para siempre.

    La única pega que le voy a poner es que en un texto literario deben usarse comillas latinas, por lo que debería poner «luces hermosa»
    Hola, hace un minuto que te vi en otro nido : :smile:

    Pues la verdad, tengo un problemón: no podré jamás escribir un texto literario porque no sé donde están en el teclado las comillas apropiadas. Maldito teclado...

    Gracias, Iraj. Ni idea de lo de las comillas. Está bien aprender cosas nuevas. 

  • Más info aquí:

    Sobre uso de comillas latinas y raya de diálogo:

    La RAE recomienda el uso de comillas latinas en textos impresos. Aunque esto sea virtual, entiendo que los textos literarios han de seguir las normas recomendadas por la RAE:

    https://www.fundeu.es/recomendacion/comillas-uso-de-este-signo-ortografico/

    http://lema.rae.es/dpd/srv/search?id=SSTAZ5sDyD6h59vijX

    Ahora tu pregunta del teclado pues:

    https://www.frikipandi.com/tecnologia/20150428/como-escribir-la-comillas-latinas-espanolas-o-angulares-en-un-ordenador/

    Espero haber sido de ayuda
  • IgnoriaIgnoria Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
    Pues mira que sí. Muchas gracias, muy amable.
    Feliz Año. 
  • cehicehi Miguel de Cervantes s.XVII


    Ha sido un placer leerte, Ignoria. Pena que gente como tú; o, mejor dicho, gente que escribe como escribes tú, desparezca de este foro y se convierta súbitamente en un Guadiana cualquiera. Es por esto que reviso de cuando en cuando los relatos de algunos antiguos foreros, magníficos escritores. Al margen del argumento, real, de esta historia, tu escritura en sí tiene calidad, sentido, sintaxis, además de una perfecta ortografía. Mis felicitaciones. También yo te animo a que nunca dejes de escribir, para deleite de los que te leemos Un saludo afectuoso


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