Hay una cabina de teléfono justo en frente del bar. Y algunas mesitas afuera, con un par de taburetes a cada lado, reservados para toda esa gente que ha decidido ser fiel al tabaco. Siempre hay algún fiel, o alguna. Hay una camarera rubia, alta, bien formada, de ojos azules, boca sensual y acento madrileño. Y algunas criaturas que gobiernan despóticamente un mundo supuestamente adulto. Es un día de lluvia, templado y oscuro, en el que las cosas tienden a volar.
(Nunca olvidé tu carita de niña de colegio de monjas, tu melenita corta, el óvalo perfecto de tu cara, la exagerada delgadez de tu cuerpo menudo.)
Hay un rumor de cucharitas y porcelana limpia, y una ola de voces que a veces se repite tres, cuatro, cinco veces. La cafetera brama una necesidad de cariño que nadie corresponde al verla tan caliente. Hay miradas que vagan entre las mesas y luego atienden de nuevo a los ojos de enfrente. Mi suegra se cayó, Ana tuvo un aborto, me van a despedir, ya no te quiero.
Es normal que seas impuntual, supongo. Eso indica que no has cambiado tanto. Pero yo sí cambié y tengo miedo de que lo percibas enseguida, como percibes todo. Quizás no debería haber venido...
Cruzan el paso de peatones dos ancianas, apoyadas la una en la otra como dos edificios en ruina que apuran los días amparados en la pura fuerza de la gravedad. De tanto que se caen, no se pueden caer. Y por caer, caen también algunas gotas aquí y allá, una lluvia anarquista o perezosa o tierna. Dos crías se besan bajo una marquesina y, (¡por fin!), nadie se escandaliza.
Tú eres sin duda ésta que me sonríe y habla alto, como siempre, como si el mundo alrededor fuera un simple invitado. Sonríes con los ojos, eso lo recordaba. A él, no. Él es alto y fuerte, parece no caber en ningún sitio y no aprieta mi mano con el calor que esperaba cuando lo saludo. De hecho no para de mirar hacia otra parte. Hay algo en tus ojos que no reconozco. Como si los párpados hubiesen descendido por el peso de algo. Y un par de arruguitas en las comisuras de los labios que un día no me atreví a besar. Ahora no paro de preguntarme qué habría ocurrido.
Tienes dos hijos, me cuentas. Uno se llama Ángel y otro Alberto, como él. Él no habla, está impaciente, casi nervioso. Extrae un paquete de tabaco y lo guarda después de pasear la mirada alrededor, buscando cómplices. Yo no he tenido. Ríes. Siempre decías que no te gustaban, y ríes de nuevo. Hay algo inexplicable en el paso del tiempo y ninguna razón para pensarlo. Ella está aquí y soy un tipo amable que no esperaba la compañía de él, que no habla. Quizás las cosas no llegan a ocurrir porque hay un tipo al lado que no le gusta a uno, o porque en aquel momento se levantó un viento molesto, desabrido.
(Ella se recostó en el tronco de un roble, con la vista pendiente del entorno. El resto del grupo estaba lejos y marcaba su posición con el ruido acostumbrado. Después cruzó los brazos tras la espalda, como para eliminar cualquier tipo de obstáculo. Y la falta de obstáculos se convirtió en el más profundo abismo.)
Él habla por fin, pero con ella, le gasta alguna broma, me mira una centésima de segundo y vuelve a su café. Hay gente que se va y nubes que se cierran ante un sol esquivo, como huraño. De repente, la cafetería se queda casi vacía y los rumores de antes mueren abruptamente. Sólo los platos y las cucharillas siguen con su letanía constante. Se nos hace tarde. Nos sonreímos con los ojos un par de veces, sin hablar, mientras él va a la barra con un montoncito de billetes en la mano.
Tienes la mejilla fría, como siempre y aquel suave perfume en el cabello. Hay una extraña intensidad en la brevedad de la caricia y un algo de adiós en el saludo final. Espero que nos volvamos a ver. Claro, eso espero. Hay que volver la vista, porque un adiós no es algo que pase todos los días. Y levantar la mano, como tú la levantas, como si no ocurriera nada. Y sobrecogerse con esta terrible naturalidad de las cosas. Del paso de las cosas. También del paso de las personas.
No hay la más mínima esperanza de saber por qué caminas al lado de ese tipo.
Comentarios
Un placer alegrarte el día de alguna manera. Pero ni se me ocurre ponerme a la altura de ustéssss, joven, jajajajaja.
Un saludo
Gracias, moza. Lo único que deben tener de bueno estas nostalgias es que ayudan a darle a la pluma. Buen Carnaval, si es que carnavaleas.