Escribiendo Silencios
(por Carlos Serrano)
La encontré en un bar y como buena bohemia (o eso creía yo) aceptó de buen grado una invitación. Me senté en su mesa y me dijo que estaba escribiendo silencios, lo cual sonó muy pretencioso y pedante pero cuando sonrió y se puso a beber la cerveza que yo pagaba pensé que estaba siendo sincera y honesta. Allí con su cuaderno y su bolígrafo escribía con una letra bonita que apenas podía entender. Me fijé en el libro que tenía al lado, una biografía de Alejandro Sawa que me sorprendió (porque siempre he creído que lo tenemos muy abandonado). Me dejó hojear el libro, que me interesaba especialmente. Me observaba y bajo su mirada me sentí especial. Supongo que no es muy normal encontrar fans de Sawa en un bar.
Su pequeño apartamento estaba lleno de libros, todo en plan desordenado menos su cama con mantas y almohadones de colorines y peluches. No era un sitio muy grande pero si parecía confortable, acogedor. Habíamos comprado una botella de Vodka rojo (o de caramelo, creo que lo llaman) y parecía que íbamos a beber hasta perder el sentido.
Yo pasaba de los cuarenta y ella no llegaba a los treinta y parecíamos igual de perdidos.
Cuando desperté ella vomitaba sobre el retrete y yo me sentía despejado pero con las tripas hechas un nudo. Me quedé tumbado en la cama, rodeado de peluches. Ella regresó removiendo el enjuague bucal en su boca, con la melena corta y rubia desordenada y los ojos cansados y muy azules. Llevaba una camiseta blanca de tirantes tapando escasamente las braguitas azules y unos calcetines a juego con las braguitas. De la mesita de noche se llevó algo, regresó al cuarto de baño, escupió, tragó, bebió y luego, por fin, se acercó hasta mí con una mirada que me inquietó (muy seria ella) hasta que rompió en una suave sonrisa perfecta para aquella soleada mañana que casi nos cegaba. Me acarició el pelo y me sentí como un niño... y aún más cuando me ofreció un desayuno (que iba a preparar).
Terminaba el desayuno y me sentía abandonado porque ella había empezado a ducharse. Estaba echando de menos su olor y su compañía. Mientras escuchaba el ruido del secador hojeaba de nuevo el libro sobre Sawa. Volvió a mí la chica. Se sentó en mi regazo y me acarició de nuevo el cabello. Sonreía enigmáticamente. Hubiera deseado un beso pero se hacía de rogar. Balanceaba sus pies desnudos como si fuera una niña jugando en mis rodillas. Parecía olisquear mi cuello. Ella olía a fresas y me sentía profundamente cómodo en ese instante en que todo parecía perfecto. Ese instante por el que siempre soñamos y que siempre dura tan poco...
Estábamos escribiendo silencios sin darnos cuenta. Y no era una pose.
-No acostumbro a ir a bares para conocer hombres y emborracharme...- Susurró ella innecesariamente. Supongo que lo explicaba porque le importaba lo que estaba pasando.
-No nos hemos conocido aún, al menos en el sentido bíblico- añadí divertido.
-Es verdad, no nos conocemos.
Cuando dejó de jugar con los pies (y con mi pelo) me sentí de nuevo abandonado. Esa sensación tan triste y profunda. Esa herida del que ha sido tocado. Ella me había tocado. Hundido.
Sentados al Sol del mediodía, sorbiendo cervezas lentamente y compartiendo aquellas deliciosas tapas de bar antiguo observábamos a los demás con cierta superioridad. No es que fuéramos unos arrogantes. Es que éramos felices, juntos, por fin.
Qué fría era la soledad del invierno sin ella. Qué fría la vida sin sus manos entre mis cabellos.
Había deseado ahora su abrazo y como adivinándolo se levantó y se acercó para sentarse sobre mi regazo. De nuevo sus dedos perdidos en mi pelo. Escribiendo silencios. De nuevo esa felicidad que tanto añoramos...la mayor parte del tiempo, de la vida.
NOTA DEL AUTOR:
Hace unos días leía los diarios del poeta Valente y alguien (un escritor o poeta) hablaba de que quería escribir el silencio. Me parecía una declaración bonita, llamativa y decidí en ese momento que tenía que escribir como sea un relato que se titulara Escribiendo Silencios. Me pareció poético. Pero hasta que no me puse a escribir no supe de qué iría el relato. Ahora terminado me siento satisfecho. Algo raro pues casi nunca lo estoy. Y bueno, también he empezado a leer una biografía de Sawa, al que hago un cariñoso guiño aquí.:rolleyes::D
Comentarios
Buenas letras.
Un saludo.
Quino
Muchas gracias por tus palabras. A veces pienso que este tipo de relatos pueden caer fácilmente en la ñoñería...pero ¿a quién no le gusta un poco de ñoñería cuando se trata de sentimientos?...:D
Yo de la felicidad lo que más temo es lo poco que suele durar, me refiero al a felicidad pura y dura. Supongo que una felicidad menos ambiciosa puede durar algo mas...:rolleyes: