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Patinazo

Groucho MarxGroucho Marx Pedro Abad s.XII
editado octubre 2014 en Humorística
Hace un frío que pela. Acabo de bajar del taxi frente a la pista de patinaje del Rockefeller Center. Como no tengo gorro de invierno, Madeleine me ha prestado el suyo, un gorrito rosa con una borlita en la punta y dos pompones a los lados colgando de sendos hilos de lana, con una frase bordada en la frente: “I’m sexy”. Llevo un largo abrigo de color gris y, como no tenía guantes, he cogido unos de boxeo que tenía Madeleine en el garaje, de cuando se entrenaba en autodefensa. Tengo las cejas escarchadas y las gafas empañadas. Saco mis manos de los guantes y me las caliento con la punta de mi puro, aspirando fuerte para que arda más.

Me dirijo al mostrador con los guantes de boxeo colgando del hombro, para alquilar unos patines y dar realismo a mi presencia aquí, a la espera de que mi misterioso cliente anónimo se decida a presentarse. El empleado, al verme, se echa a reír.

-¡Ostras, el hermano gay de Rocky Balboa ha venido a patinar! ¿Quieres unos patines, dulzura? Tengo unos con flores que son una monada.
-¿Están bien afiladas las cuchillas?
-Pues claro, amorcito. Podrías cortar jamón con ellas.
-Bien, démelos y apoye el cuello en el mostrador. –me mira sobresaltado y su sonrisa se desvanece- Que sean de la talla cincuenta, ni muy grandes ni muy pequeños. Y déme dos pies izquierdos, que no doy una a derechas.

Me alarga los patines sin decir palabra. Le pago y me siento en la escalera para ponérmelos. Una vez puestos, me pongo en pie con dificultades, apoyándome en la pared para no caerme, y me vuelvo a poner los guantes de boxeo para que no se me congelen los dedos. Me separo con cuidado de la pared, pero mis pies tienen vida propia y han decidido divorciarse, alejándose en direcciones opuestas, luego se reconcilian y chocan entre sí y finalmente deciden admirar la luna llena, para lo cual se disparan hacia arriba ambos a la vez en mutua armonía, dando con mis huesos en el hielo, patas arriba.

Con gran esfuerzo, y perdido ya cualquier atisbo de dignidad, levanto mi mojado trasero del suelo, apoyándome en los guantes de boxeo, y a mitad de la maniobra éstos empiezan a deslizarse, impulsándome hacia atrás con el culo en pompa y a cuatro patas, hasta situarme justo en el centro de la pista, donde se ha formado ya un nutrido corro de patinadores para observar mis evoluciones entre poco disimuladas risas.

En esta forzada posición, alzo la vista y les miro.

-¿Qué pasa, nunca han visto un espectáculo de Disney sobre hielo? Estoy ensayando el papel de Bambi, ¿no han visto la película? No me extraña, yo tampoco. No soporto al conejito heavy del tambor.

Finalmente renuncio y me siento en el hielo a fumar mi puro, lo cual es extremadamente difícil debido a los guantes. Los patinadores se alejan de mí entre risas, todos menos uno. Una alta figura, enfundada en un grueso abrigo de piel, gorro y bufanda, por lo que sólo acierto a ver unos ojos increíblemente azules. Con apenas dos movimientos de sus piernas se planta junto a mí con gracia exquisita, como si volara, y se agacha frente a mí.

-Señor Flywheel, venga conmigo. Hemos de salir de aquí enseguida. –dice con un fuerte acento que no logro identificar a causa de la bufanda.
-Con mucho gusto, ¿podría llamar a un trineo taxi para que me saque de aquí? Porque como tenga que salir patinando, lo tenemos claro. Oiga, ¿quién es usted?

De repente, con un brusco movimiento, se baja la bufanda y me quedo pasmado al ver a una mujer eslava de increíble belleza, con un feo moratón en la sien derecha.

-Me llamo Raisa. –dice, con fuerte acento ruso.- Debemos irnos ahora.

De repente, un brusco movimiento tras ella me llama la atención. Un corpulento patinador acelera de repente hacia nosotros, con la mano izquierda en el bolsillo. Puedo ver un destello de metal en su mano. Me levanto precipitadamente, mientras Raisa me mira sorprendida, mis pies deciden separarse de nuevo y empiezo a patalear y mover los brazos intentando no caerme. El hombre está ya encima de nosotros, cuando mi frenético baile me hace girar y quedar frente a él, en el momento en que mis pies definitivamente firman el divorcio, proyectándome de nuevo hacia el suelo mientras mi brazo derecho describe un veloz arco de abajo arriba, de forma que el guante de boxeo impacta en el mentón del patinador con tremenda violencia, levantándolo del suelo medio metro y haciéndolo caer pesadamente sobre su espalda, inconsciente.

Raisa, sorprendida, se vuelve hacia mí y esboza una sonrisa.

-Sabía que no me equivocaba de hombre. Huyamos enseguida.

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