Los operarios de MaraDonald’s salen por la puerta del local, llevándose la última de las máquinas, la de helados. El helado de chocolate del depósito se ha derretido, pues ya hace un rato que la desenchufaron, y el grifo va soltando un reguero de líquido marrón que parece otra cosa, más desagradable, y cuyo olor no difiere mucho tampoco de eso. El silencio reina en el local. Los empleados miran la escena compungidos. Berta llora desconsolada apoyada en mi hombro, a causa de lo cual mi estatura se ha reducido en quince centímetros, y juraría que oigo crujir las baldosas bajo mis pies. Suavemente, me desprendo de ella y voy andando detrás de los operarios hasta la puerta.
-¡Sí, eso! ¡Váyanse y llévense esa fuente de colitis! – Abro la puerta y les grito mientras se van- ¡Y no vuelvan por aquí o les echaré colonia encima y seguro que mueren envenenados!
Vuelvo a entrar en el local con una gran sonrisa y finjo una seguridad que en absoluto siento.
-Bueno, al fin nos hemos librado de esos mastuerzos. La verdad es que ya se respira mejor, ¿no creen ustedes?
Hago una inspiración profunda para subrayar mis palabras, pero el humo del puro me hace toser y Berta, preocupada, se dirige a mí con la intención de darme unas buenas palmadas en la espalda. Salgo por piernas al otro extremo del local mientras le grito:
-¡Ya me siento mejor! ¡Cof, cof! ¡No es necesario, querida, ya me suicido yo solo!
Berta se detiene, obediente, y se sienta, con aspecto abatido, en dos sillas a la vez. La cosa es realmente grave. Siento que debo hacer algo rápidamente.
-¡Está bien, venid todos! Vamos a trazar un plan para levantar este negocio. Sentaos a mi alrededor.
Los empleados cogen una silla cada uno y se sientan frente a mí. Los recorro con la mirada, haciendo repaso mental de cada uno de ellos. A mi izquierda está Gino Peppino, hijo de inmigrantes italianos, con su cabello moreno y su cara de pícaro siempre sonriente, pero ahora entristecida. A su lado está Pepe Salido, joven estudiante español de Económicas que trabaja a tiempo parcial para pagarse la residencia, pero en su lugar se gasta todo lo que gana en compañía femenina. El siguiente es Yoshi Pakato, un viejo japonés con tantas arrugas que las rendijas de sus ojos se confunden con ellas dándole aspecto de uva pasa, perdido en su blanco delantal, que le queda enorme, y que no habla ni papa de inglés. Más allá, Georgie me mira con sus enormes ojos que destacan como faros en su negro rostro de africano, orgulloso descendiente de la raza zulú. Y, por último, Marion, la cajera, con sus gruesas gafas y sus dientes saltones, sujetando un pañuelo empapado de lágrimas. Carraspeo un poco, me pongo de pie y les hablo.
-Muchachos, no dejemos que esto nos afecte. Es cierto que estamos en la miseria, pero podría ser peor. –Me estrujo los sesos buscando un ejemplo-. Esto… ¡podría llover!
En ese mismo instante se produce un tremendo trueno, acompañado de fulgurantes relámpagos, y empieza a llover torrencialmente. El agua se cuela a chorros por los huecos donde estaban los rótulos de MaraDonald’s. Berta reanuda su llanto con tanta fuerza que no sé quién me moja más, si la lluvia o ella. Los demás corremos a tapar los agujeros, chapoteando en los charcos que ya se han formado en el suelo. Restablecido más o menos el orden, nos volvemos a sentar.
-Ejem, olvidémonos de las hamburguesas. De todas formas nunca me han gustado las pepitas de sésamo de los bollitos. Siempre se me quedaban entre los dientes y tenía que ir al dentista para que me las quitara. Tantas veces tuve que ir que el tipo para pedirme que abriera la boca me gritaba: ¡ábrete, sésamo!
Me echo a reír de mi propio chiste, con grandes aspavientos, mirándoles de reojo para ver si se me unen. Nada. Silencio sepulcral. Carraspeo otra vez y les encaro de nuevo.
-Está bien, si no hacemos hamburguesas, haremos lo que sepamos. ¿Qué sabéis hacer?
-A mí la pasta se me da bien, jefe – dice Gino- Y con la pizza soy un artista.
-Yo sé hacer tortilla de patatas –añade Pepe.- Y también paella.
-Las ensaladas de mi tribu son legendarias –sonríe Georgie- La crujiente de termitas es exquisita.
-Estupendo, mataremos dos pájaros de un tiro. Tendremos menú y limpiaremos los muebles. ¿Algo más? ¿Yoshi? ¿Sabe usted cocinar?
El viejo me mira sonriendo y afirma con la cabeza. No ha entendido una sola palabra.
-Bueno, es igual, ya ayudará en lo que pueda. ¿Qué le parece, Berta? Usted puede ocuparse de la cerveza. Auténtica cerveza alemana, no el pis de gato que nos daban esos mentecatos.
-¡Oh, sí, sí, Julius! Tu serr genio. Yo hablarr con mi padre jubilado en Doichland. Él enviar mucha buena cerveza.
-¿Y yo que puedo hacer? –murmura llorosa Marion. Me acerco a ella y la tomo de la mano.- Querida, usted será la jefa de suministros. Quiero que explore el mercado con sus gafas de aumento y me traiga el mejor género de la ciudad. –su cara se ilumina.
-Sí, puedo hacerlo. Soy ecologista y vegetariana, y me conozco los mejores puestos, nada de alimentos transgénicos ni otras porquerías.
-Bien, decidido, manos a la obra. Ahora sólo nos queda un buen gancho publicitario. Ya sé, cada uno que vaya vestido con su traje típico. Gino de gondolero, Pepe de torero, Yoshi de samurai, Georgie de guerrero zulú y Berta de tirolesa. ¡Es genial!
-¿Y qué nombrre darr a nuevo negocio?
-Pues… podríamos llamarnos ‘Village People 2’