LAS NERVADURAS DEL PARAÍSO
Nunca se supo si fue resbalón o salto. Pero al viejo párroco se le puso que no iba a permitir el entierro de un suicida en tierra consagrada.
-No hay por qué andar rompiendo el canon... ¡Hay que ponerse en mis suelas, padre! –se justificó, malhumorado, ante el curita nuevo. Y hubo que enterrarlo nomás en el pradito baldío que hay detrás de la arrocera.
La viuda, que no creía en el diagnóstico de suicidio, tomó la decisión en un periquete: esa misma noche, con la ayuda de otros brazos piadosos y una furgoneta, trasladó al cementerio el cuerpo del amantísimo muerto, arrancó de su inmerecido descanso a quien en vida fuera su anterior marido, un cavernario libidinoso y golpeador, y canjeó los finados con todo éxito: cada esposo estaba donde se merecía.
En realidad, los hermanos del presunto suicida, que tampoco lo consideraban tal, fueron esa misma noche al rescate del deudo para ofrecerle una sepultura cristiana alternativa; pero como escucharon jaleo en el pradito que hay detrás de la arrocera, se abstuvieron. Lo hicieron a la noche siguiente, llevándose al finado sin saber que era el cuerpo del viejo crápula y no el del hermano amado. Al final, que el primero fue a parar en el monumento de una tía abuela del muerto propio, que llevaba décadas viendo crecer geranios desde abajo; esta señora, a quien seguramente no le quedaba culpa que expiar, reestrenó la fosa de detrás de la arrocera.
Quieren decir que los comedidos fueron varios más, de modo que uno podría concluir que el tráfico de muertos era abrumador y no había día en que cada finado amaneciera donde lo había pillado la noche.
Pero pocos supieron que el curita joven, conmovido y solidario, se había escabullido también entre las sombras para echarle una bendición furtiva y devota al enterramiento inicial.
-¡Qué petulancia! –dicen que dijo. -La expulsión del paraíso no nos corresponde a nosotros. ¡Ni que uno fuera el dueño de casa!
De modo que el pradito que hay detrás de la arrocera, canónicamente, resultó tan sagrado como la Capilla Sixtina.
Comentarios
Por decir algo, creo que "amadísimo" (superlativo de amado) estaría mejor que "amantísimo (superlativo de amante).
Saludos y gracias por compartir Lily Jalile
No te creas, yo he leído con mayor frecuencia el segundo adjetivo. Pero como son matices distintos, tendrá que concordar con la intención de la autora, en lo que atañe a resaltar cuánto se le quería al difunto o cuánto éste había amado a su ahora viúda.
El relato, espectacular. Es que los temas de la muerte, cuando se mezclan con enredo y humor, son una pasada. Saludos.
Gracias por leer, Feliz Horacio!
Me ha encantado la historia, al final todos intentan solucionar el problema como pueden... y el baile de cadáveres se rodea de un cierto humor negro condimentado con sentimiento, tanto de odio hacía el crápula, como de amor hacía el presunto no suicida, y terminando con la compasión del curita.
Gracias por compartir LilyJalile.
Felicitaciones y sonrisas.
Gracias, Amparo, por leer.