TESTAMENTO
Apenas había empezado el verano cuando realmente me di cuenta de que, en tus ojos, en esos enormes ojos azules, se encontraba aquello por lo que había estado luchando tanto tiempo, tanto... Ese esplendor que me cegaba como la nieve, que me hacía renacer en ese mismo instante, como si todos los acontecimientos de mi vida hubieran sido un tránsito hasta ese momento; cuando te miré fijamente y tú me devolvías la mirada y yo me veía en tu pupila. Un eterno ciclo.
No creo en los ángeles, no creo en la providencia, pero ese día se alinearon las estrellas, porque yo podría haber sido cualquier otro y tu cualquier otra y nada de esto hubiera tenido lugar en este trozo de universo. Sin embargo, pasó. Nuestros caminos se cruzaron. Yo era tan estúpido y tú tan…resplandeciente. Tenías un aura de luz alrededor, como un signo de exclamación.
Nada tuvo sentido después de verte. Te quería demasiado. Dolía demasiado, pero nunca tuve el valor de hablarte. A pesar de ello, tú lo sabias y un día apareciste en mi puerta. Ese día, jamás lo olvidaré… el primer día del resto de nuestras vidas. Entonces lo di todo, me propuse un objetivo, una razón por la que avanzar, tan fuerte como el acero. Me diste un significado. Te doy mi cuerpo y mi alma, mi voz y mi silencio.
Te quiero. Te quiero en todos los tiempos del verbo. Después de 60 años, lo que queda de mí siempre será tuyo.
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