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Días de Niebla

SVMontanares14SVMontanares14 Anónimo s.XI
editado mayo 2014 en Romántica
Hola a todos, aquí les dejo un pequeño cuento romántico que escribí hace poco, ojala lo disfruten y me puedan dar sus opiniones, todas estas serán bien recibidas.
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Es fácil pensar que la vida es sencilla, que todo es una simple rutina, levantarse, comer, trabajar y dormir. Que incluso la vida no vale nada. Pero puedo decir con toda certeza que no es así. Aún recuerdo esa mañana, como cualquier día me levanté y comí somnoliento mi desayuno, sin despertar por completo caminaba al paradero atravesando congelado la espesa niebla que caía por la mañana. Caminaba sin pensar, sin esperanza, hasta ese pequeño instante en que el bus se detuvo frente a mi todo era normal. Sin prestar atención a nada subí y me senté junto a la ventana esperando a que la micro iniciara su trayecto para sacar de mi bolso un libro, de hojas amarillas por tanto uso que se le ha dado. Mientras continuaba la lectura sentí como alguien se sentaba junto a mí, por ello me pegué lo más que pude a la ventana, vieja costumbre para evitar el contacto con los demás y continuar mi rutina, pero como ya lo he dicho esa mañana fue distinto. Mientras leía sentía como esa persona me observaba, así que con disimulo volteé mi cabeza, para ver a aquel sujeto. Pero no era él sujeto, era un ella, que me observaba, o más bien a mi libro, no muy alta, más bien era bastante hermosa, pero aun así había algo extraño en ella que no lograba descifrar, era un ángel sentado a mi lado que me hacía ignorar por completo aquello por lo que comúnmente vivía, no podía dejar de mirarla de manera que todo disimulo se perdió en cosas de segundos cuando oí su dulce voz decirme “Lo siento, es que es un muy buen libro”. Atónito no podía contestarle más que balbuceos, y me ruboricé cuando volteó su rostro para mirar hacia delante, apartando la vista de las amarillentas páginas. Intenté pedirle perdón, pero cuando por casualidad rocé su brazo vi cómo se resintió, con una sutil mueca de dolor en sus labios. “Lo siento” fue lo único que pude contestar. Después de eso recuerdo una sonrisa, una simple sonrisa que me hizo feliz a mí, más feliz de lo que puedo recordar en mi vida. Busqué en mi bolso un lápiz y busqué en mi libro la última página, y al estar esta en blanco comencé a escribir en ella unas palabras que no era capaz de expresar hablando las plasmé en esa pequeña página en blanco. Ya se acercaba la hora de bajarme, así que la miré por lo que quizás sería una última vez y con todo mi valor le dije: “Toma, me dijiste que te gustaba, sólo cuídalo hasta que me lo puedas devolver”, y rápidamente moviéndome lo más ágil que pude me colé por entre los asientos y me baje antes de que el bus se marchara del paradero, observando desde ahí como ella volteaba su angelical rostro para echarme una última mirada.
Ese día no pude concentrarme en nada, ni en el trabajo, ni en mi música, ni en lo que me decían mis padres mientras cenábamos. Sólo podía pensar en ella, en su rostro, su cabello, su aroma y en ese pequeño detalle indescifrable que mantenía cierta incógnita en mi cabeza. A la mañana siguiente salí apresurado, olvidando todo el sentido de la rutina, corriendo hacia el paradero con la esperanza de encontrarme nuevamente con ella. Me subí y me senté nuevamente junto a la ventana observando a mí alrededor para ver si la encontraba. Pero ella no subió ese día, ni al siguiente, ni al siguiente, y así por muchos días, y un par de semanas hasta que una mañana, cuando ya había perdido toda esperanza y simplemente observaba por la ventana los fríos paisajes cubiertos de niebla, sentí como alguien se sentaba junto a mí y dejaba algo sobre mi regazo. Vi mi viejo libro, aquel que un día le regalé a una dulce señorita, miré a mi lado y allí estaba mi ángel, sonriéndome. “Sólo prométeme que leerás la última página sólo cuando termines el libro.” Me dijo antes de bajarse, siendo ella quien me dejaba sin palabras continuar el viaje. No fui a trabajar, ni a estudiar, simplemente me fui a un café y me senté a leer el libro, palabra por palabra, absorbiendo esas dulces palabras que mi cerebro parecía haber olvidado, recuerdos y pensamientos del pasado retornaban y con ello la felicidad del momento se incrementaba cada vez más gracias a las ansias que me provocaba el saber su mensaje. Pero cuando llegué a la tan anhelada página leí con el corazón en la garganta mis palabras… “No sé cómo decirlo, y mucho menos como explicarlo. No puedo imaginar lo que un encuentro fugaz es capaz de cambiar en un frío corazón, con sólo verte me has dado a conocer un mundo nuevo, dónde no estoy sólo, dónde estoy contigo. No tengo el valor para decírtelo de frente, es más, luego de haberte entregado este mensaje es probable que no nos volvamos a encontrar, pero por intentarlo no pierdo nada y por eso te escribo dulce señorita. Para que sepas lo que siento, para que veas que te amo.” Y luego por fin venían sus palabras, cuatro palabras que me dejaron una agria incertidumbre “Gracias por la esperanza”. ¿Qué significaba? No lo sé ¿qué había cambiado? Mucho y a la vez nada, esas y otras preguntas surgían en mi mente, y de ese modo volví a casa, pensando en ella, en su rostro, en sus labios, en su pelo, en sus ojos, marrones y profundos, pero… pero tristes. Esa triste expresión en su rostro contrastaba con su dulce sonrisa, ¿Cómo no lo había notado? ¿Cómo pude ser tan idiota? Algo le sucedía, esos tristes ojos eran los que perturbaban mis pensamientos de ese dulce ángel. Pero bueno, ¿Qué hubiese podido hacer yo?, Ni siquiera sabía su nombre…
Los días continuaron pasando, y aunque yo aún no podía olvidarla la rutina continuaba, todas las mañanas ponía atención a cada persona en cada paradero, a todos los que subían y a los que bajaban, sólo quería verla una vez más, saber algo sobre ella, saber cuál era su pena, pero ella no estaba en los paraderos ni subía en los buses, era como si hubiese desaparecido. Tuvo que pasar un año y volver el invierno para saber algo de ella nuevamente. Mientras me dirigía por las calles hacia el metro la vi. Vi su foto en la portada del diario. Pero las noticias no eran buenas. Allí revelaban la causa de sus penas, por ello sus dolores, esa mueca cuando rosé su brazo no fue por brutalidad mía, fue por la brutalidad de otro que apagó su luz, que cortó sus alas, que silenció toda esperanza.

Comentarios

  • evilaroevilaro Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
    editado mayo 2014
    Hola:

    Me lo he leído...

    Nada ha pausado esa lectura, todo lo que
    discurría me agradaba.

    No esperaba ningún fin en especial, esperaba
    el que ofrecieses.

    Lo he disfrutado

    Emilio
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