Casi nadie presto atención a la noticia (pues tan ocupados andaban pensando en su propia muerte, que poco les importaba la de los demás) . A mi lado, Doña Carmina parecía intentar terminar de comprender, como una niña que intuye el calor de su mamá, pero ha nacido cieguita.
La mucama se acercó y reclamó un momento de atención. Mirábamos la tele. No esperó demasiado para dar el mensaje (al fin y cabo, se figuraba que lo mismo daría ,en cuanto a nuestra capacidad de atención y entendimiento se refiere, el tiempo de espera. Más que menos, lo mismo es ) .
- Manuel nos dejó. -dijo- El duelo tendrá lugar a las siete, en el comedor.
No dijo nada más y se retiró rápidamente haciendo memoria de las tareas que le quedaban por hacer. En la tele un señor, más o menos de mi edad, hablaba con una Señora de Vegas que decía que aun era joven para probar cosas nuevas en la cama y que por eso se había comprado un Kamasutra. Al principio tanto atrevimiento había asustado un poco al viejo, pero al cabo de unos minutos ya se estaba imaginando los ratos de placer con fulanita de tal, una de Vegas, la del libro porno ese. El público se reía a carcajadas, risas que se escuchaban enlatadas y ridículas desde la pequeña cajita para tontos de la sala. .
Una lágrima, recuerdo, se derramó con parsimonia sobre mi rostro en medio del soponcio de la tarde y los aplausos a propósito de los viejos verdes. Una lágrima perteneciente a esos llantos que no quieren llorar pero lloran; esos que empiezan por
picar en la nariz, aleteando como mariposas rebeldes, tan diminutas que difícilmente las podemos atrapar a tiempo. No se trata de llantos descorazonados, como cuando nos dan la patada y ya . Más bien habría que hablar de un llorar sereno, contenido; un pensar cada lágrima de más para no acabar con el alma desecada por el dolor. Digamos que lloré razonablemente. No debieron de ser más de cuatro o cinco lágrimas en total, pero al menos durante tres días con sus noches, a pesar de las pastillas y los hombrecillos y las señoritas, no pude apartar de mi cabeza el recuerdo del gordo. Manuelito: siempre se van los mejores.
Pocos días antes de que lo trasladaran al hospital estaba muy raro. Hacía tiempo que no lo bajaban al comedor. Tan mal estaba, que incluso le pusieron dos mucamas permanentemente al lado para que cuidaran su terrible dolor; un dolor que lo iba consumiendo en un arder lento y profundo que se hacia más grande con cada bocanada de aire; matándolo un poco más cada segundo, royéndole aquel diablo del cuerpo los pulmones que un día fueron esponjas, y que acabaron siendo cenizas; nada más que polvo arrastrado por el tiempo. Lástima que Manuel apenas estuviera consciente, porque le hubiera encantado la idea de disponer de dos mujeres solo para él. Conociéndolo, seguro andaría todo el día inventando que se le había escocido la entrepierna, para que las chicas le pusieran pomada en las partes.
Comentarios
Aquí Creo que traicionaste un poco la voz del narrador que llevabas en el resto del relato, cosa que resalta por su extensión. Pero no creo que sea de mucha importancia.
Saludos.