Antes de empezar, os diré que es la primera historia que subo ha este foro, así que si veis que hago algo mal o lo que sea, por favor, no dudéis en decirmelo. Es una historia erótica, aún que empieza en algunos capítulos más adelante, también contiene acción y misterio.
Por otra parte, agradezco cualquier tipo de comentario, sea bueno o malo. Los buenos me animan a seguir escribiendo y si la opinión es negativa, espero que formulada de forma constructiva, corregiré mis errores encantada.
Aquñi os dejo la instroducción y primer capítulo ¡Espero que os guste!
INTRODUCCIÓN
La calle estaba oscura, apenas distinguía dos sombras a unos metros de mí. Cada paso que daba mandaba la orden directa a mi corazón el cual palpitaba tan fuerte como si quisiera escapar de mi pecho. La única luz provenía de las ventanas de los dos edificios que acorralaban el callejón. Después de todo, había llegado a mi destino. Aún desconocía mi final, había mil posibilidades y las más probables aterradoras. El recuerdo de mi madre inundó mi mente. Intentaba no pensar en ella, en su muerte, en la tragedia que dio un giro de 180º a mi vida. Al fin y al cabo, todo lo hacía por ella. Mi madre era el principio y sería el fin. Cuando fijé la vista ya estaba delante de los dos hombres que me esperaban. Los dos me miraron con recelo, esperando mi sumisión. Pero no todo estaba en mi contra.
— Te estábamos esperando — dijo el más alto con voz autoritaria. Cruzó los brazos sobre el pecho subiendo su chupa de cuero lo suficiente como para dejar entrever el puño del machete que sostenía en los pantalones.
Ese era Malcolm. El líder de la banda, el macho alfa. Sus vaqueros desgastados y su chupa de cuero le daban el aire aterrador al que todos temían. Con la barba de tres días, descuidada y con alguna cana, tapaba o, al menos lo intentaba, la cicatriz que le atravesaba la mandíbula.
— Tengo todo lo que queríais — traté de decir sin que mi voz temblara, en vano.
Los dos me miraron estupefactos. Obviamente no confiaban en que lo lograría y no les culpaba por ello, ni yo misma esperaba tener la sangre fría de superar las pruebas que me propusieron. Alex, el perrito faldero de Malcolm, de apenas 1,60 de altura me lanzó su sonrisa enseñándome sus dientes amarillentos por el tabaco. Era un ser despreciable, casi me daba más asco que el propio Malcolm. Parecía un chucho vagabundo, me llegaba el olor a licor y tabaco que desprendía su ropa, muy similar a la de su jefe, vaqueros negros rotos y chupa de cuero negra con pequeños pinchos en las hombreras.
— No sé, cariño… Hay algo que no me creo — Malcolm se acercó a mí superando el límite al cual permito que se acerquen — No me creo tus ojos — hizo ademán de tocarme por lo que di un paso atrás inconscientemente — Enséñame las pruebas.
Mi mano temblorosa parecía no responder a las órdenes que le mandaba mi cerebro. Poco a poco introduje la mano en el bolso.
— Muy bien, nena… — Animaba Alex flexionando las rodillas repetidamente en señal de impaciencia.
Tan rápido como pude saqué el arma de mi bolso y apunté a la cabeza de Malcolm sujetando firmemente la pistola con las dos manos. Su reacción fue exactamente tal y como la esperaba. Su risa resonó en todo el callejón. Alex soltó una carcajada acompañándole.
— Esta es mi última prueba. Tu corazón — y con esas últimas palabras que logré, no sin esfuerzo, pronunciar, empezó el caos.
Comentarios
Como cada mañana me despertó el olor de tortitas recién hechas proveniente de la cocina. Con una sonrisa dibujaba en mi cara de adolescente, salté de la cama y descalza corrí a la cocina. Allí mi madre servía las tortitas en la mesa y salté a sus brazos agradeciéndole que preparara mi comida favorita. Después de un fuerte beso en la mejilla me senté en la silla de madera, reformaba por mi padre, y me eché un buen chorro de caramelo en mi desayuno.
— ¿Tortitas con caramelo o…
—…caramelo con tortitas? — terminé la pregunta que mi madre me hacía cada mañana.
Las dos nos reímos y desayunamos juntas contándonos nuestros planes del día. Mi padre y mi hermano pequeño aún estaban dormidos. Era el mejor momento del día, mi preferido, donde mi madre y yo teníamos un momento para estar a solas riendo y hablando de cosas de mujeres.
— ¿Vas a ver hoy a James? — me preguntó con una sonrisa torcida que hacía que una pequeña arruga apareciera en su piel morena, síntoma de los años pasados.
— Sí… — contesté nerviosa — ¿Crees que me pedirá una cita?
— Sería idiota si no lo haría — me dedicó esa sonrisa que me encanta y que muchos decían que yo había heredado.
De pronto, sin previo aviso, sin tiempo para despedirme ni para volver a oler su cabello, desperté. Volví a la realidad, sola en mi apartamento. Completamente sola. Sin fuerzas para levantarme de la cama y maldiciendo no poder pasar más tiempo en el mundo perfecto que se creaba en mis sueños una lágrima amenazaba con salir. Me recompuse con todas mis fuerzas, no podía seguir llorando cada mañana al perderla de nuevo. Al poner los pies en el frío suelo de mi piso desperté del todo. Con la poca luz que asomaba entre las persianas pude ver los calzoncillos de algún hombre que invité a mi cama. Como siempre hacía, después del sexo montaba un numerito para echarles. En esta ocasión empecé a hablar de boda e hijos al hombre que acababa de conocer esa misma noche. Como era de esperar, cogió su ropa y salió de mi apartamento gritando que ya me llamaría.
Era domingo por la mañana, lo cual significaba que libraba en el trabajo. Trabajaba en una pequeña tienda de ropa en la misma calle donde vivía. Me reconfortaba pensar en el dinero que me ahorraba en transporte. Cogí los calzoncillos del suelo y los arrojé por la ventana. Vivía en el último piso del bloque y abajo no había un pequeño jardín particular abandonado hace años. Los bóxers que tiré se juntaron con el resto de basura del jardín. Me dirigí a la cocina a hacer café. El espejo desde el suelo hasta el techo que tenía en el pasillo llamó mi atención. Cada día intentaba verme mejor, los montones de hombres que me visitaban mi cama eran solo una prueba de mi atractivo. Aún así, en mi reflejo solo veía una sonrisa rota, unos ojos hinchados, un pelo castaño descuidados y alborotado y un cuerpo que mi pijama ajustado dejaba ver al detalle. No podía ver ninguna facción de alegría, ninguna facción de felicidad, ninguna que tuviera mi madre. Desanimada dejé de mirar el reflejo que tanto dolor me causaba y una vez en la cocina preparé el café barato que podía permitirme. Lo que cobraba en la tienda no me dejaba darme grandes lujos. Solo con mirar mi apartamento, decorado con muebles de segunda mano, algunos incluso sacados de los contenedores, papel de pared desgastado, sin color, podía verse que mi situación económica no era la más adecuada. Si quería tomar algo por la noche solo tenía que coquetear un poco con algún hombre y ya tenía la noche pagada. Me sentía un objeto, pero mis principios hacía tiempo que me abandonaron.
Pasé toda la mañana sentada en el sofá, tomando un café tras otro viendo los programas matutinos. Me gustaba ver la sección infantil de los fines de semana, me recordaba a mi hermano ya no tan pequeño pues tenía 18 años. Cuando mi madre murió me mudé de casa. No podía seguir viendo su fantasma en cada esquina, los recuerdos me invadían continuamente y decidí poner distancia. Huir. Dejé la carrera de periodismo, a mis amigos, a la única familia que me quedaba y comencé una nueva vida en solitario. Tal vez esa sería la razón por la que cada noche gemía debajo de un hombre distinto. La soledad. Necesitaba sentirme querida aunque solo fuera por unos instantes, antes de volver a ver a la persona en la que me había convertido. Una persona sin sonrisa, una persona con la sonrisa rota. Solo llevaba un mes en mi nuevo hogar y seguía manteniendo la relación con mi padre y mi hermano a través de teléfono una vez a la semana. Respecto a mis amigos, los abandoné por completo. No volví a llamarles, para ellos desaparecí de la noche a la mañana. Mi padre insistía en mandarme dinero para mantenerme, pero siempre lo negaba y cuando me lo mandaba lo devolvía. Quería ser autosuficiente, independiente. Esa era mi nueva vida, la que yo había elegido, sin seguir consejos ni opiniones.
Claro, yo entonces no sabía la aventura que me esperaba. Traición, amor, seducción, peligro y, sobre todo… sexo, mucho sexo.
2. Capítulo - Rutina
El lunes volví a despertar en mi cama, sola. El día anterior lo pasé en casa, sin salir ni a comprar el pan, viendo las telenovelas que tanto odiaba y a las que no prestaba atención alguna. Eran las ocho de la mañana y, como cada lunes, tenía que abrir la tienda. Me serví café frío hecho del día anterior, acompañado con un cigarro, me lo tomé en dos minutos. Era una costumbre que odiaba, fumar, el olor se impregnaba en mi ropa, incluso en mi piel, pero no podía dejarlo, o, al menos, no quería. Cogí unos vaqueros de mi armario y me puse la camiseta con el logotipo de la tienda que todas las dependientas debíamos llevar. Era una camiseta negra, muy ceñida, demasiado ceñida, que resaltaba mis pechos con el logotipo en lentejuelas doradas en el que se leía “Gold&Diamonds”. Por el nombre se podría deducir que era una tienda de alta costura, pero nada más lejos de la realidad. Vendíamos ropa muy asequible, tanto de hombre como de mujer, siempre a la última moda. El espejo del pasillo me dejó verme de cuerpo entero. Me recogí el pelo castaño y desaliñado en una coleta alta. Fingí una sonrisa, pero seguía siendo falsa a la vista. Mis ojos verdes inyectados en sangre avisaban a la gente de que había pasado mala noche. En realidad, desde que me mudé no había dormido sin mojar la almohada con mis lágrimas. Decidí que no era el momento de bajarme aún más el animo y esperé que ese día fuera tranquilo. Me equivocaba, y mucho.
Bajé por las escaleras ya que aún no había superado mi miedo a los ascensores. Siempre los evitaba si podía hacerlo y no me importaba bajar los seis pisos andando. En menos de cien pasos ya estaba frente a “Gold&Diamonds”. A esas horas en la calle solo habñia gente caminando estresada hacía su trabajo, al menos me reconfortaba saber que yo no lo hacía de mala gana. En realidad el trabajo de dependienta me mantenía lo suficientemente ocupada como para no pensar en mi asquerosa vida durante ocho horas diarias. Abrí la tienda y me dispuse a colocar todo en su sitio. Después de media hora esperando a nuevos clientes que no aparecían decidí vestir a los maniquíes. Una camisa blanca y una falda de tubo negra fue mi decisión. Nada joven, nada alegre. Pero nada más vestir a mi amiga Carla (sí, ponía nombres a los maniquíes) aparecieron por la puerta dos clientas. Una madre y una hija con el uniforme escolar aún puesto.
— Mamá, debería estar en clase — refunfuñaba la pobre chica de apenas ocho años.
— Estás enferma, tenemos que ir al médico — le reprochaba la madre mientras desordenaba todas las estanterías.
— Podría haber ido a clase, no tenemos cita en el médico hasta las once — seguía la niña.
La madre me lanzó una mirada buscando comprensión.
— ¿Puedes creer que es la única chica de su edad que no se alegra por faltar a clase? — me preguntó levantando las cejas en espera de respuesta.
— Se la ve inteligente — contesté intentando ser amable — Si necesita ayuda yo… — antes de que pudiera terminar señaló al maniquí que acababa de vestir con la boca abierta y moviendo la cabeza de una forma muy extraña que hacía que sus pendientes de aro grandes se balancearan dándole golpes en las mejillas.
— Mío. Lo quiero. Es PER-FEC-TO — dijo casi gritando.
Esa señora tan peculiar me sacó una sonrisa. Era divertido ver sus gestos de barrio con su apariencia de dama de la alta sociedad. Pude ver a su hija poner los ojos en blanco, lo que me recordó a mi hermano pequeño. Charlie… le echaba realmente de menos. Solía poner los ojos en blanco cada vez que yo decía alguna tontería, y solía hacerlo a menudo. Yo era una chica feliz, pero desde que mi madre faltaba en mi vida esa chica no había vuelto a aparecer. Dejando mis pensamientos de lado le pregunté a la señora por su talla que obviamente me mintió diciéndome que usaba dos tallas menos de la que en realidad necesitaba. Aún así le saqué las prendas de su talla correcta y sin que se diera cuenta de mi pequeño engaño se metió en probador.
— ¿A ti te gusta ir al colegio?
Miré hacia abajo donde la pequeñaja me miraba con interés.
— Claro — intenté sonreírla — ¿Cúal es tu asignatura favorita?
— Matemáticas y el patio.
Eso ya consiguió que me riera. El patio sí que era una buena asignatura. Su madre apareció delante de nosotras dando vueltas sobre si misma luciendo su nueva adquisición.
— ¡Preciosa, quítame las etiquetas que me lo llevo puesto!
Siguiendo sus deseos, le quité las etiquetas y las alarmas y la cobré en seguida. Las dos salieron de la tienda de la mano mientras la pequeña seguía insistiendo en ir a clase. Cuando veía a una madre con su hija no pensaba en mi madre. Nuestra relación no se parecía en absoluto a cualquier relación maternal. Éramos uña y carne, siempre juntas, confesoras de sentimientos. De repente un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Alcé la vista y vi a una pareja de espaldas a mí mirando las camisetas que la anterior clienta había desordenado. Noté una electricidad en el aire y a medida que me acercaba a la pareja esa sensación aumentaba.
— Buenos días, si necesitan ayuda solo tienen que pedirlo — les informé con la mejor de mis sonrisas que era capaz de dibujar.
Los dos se giraron para mirarme. Mis ojos se encontraron con los ojos azules del hombre que me miraba fijamente. Me perdí en ese azul por un momento.
— Gracias, la avisaremos — creí oír a la mujer que seguida se volvió con las camisetas.
El hombre continuó mirándome. Esta vez dirigió su mirada por todo mi cuerpo, desde los zapatos hasta la coleta. Un cosquilleo afloró dentro de mí ser por cada centímetro que sus ojos seguían. Me quedé congelada unos momentos, lo que parecieron minutos y en realidad fueron dos segundos. Con la boca torcida creí verle un amago de sonrisa y se volvió él también sujetando con fuerza la cadera de su pareja. Sacudí la cabeza y volví a la caja. Desde la lejanía continué mirando su espalda. La camiseta ajustada marcaba sus músculos y los pantalones vaqueros perfectamente planchados le hacían un trasero de lo más apetecible. Los dos comentaban las camisetas para ella, los colores que le harían resaltar su figura. El chico no parecía muy entusiasmado en el tiempo de compras. Entonces decidí que esa misma noche iría en busca de algún hombre que me llevara al orgasmo más agudo y fuerte que podía llegar a tener.
La mujer entró en los probadores y el chico se quedó de brazos cruzados en la puerta de los mismos. Escuché un susurro que no pude descifrar, pero el hombre inmediatamente sonrió y abrió el probador, metiéndose y desapareciendo de mi vista. Su sonrisa me provocó una sensación extraña en mi estómago y se fue apoderan de mi vientre. Oí una risita de la mujer rubia y empecé a imaginar, sin quererlo, lo que estaría pasando en el probador. No estaba permitido mantener relaciones sexuales en la tienda, claro que era difícil saber cuando pasaba algo sin correr la cortina para echar un vistazo. Simplemente me acerqué al probador, recolocando las estanterías más cercanas.
— Estás preciosa — Por primera vez desde que entraron oí la voz del hombre.
Era una voz masculina y viril, ronca y seductora. Intenté acercarme un poco más para seguir escuchando. Se oía una risita infantil de la chica.
— Estarías mejor sin nada…
Oí respiraciones entrecortadas y la ropa caer al suelo. ¿Qué iba a hacer? ¿Asormarme como una pervertida y verles sobándose y retorciéndose? Solo la imagen que se creó en mi cabeza empezó a encenderme. Pensaba en el hombre, sacándole la camiseta lentamente descubriendo sus fuertes músculos. Él la cogería con fuerza, por las piernas y la empotraría contra la pared mientras ella notaba su creciente erección en el vientre.
— Perdón, ¿tiene una talla más?
La voz de la mujer me sacó de mi ensimismamiento. La tenía justo a mi lado y detrás de ella el hermoso hombre con el que fantaseaba con una mano en cada hombro de su pareja.
— Sí, claro.
Me apresuré a por lo que me pidió. Los dos se miraron sonrientes y me sentí fuera de lugar. La chica parecía una niña de papá, tan pija y asquerosa. El hombre, por lo contrario, parecía salvaje y rebelde. Me ponía. Le entregué la camiseta y decidió pagarla directamente sin probársela.
— Como volvamos a entrar en ese probador tendrás que echarnos cuando escuches los gritos — me dijo riendo entre dientes.
El hombre miró al suelo sin responder a la risita de niña tonta de su novia. Estaba segura de que lo dijo para provocarme, para dejar bien claro que ella era la propietaria de ese cuerpazo robusto, que ella era la que se acostaba con él todas las noches, en definitiva, marcando territorio. No me digné a contestarla, lo único que hice fue mi trabajo, quitar la alarma de la camiseta y decir el precio. Cuando dije el coste nadie me dio el dinero, me quedé esperando. La chica solo sonreía y el hombre había vuelto a mirarme. Sus ojos y los míos volvieron a encontrarse haciendo que mi estómago se revoloteara, putas mariposas.
— Cariño… — instó la mujer.
El joven la miró desconcierto y pareció entender que pagaba él. Levantó las cejas en modo de desacuerdo pero sacó su cartera del bolsillo de los vaqueros y me entregó un billete de 50 euros. Nuestras manos se tocaron y juro que noté una electricidad recorriendo desde la punta de mis dedos hasta extenderse en todo mi cuerpo. ¿Él también lo sentiría? Nunca me había pasado esto, siempre era yo la que intimidaba a los hombres con mi sinceridad, mi atractivo y mi perspicacia. Tardé en coger el billete y cuando al fin lo hice se me deslizó entre los dedos y cayó al suelo. Cuando me agaché a por el dinero, pude ver de reojo como el hombre me miraba el canalillo. Cuando extendí el cambio, antes de que el chico lo cogiera la joven lo recogió.
— Vamos, te invitó a un café.
No pude evitar poner cara de desprecio a esa descarada. El hombre recogió la bolsa con la nueva camiseta y salieron de la tienda. Pobre calzonazos.
El día continuó tranquilo. Cerré a la tienda a la una y media para comer. Fui a la cafetería de enfrente a por un bocata vegetal, como hacía siempre.
— Aquí tienes, reina — me dijo el camarero sirviendo mi comida.
Llevaba desde el mismo día que pisé la cafetería intentando ligar conmigo sin éxito. Por alguna extraña razón, no levanté la vista para mirarle. En mi cabeza surgían fantasías con el hombre de la tienda. “Puta suerte tienen algunas” pensé. Le quería dentro de mí y yo siempre conseguía lo que me proponía así que empecé a idear un plan para esa noche. Con los pantalones tan bien planchados y en su exacta medida, deduje que si salía no sería a ninguna discoteca. Tenía pinta de ir a pubs tranquilos, a beber unas cervezas con sus amigos y respectivas parejas. La camiseta ajustada me decía lo seguro que era de sí mismo, entonces pensé que tal vez sería bombero, atleta o algo parecido. Me vino a la mente el bar “McGland”. Era una taberna muy concurrida por hombres y mujeres casados, ponían música jazz y servían unos cocteles muy trabajados. Ese sería mi destino esa noche. Terminé mi bocata y me dirigí a la tienda. Al abrirla de nuevo encontré un pequeño sobre arrugado en el suelo que alguien habría metido por debajo de la puerta. Me dispuse a tirarlo pues pensé que sería publicidad, cuando leí las palabras casi ilegibles escritas con tinta negra y toda corrida.
Para Candice Andersen URGENTE
Mi nombre.
Mis manos temblaban sujetando el sobre arrugado y sucio. Todo era muy extraño. Desde que me había mudado no había recibido ninguna carta a mi domicilio y mucho menos a mi trabajo, ya que no le di la dirección ni a mi padre. Él ni siquiera sabía que trabajaba en esa tienda. Nadie de la ciudad sabía mi nombre completo excepto… mi jefa. Me relajé en seguida y pensé que sería urgente por algún pedido que debería recoger y seguro que me informaba de que mi jornada para ese día sería más larga. Lo que no acababa de cuadrar era que me escribiera una carta y mucho menos una carta con un sobre sucio y arrugado. Mi jefa, Anna, era una mujer mayor pero muy hermano. Siempre llevaba los labios rojos y un perfecto maquillaje de ojos que la hacían interesante. Era una mujer inteligente y, sobre todas las cosas, limpia y ordenada. Quería que la tienda estuviera impecable hubiera clientes o no. Entonces los nervios volvieron a apoderarse de mí cuando descarté que fuera ella la emisora del mensaje. Decidí dejarme de tonterías y suposiciones y abrir la maldita carta de una vez. Me senté en la silla detrás de la caja registradora y con dedos temblorosos abrí el sobre rasgándolo por completo. La carta estaba escrita con un bolígrafo sin mucha tinta, pues algunas palabras apenas se veían y al parecer el que escribió la carta tenía letra de médico o lo hizo a todo correr.
Candice, no tengo mucho tiempo para explicaciones. La muerte de tu madre no fue un accidente. Conozco a los responsables del asesinato.
Al leer asesinato mi corazón empezó a latir con fuerza, parecía que me saldría por la boca. Náuseas, mareos… el malestar crecía y no era capaz ni de llorar. Continué leyendo con todos mis esfuerzos.
No podía dejar este mundo con la injusticia robándome el sueño cada noche. Sé que hoy voy a morir y este es mi último suspiro: venga la muerte de tu madre. Acaba con la banda criminal y salva a otras mujeres que pueden correr la misma suerte. Sigue estas instrucciones y pronto sabrás la verdad de todo:
Vístete atrevida y rebelde. Cuero, botas altas, maquillaje oscuro… intenta aparentar ser una motera y esta noche visita la taberna del caos. Allí pregunta por Jack. Él te dará algunas respuestas pero no le confieses tu cometido.
Espero que tengas suerte, la necesitarás.
La carta cayó sobre mis piernas cruzadas y todo mi cuerpo temblaba. Parecía estar al borde de un ataque cardiaco, mis pulsaciones era rápidas y dolía cada latido de mi corazón chocar contra mi pecho. El sudor frío corría por mis manos, pero sentía calor dentro de mí. Un calor que quemaba y me consumía. ¿Qué era eso? ¿Un loco hijo de puta quería asustarme? Fui al aseo intentando recomponerme. En la trastienda había un pequeño asea que nada más contaba con un lavabo y un retrete. Me lavé la cara y aún mojada volví a mi puesto de trabajo. Me sequé con la parte baja de la camiseta y al fijar la vista en el suelo ahí continuaba la dichosa carta. Cuando me di cuenta una nueva clienta había entrado. Me miraba con cara de preocupación e inmediatamente dejó de observar las prendas y salió del comercio. ¿Qué había de cierto en todas esas palabras? ¿Asesinato? ¿Mi madre estaba metida en algún problema que desconocía? De pronto volví al día cuando me enteré del fallecimiento.
>>> Acabo de llegar de la universidad, completamente cansada y desmotivada. Creía que la carrera de periodismo sería distinta, más práctica, pero lo único que hacemos es estudiar, estudiar y… estudiar. Tiro la mochila en la cama de mi cuarto y bajo directa a la cocina a prepararme la merienda. Estoy sola en casa, soy la primera en llegar. Con un bocata de jamón me dirijo a la sala donde enciendo la televisión y me quedo viendo las series de comedia de la tarde. Adoro la tranquilidad que se respira en mi hogar, después de las clases me reconforta llegar aquí y sentirme relajada. De pronto suena el teléfono, es papá.
— ¡Hola! — contesto.
— Cariño, estoy camino a casa, espérame — cuelga.
Su voz suena apagada, triste. Es el hombre más feliz que conozco, siempre sonriente y alegre. Pero hoy está distinto. Esta mañana estaba bien… que raro. En menos de cinco minutos oigo como insertan la llave en la cerradura. Me levanto esperando la llegada de mi padre y no me equivoco, pero su rostro me hace sentir una fuerte punzada en el estómago. Tiene los ojos llorosos y las facciones tristes. Me acerco poco a poco a el con preocupación.
— Papá…
— Dame un abrazo.
Sin siquiera preguntar me lanzo a él rápido. Hundo mi cabeza en su cuello y aspiro el olor de la crema de afeitar tan conocida. Noto que algo me moja… La respiración de mi padre es irregular y no tardo en descubrir que está llorando sobre mi hombro.
— Papá… — intento consolar, más que consolar exijo una explicación.
— Es mamá… Ha sido un accidente, un puto borracho — es la primera vez en mi vida que escucho a mi padre decir una palabrota — Acabo de reconocer su cadáver. >>>
Cuando volví de mis recuerdos estaba llorando desconsoladamente. Corrí hacia un probador, no quería volver a ahuyentar a posibles clientes. Allí me miré en el espejo y mi cara estaba destrozada por el dolor. El malestar aumentaba dentro de mí. Volví a abrir la carta. La releí unas cinco veces. ¿Qué iba a hacer? No sabía quién era el remitente, no sabía si había algo de verdad en esas líneas mal escritas. Podría meterme en problemas si seguía las instrucciones de un loco, pero… ¿Y si era cierto? ¿Y si mi madre había sido realmente asesinada? No podía quitármelo de la cabeza. Mi vida se había convertido en una mierda desde que me faltaba lo más grande, por lo que no tenía mucho que perder. Si me mataban, quizás me hacían un favor. Me sorprendí a mi misma al descubrir lo jodida que estaba hasta el punto de darme lo mismo perder la vida. Decidí que era hora de hacer algo al respecto. Esa noche iría a la taberna del caos.