Todos los días a las 3:45 dejaba mis lápices sobre las cartulinas en las que diseñaba planos para nuevos edificios, me levantaba del banquillo, recorría las cortinas y miraba a través de la ventana, justo hacia una arboleda cercana a la casa, y desde la copa de uno de aquellos frondosos árboles, ella me veía. Ese día no fue diferente, me quede parado frente a la ventana durante exactamente una hora mirando fijamente a aquella ave de color azul, cuyas plumas relucían bajo el sol, completamente inerte, con la cabeza un poco agachada mirando a la nada. Pero cuando culmino aquella hora de contemplación, no volví a mis planos, no volvía cerrar las cortinas. Esa vez, esa única vez, me quede el resto del día admirando a aquella ave, y ella no se movía de ahí, como una imagen plasmada en el cristal, aquella noche me desmaye por el cansancio.
Un resplandor rojo resucito mis ojos y me hizo abrir lentamente los parpados, los rayos del sol entraban por la ventana y me golpeaban justo en la cara, la luz conseguía traspasar ligeramente mis parpados, lo cual hacia que percibiera un resplandor rojo. Me levante, molesto y frustrado dispuesto a cerrar las cortinas, sin embargo, al mirar de reojo a través de la ventana, el ave seguía ahí. La misma posición, el mismo brillo sobre sus plumas, parecía que ni siquiera el árbol había cambiado. Abrí la ventana y tome un par de binoculares, debía verla más de cerca, pero aun con ellos no parecía tener nada raro, era solo un ave azul, hermosa e inerte.
Pero que estaba haciendo, un ave me distraía, consumía mi día y me hacía desmayarme de sueño, rompía mi perfecta rutina, la alteraba, no podía permitirle hacerme eso, no podía permitir que consumiera mi vida. Cerré de golpe la ventana y jale las cortinas hasta que ni el más mínimo rayo de sol entro en mi habitación. Volví a mi banquillo y seguí dibujando el plano de un nuevo centro comercial. Las horas fluían con cada trazo, una sola línea podía llevarse más de 30 minutos en solo un segundo, y alejaba mis pensamientos de distracciones vanas. El problema al tener un tiempo que avanza tan aceleradamente, es que lo inevitable se precipita sobre uno en un abrir y cerrar de ojos, y de esa forma la fatídica hora llego.
3:45 Nuevamente, sabía perfectamente que había llegado esa hora, pero me negué a ir a la ventana, solo seguí dibujando, más y más, mas frenéticamente, líneas curvas, líneas rectas, no podía detener mi mano y mi mente la había poseído una enorme ira que plasmaba sobre la cartulina la cual se llenaba de líneas, de sombras, de texturas, de plumas y de un intenso y brillante color azul. Frente a mi había un dibujo de aquella ave, no podía mover mi mano, se había tensado a tal extremo que se había paralizado sosteniendo el lápiz, y el ave me miraba, desde la cartulina me observaba como si se burlara de mi…ja, tonto pájaro, le enseñaría.
Tome la nueve milímetros de debajo del escritorio, abrí la ventana y dispare contra el ave, una y otra vez hasta que la vi caer de aquel árbol, seguro debía estar riendo mucho, muerta, con su plumaje lleno de sangre, sin poder moverse, sin poder volver a la copa de árbol…sin poder brillar bajo el sol. Pero y si aún podía burlarse, si solo se dejó caer del árbol para seguir con su burla, ella…esa…esa ave sabía algo, algo sobre mí y lo usaba para burlarse, burlarse de mi vida, de mi trabajo, de mi obsesión con ella.
No podía permitirle seguir haciéndolo, guarde la pistola en mi pantalón, salí del cuarto sin cerrar la puerta y me dirigí a la arboleda, fuera del edificio había un grupo de gente señalando a mi ventana, empuje a varios de ellos y corrí hacia la arboleda. Ella lo sabía, sabía que me atormentaba, sabia cuanto odiaba esas malditas líneas rectas, cuanto odiaba el blanco y negro de cada horrible proyecto que entregaba, sabía que deseaba matar a aquellos que me decían que era un gran trabajo…IDIOTAS, no es un gran trabajo, no es ni siquiera bueno, es un montón de líneas sin color, sin vida, porque insisten en darle grandeza a algo que es solo un asco.
No tuve que adentrarme mucho entre los árboles para encontrarla, y mis sospechas se confirmaron al encontrarme frente ella. Ahí estaba, inerte, como si no estuviera viva, pero aun así se mantenía en pie, sin una sola gota de sangre, era un ave hermosa y atemorizante, su cuerpo metálico relucía por debajo de las plumas azules aparentando ser un robot, pero sus ojos, sus ojos eran órganos vivos que me miraban fijamente, me paralizaban, sabía que se acercaría y me arrancaría el corazón de un momento a otro, pero no me importaba, solo seguía viéndola, solo seguía esperando que me atacara, pues necesitaba sentir a aquella ave, saber que era, saber que tanto me odiaba, o hasta donde podría llegar su burla.
La noche llego, y ninguno de los dos se movía, la maldita seguía burlándose de mí, de mi asqueroso dibujo que hice pensando en ella, de toda la frustración que sentía al no poder dibujar nada más que fríos y vacíos planos, de lo mucho que me odiaba. Y su burla solo se coronaba con su apariencia metálica, no solo me decía “no sabes dibujar un ave” si no también insistía en que era tan torpe que no había notado que era una máquina. Era gracioso, sin hacer nada esa ave me estaba destruyendo y yo no podía dañarla, no podía razonar con ella, solo podía ser su burla.
Una vez mas no pude resistir el desvelarme y me desmaye por el cansancio, al cerrar los ojos creí verla moviéndose, sonreí, finalmente terminaría con eso. Al abrir los ojos la mañana siguiente comencé a llorar, el ave seguía ahí, inerte, pero esta vez a un lado de mí, trate de aventarla lejos, pero era más pesada de lo que aparentaba, trate de levantarme, pero cada extremidad de mi cuerpo tenía un huevo metálico atrapándola contra la tierra, era extraño, no sentía dolor, veía algo de sangre, pero no sentía ningún dolor, solo ira, ira y una enorme frustración, que creció conforme el día paso y el ave se quedó ahí, mirándome, pavoneando su cuerpo metálico y clavando sus ojos en los míos.
Llego un tercer día, uno de mis brazos había sido liberado y esta vez el ave estaba sobre mi pecho, aplastandolo pero no lo suficiente para matarme…porque me mataría, si su propósito va más allá de una simple muerte. Pero cometió un error, libero uno de mis brazos, y tenía un arma cargada en mi bolsillo, no dude en tomarla y disparar al ave un par de veces. Las balas solo rebotaron y fueron a parar muy lejos de aquella arboleda. No había sido un error, claro que no, como podría ella cometer un error, ella no me mataría, pero sabía que yo sí. Puse el arma en mi boca, cerré los ojos y jale el gatillo.
Por primera vez el ave se había movido, sus patas metálicas rasgaban mi piel, una de ellas atravesó mi cachete y detuvo la bala, el dolor debía de ser intenso, pero yo no podía sentirlo, pues la frustración me asesinaba, esa maldita ave solo seguía burlándose de mí, dispare otra vez, y otra, pero cada bala era detenida por el ave. Finalmente, me desmaye.
Cada día, a las 3:45 despierto y veo al ave sobre mi pecho, siempre sosteniendo comida en su pico, no quiero comer, quiero morir y alejarme de aquello, pero cada vez que me niego a comer despierto al día siguiente dibujando al ave, una y otra vez en la tierra, me atormenta mostrándome que no puedo dibujar, así que en silencio como lo que el ave haya traído, mientras sollozo, el arma hace ya mucho que no tiene balas, y las únicas veces que puedo usar mis brazos es cuando el ave me obliga a dibujar, estoy acostado en mi propia inmundicia, mis deshechos se acumulan y el ave solo permite que eso siga, pues sabe que me humilla. Y lo peor de todo, lo que me hace gritar una y otra vez, es que el ave, sigue siendo hermosa, su hermoso plumaje azul ha vuelto a cubrir el metal, y el sol sigue haciéndola brillar, y sus ojos, sus ojos siguen siendo tan naturales, tan hermosos…tan escalofriantes.
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