Pues ya está decidido, lo voy a subir al foro. Total criando polvo en un cajón no hace nada. Igual no les gusta, pero bueno, que más da. Siempre hay gente
pa to y cualquier cosa que hagas les va a gustar a unos y a otros no. Ea, que lo pongo.
¿Y donde lo pongo? Veamos las categorías:
Ciencia ficción, no. Romántica... Bueno, tiene su puntito romántico, además hay una tormenta. Pero no se suicida nadie, así que no cumple con el canon. Podría cargarme un personaje, pero con lo que me han costado de criar... No, no es motivo suficiente. Histórica, negra, humorística, no. Fantástica. A mi me parece fantástico, más que eso incluso ¡maravilloso! pero creo que no se refiere a eso. A ver, narrativa. Aquí es donde van las cosas en que se habla de cosas. Sí, aquí debe ser. Aquí lo pongo.
Anda, si esto está conectado. Hola ¿Hay alguien ahí?
El faro
A lo largo de los años he tenido ocupaciones de lo más diversas. Algunas, las más, fueron poco más que vender mi tiempo a cambio de sustento y alguna que otra dosis de alegría. Otras, sin embargo, supusieron o dieron pie a episodios de mi existencia que he de decir que me alegro enormemente que fuese a mi y no a otra persona a quien sucediera. Episodios que de no haberlos vivido, seguiría siendo el mismo, pero de otra manera.
Hace algunos años –demasiados para ser memoria, pocos para ser recuerdo– estuve al cargo de uno de los últimos faros “a la antigua usanza”.
Antes de ser sustituidos por sistemas electrónicos automáticos, cada faro estaba al cargo de un farero. Este se encargaba de que la luz estuviera encendida por la noche o con mal tiempo, que la sirena sonara cuando hubiera niebla y que siempre obtuvieran respuestas las llamadas por radio, con la que compartía con los navegantes avisos, partes, novedades e historias.
Estos faros antiguos estaban ubicados frecuentemente en zonas con un acceso no siempre demasiado bueno, aislados o como mínimo, alejados. En el caso que nos ocupa, incluso era habitual en los días de mala mar, que con la marea alta quedara completamente rodeado de agua, sin ningún vínculo transitable con el resto del mundo.
En estas condiciones de aislamiento, a menos que uno tenga vocación de ermitaño, se hace imprescindible la compañía de al menos otro ser humano, so pena de apostar la cordura a la llegada de la próxima tempestad. Afortunadamente, estaban incluidos los servicios de una especie de ama de llaves- cocinera-recadera-confesora.
A mi llegada, ella me estaba esperando en la puerta de la casa. Me llamó poderosamente la atención la forma en que iba vestida. Llevaba la cabeza cubierta, envuelta, por decirlo de algún modo, por diferentes capas de velos que no dejaban traslucir el más mínimo rasgo. El resto del cuerpo también lo llevaba completamente cubierto, sin que asomara ni un solo milímetro cuadrado de piel, excepto las manos.
Pasó por mi mente la idea que tal vez profesara alguna religión de tierras extrañas, que la obligara a vestir así en presencia de desconocidos. Su nombre –Laura– y su habla, sin rastro de acento extranjero y con una frescura y espontaneidad difícilmente compatible con la estricta observancia de una fe tan restrictiva que la obligara a llevar semejante tipo de vestimenta, pronto me hizo descartar esta idea. También barajé la posibilidad de que padeciera alguna enfermedad –acaso la lepra– que la obligara a vestir así. Pensé que sería entonces un poco extraño que ocupase este trabajo, que consiste esencialmente en una convivencia, inevitablemente cercana en ocasiones, así que también descarté esta posibilidad. Concluí que, como ocurre frecuentemente, la realidad sería mucho más sorprendente que cualquier cábala que pudiera imaginar, así que decidí simplemente ignorar está particularidad y dejar que fuese el tiempo quien desvelara –nunca mejor dicho– cual era el motivo.
Pero esta no fue la única sorpresa, ni la mayor.
Con gran amabilidad, que no ocultaba por completo una cierta timidez, me enseñó y explicó hasta el último rincón del faro y de la casa adosada. Lo hacía con tal detalle y seguridad que parecía que todo, desde la emisora de radio a la última piedra de la escalera hubiese sido puesta en su lugar por ella.
Estuvo enseñándomelo todo hasta pasado el mediodía, momento en que nos dispusimos a comer.
Si hasta entonces me había sorprendido su detallado conocimiento del lugar, como se desenvolvía por la cocina llegó a dejarme simplemente fascinado. Sus movimientos eran exactos, precisos, medidos. Si quería alcanzar algo, desplazaba su cuerpo los milímetros necesarios, ni más ni menos; extendía un brazo y justo allí estaba aquello que buscaba. Ni una vacilación, ni un titubeo, ni un solo error o amago de despiste. En aquella cocina el destino era una coreografía escrita e interpretada por una silueta a contraluz. Musa y marioneta a la vez, nada ocurría que no fuera fruto de sus designios.
Durante la comida estuvimos charlando animadamente. Me contó anécdotas de fareros anteriores, muchas de ellas lo suficientemente absurdas e improbables como para ser ciertas. Yo por mi parte relaté pasajes de mi vida que, al menos en lo esencial y no siendo demasiado estricto con la definición de “realidad” se podrían considerar como verídicos. La sobremesa se alargó casi hasta la puesta del Sol –lo cual en aquella época del año tampoco era tanto– momento en el que yo debía subir a encender la luz del faro y empezar mi primera noche como “guardián de los mares”.
Antes de levantarnos de la mesa, ella hizo algo que si hasta entonces había estado medio fascinado, medio intrigado, acabó de dejarme completamente fuera de juego. Me pidió que hiciera algo que jamás nadie me había pedido antes y que no le preguntara el porqué.
–Solamente, no me mires.
A veces, el trabajo, las obligaciones, incluso las costumbres, a parte de algo tedioso, que estaríamos encantados que fuera otro quien tuviera que hacerlo, puede ser una vía de escape que nos evita el esfuerzo de tener que tomar una decisión, establecer una opinión, o simplemente, tener la más mínima idea de que es lo que estamos haciendo y porqué. Este fue el caso.
Antes que pudiera no ya salir, sino asomarme fuera de mi asombro e intentar algo parecido a una reacción frente a tan insólita petición, por el altavoz de la radio sonó la voz de un marinero que no parecía tener muy claro donde estaba, de donde venía, ni hacia donde se dirigía y esperaba que yo se lo aclarara.
Pese a la intriga y el desconcierto, me resigné simplemente a hacer lo que Laura me pidió y como en lo relativo a su forma de vestir, dejar que el tiempo fuese contestando las preguntas.
Al principio, aquello resultaba bastante forzado. Es posible, si uno esta rodeado de desconocidos, abstraerse e ignorar a quienes nos rodean. De hecho, cuanto mayor es el número de personas que nos rodean más fácil es estar solo. La muchedumbre, la multitud, transforma los rostros en borrones, las voces en rumores, las palabras en ruido de fondo, granizo eléctrico, puntos blancos en una pantalla en que se agolpan todas las emisoras sin sintonizar ninguna.
Ignorar a una sola persona es, sin embargo, muchísimo más complicado, siendo normalmente el resultado obtenido el contrario del deseado, ya que cuanto más nos esforzamos por ignorarla, más presente está en nuestra mente.
Especialmente si la voz de esa persona es, la mayoría de los días, la única que escuchamos que no procede de un altavoz.
Con el tiempo, casi sin darme cuenta, dejé de obsesionarme y simplemente intenté relacionarme con ella de otra forma.
Tuve que aprender.
Aprendí a oírla respirar en lugar de verla con el rabillo del ojo. Aprendí a oírla desplazarse en lugar de buscar su silueta. Aprendí a reconocer su aroma como medida de distancia y a usar el siseo del roce de sus velos como brújula y veleta.
Hablábamos.
Mucho.