- ¿En serio piensas así? - preguntó ella
- No - respondió él - Únicamente quería ver cómo reaccionaba mi cabeza frente a una idea tan disparatada cómo esa.
- Tu cabeza sigue ahí, espero.
- Mi mente quise decir; el pensamiento de que yo mismo sea diferente a...
- Lo entiendo - lo interrumpió ella mientras se reía.
- Es increíble que sigas riéndote, o sonriendo, o las dos cosas.
- Lo hago, tal vez no quiera, pero lo hago.
Un silencio invade el ambiente. Se escuchan los pájaros cantando de fondo y él tararea ese canto con una leve voz mientras sigue el ritmo con los dedos, hasta que un sonido de pisadas en el cemento lo detiene.
- ¿Eso fue un ciervo? - preguntó ella moviendo la cabeza para todos lados.
- Creo que sí - respondió él sonriendo.
- Al menos siguen aquí.
- Así es, aunque estaba pensando que fueron pisadas ágiles.
- ¿O sea?
- O sea que si eso fue un ciervo, entonces estaba muy apurado.
Ella no responde, entonces él decide que tiene que seguir con su explicación.
- Estaba escapando de algo.
Él siente cómo la respiración de su compañera se agita un poco. Casi puede sentir el nerviosismo que invade el aire.
- El lobo - dice ella secamente con la voz entrecortada.
Él no dice nada, pero ese simple gesto se transforma en una respuesta afirmativa. Ella comienza a sentir el mismo miedo de siempre.
- Somos fuertes - dice él - Siempre lo hemos sido ¿Entiendes? Por eso nos busca a nosotros, rompemos con el paradigma del miedo.
- Pero tenemos miedo igualmente.
- Lo sé, estaba tratando de confundir a mi mente una vez más.
Ella se ríe una vez más, debido a eso él sonríe.
- ¿Que es lo que más extrañas? - le pregunta él.
- Creo que muchas cosas. Tal vez, más que nada, esas caminatas nuestras en la playa al amanecer y pasar el día hasta que veíamos cómo se ocultaba el sol entre las montañas.
Él recuerda, ella también. Ambos sonríen.
- Hermoso todo eso - dice el - Lástima que ahora no sepamos en dónde hay una playa.
Ella lanza una carcajada y se emociona. El la escucha pero no da cuenta de su felicidad.
- ¿Y tú? - pregunta esta vez ella.
- ¿Yo? Creo que no sé - responde él.
Un aullido se escucha en la lejanía. Es cómo si toda la ciudad hubiese quedado en silencio solo para que el sonido se filtre hasta por las partículas de aire.
- Es él - dice ella poniéndose de pie.
- Deberíamos marcharnos - dice él imitando el movimiento mientras recoge su bate metálico.
Ambos se ponen en marcha siguiendo los pasos del otro. Ella se tropieza con algo y hace ruido.
- ¿Te caíste? - pregunta el rápidamente.
- No, creo que le pegué a una lata.
- Ven - dice él y busca la mano de ella con la suya manoteando el aire. La encuentra. Ambos se agarran de la mano y se aferran con seguridad. Comienzan a caminar hacia el Oeste. Pero ellos no lo saben.
- ¿Sabes que es lo que mas extraño en este mundo - dice él mientras se alejan por las calles.
- No me lo has dicho todavía - le responde ella.
- Tu sonrisa. Si hay algo que extraño más que a nada es tu sonrisa.
Ella sonríe nuevamente, con más felicidad que nunca. Siguen caminando. Sus pasos son las migajas de oro que los guían a cualquier lugar. Cualquier lugar en el planeta.
La bomba había explotado en el cielo meses atrás. Por consecuencia, ellos dos al igual que todos los pocos sobrevivientes en el mundo, habían perdido el sentido de la vista. El mundo había pasado a ser un territorio salvaje y oscuro.
Es curioso que la última referencia visual que tuvieron fue, precisamente, una explosión de luz.