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El asesino de asesinos - Parte 1

SevSev Pedro Abad s.XII
editado octubre 2013 en Negra
Sur de Beijing - 02:14 am


El empresario Liu Han Yuang se encontraba atado en una de las sillas de su living mientras gemía con estupor sintiendo el dolor de su dedo anular recién cortado, aunque ese dolor apenas se comparaba con lo que sentía en su pantorrilla derecha que si en ese momento la pudiera ver, observaría cómo el hueso de esa zona le sobresalía de la piel.
- No querríamos que se desangre ¿Verdad señor Yuang? - dijo una voz masculina en tono serio y profundo que provenía de enfrente de dónde el estaba atado - Si usted se desangra ahora entonces morirá, y yo no estoy aquí para que usted muera así de rápido.
Apenas terminó de hablar, se acercó a su víctima y comenzó a colocarle vendas en sus heridas bañadas en sal. Y lo hacía con tanta vehemencia intencional que el empresario se retorcía aún más del dolor. Luego de terminar con su tortura hospitalaria, el misterioso sujeto se acercó a la mesa de la casa, dónde allí lo aguardaba una maleta de un tamaño considerable. La abrió y examinó los objetos que allí se encontraban bien guardados. Y les puedo asegurar, mis queridos lectores, que ninguno de los objetos que allí habían eran como para llevar a casa de sus parejas en la primer cita. Cómo decía, examinó y se decidió por un pequeño martillo y tres clavos de unos siete centímetros de largo por uno de ancho. Exactamente. ¿Quién de ustedes llevaría eso a una primer cita? Aunque existe la probabilidad de que usted quiera impresionar a su amado/a demostrándole lo bien que puede clavar una tabla en el suelo. Gustos son gustos, pero no lo recomendaría.
- Veamos señor Yuang - dijo el hombre mientras se sentaba en una silla que había colocado con el espaldar de frente a su cuerpo - Quiero que usted sepa, antes de terminar con su miserable vida, por que estoy aquí.
Acto seguido, sacó un precioso y adornado encendedor dorado y se puso a calentar la punta de uno de los clavos.
- Entiendo que el mundo de los negocios este lleno de basura. Desde los productos que ustedes venden, hasta la misma escoria que lo permite - dejo el primer clavo y se dispuso a calentar el segundo.
- También entiendo que las personas, incluyendo a aquellas que son cómo usted, necesiten del vil dinero para sobrevivir. Sin importar que métodos se utilizen.
El sujeto hablaba lentamente. Como si quisiera que su víctima entienda a la perfección cada palabra, que cada letra que las formaban se metiera dentro de su cabeza cómo una astilla. O tal vez solo lo hacía para tener más tiempo el metal del clavo en el fuego. Lo dejo a criterio de ustedes.
Ahora se encargaba del tercer clavo.
- Pero lo que nunca podré entender, es porque hacen lo que hacen sin importarles la vida y el libre albeldrío de otros seres vivos.
El señor Yuang abrió un poco más los ojos. Sabía a lo que esa clase de sicario se refería, y el misterioso vengador se dio cuenta al instante de aquella mirada.
- Veo que su corrompida mente-alcancía finalmente se abrió eh? Bueno, de todas formas iba a abrirse - dijo sonriendo - pero me alegro que no haya tenido que hacerlo yo. Ahora, volviendo al tema, al parecer ya se dió cuenta a que me refiero y por si aún no le quedó claro - dijo señalando con sorna su pierna fracturada - le traje un recordatorio.
El muchacho metió su mano izquierda en el bolsillo de su campera de cuero y sacó un llavero. Pero no era cualquier llavero. Este terminaba en una pequeña bolsa en la cuál, dentro de ella, se podía ver el cuerpo sin vida de una pequeña tortuga marina. La mirada del empresario dijo que ya había entendido todo. Si no tuviese ese trapo lleno de orina en su boca hubiese pedido perdón a los gritos. Pero no iba a servir de nada. Absolutamente de nada.
Y... oh dios ¿Dónde están mis modales? He saltado directamente a la escena de la tortura pero me olvide de presentar a la víctima.
El señor Liu Han Yuang era un empresario chino que se había metido en el mundo de los negocios al igual que cualquier empresario chino: a los empujones. Pero lo que lo había llevado al estrellato, y porque no, a estar sentado en dónde se encontraba ahora, era la "magnífica e innovadora idea" (cómo el la presentaba) de poner en venta en el mundo del comercio unos llaveros igualitos al que el sujeto le había mostrado. Se trataban de unas pequeñas bolsas que dentro llevaban un pequeño animal vivo.
Los vendedores dicen que las mascotas viven dos meses, pero no llegan a la semana. El ingenio no puede ser más sencillo: una pequeña bolsa de plástico se llena con un poco de agua rica en nutrientes, se introduce en ella un animal de menos de cuatro centímetros de largo, se sella y se le coloca una arandela para que sirva de llavero. Así, la mascota acompañará siempre a su dueño, que no tiene que preocuparse de darle de comer ni de limpiarla. Su existencia es una tortura. Con niveles de oxígeno cada vez menores, tanto en el agua como en el aire de la bolsa, y sin comida, los animales no pueden sobrevivir más de unos pocos días. Lógicamente, las criaturas están obligadas a vivir en sus propios excrementos hasta que mueren. Estos artilugios, técnicamente, son legales. Nacieron en la mente de un avispado empresario que dio con la fórmula mágica para hacer dinero antes de los Juegos Olímpicos de Pekín. Atraen la atención de los más pequeños, y sus padres ven en los 'llaveros vivos' la forma perfecta para satisfacer el ansia de sus hijos por tener una mascota, pero sin sufrir el fastidio de cuidarla. En un país en el que los derechos de los animales son una quimera, tampoco hay problema ético alguno. Se venden unos 30.000 a la semana. En cada bolsa van uno o dos, dependiendo del tipo de animal.
- Y ahora antes de que los clavos se enfríen - dijo de golpe el hombre mientras los recogía con un guante puesto y se dirigía hacia el empresario que no abría mas los ojos porque la fisionomía no se lo permitía - Vamos a ponerle un poco de anestesia a esa pierna.
Acto seguido, acomodó un clavo en la vejiga del asiático y con un rápido movimiento de su brazo, impacto la cabeza del metal con el martillo enterrandolo en la carne del señor Yuang de un golpe que comenzó a gemir a niveles insospechados mientras luchaba con todas sus fuerzas para liberarse de sus ataduras.
- ¡PECES! - gritó el justiciero y acomodó otro clavo en una de las costillas izquierdas del torso desnudo de su contrincante
- ¡SALAMANDRAS! - volvió a gritar mientras Yuang lanzaba nuevos gemidos luego de la penetración del segundo clavo
- ¡Y TORTUGAS! - terminó mientras clavaba el último artilugio en la fosa nasal del empresario.
El señor Yuang no quería saber nada más con su vida. Ya era suficiente. Pero no para el misterioso sujeto que se mostraba satisfecho con el calvario ajeno. Y eso no terminaba ahí.
El hombre llevó cómo pudo a su víctima al baño, dónde allí lo esperaba una bañera repleta de excremento.
- No fue agradable conseguir todo esto - decía mientras lo arrastraba - Pero así cómo esos animales, esos seres vivos, mueren entre su propia mierda, usted también lo hará.
Con un coordinado movimiento, arrojó el cuerpo atado del empresario a la bañera. Al menos se salvó de las salpicaduras.
- Y ahora, antes de que todas sus heridas se infecten a pasos agigantados, tengo algo más para usted - dijo y mostró una pistola Colt 45 y la apuntó hacia el asiático.
- No soy una mala persona señor Yuang, no me confunda. Tengo alguien a quién amar en este mundo, daría todo lo que fuera por ella y si en algún momento tengo descendientes, no me gustaría que vivan en un mundo repleto de porquería cómo lo son ustedes. Es una verdadera lástima que no comprendan lo que el amor significa y que solo piensen en llenarse los bolsillos a costa de la vida de criaturas inocentes que para ustedes están en este mundo para morir dentro de una bolsa. Y le aseguro, que hasta mi último día, voy a buscar a todos y cada uno de ustedes. Me voy a asegurar de que paguen por sus actos.
El gatillo fue presionado unas ocho veces y la señora del piso de abajo se sobresalto y se cayó de su cama.

Sur de Beijing - 04:05 am

Si usted ahora se encontraría en el cuerpo del detective Hennings, estaría subiendo en el ascensor al piso 14 de uno de los apartamentos de la ciudad, siguiendo la pista de un asesino que perseguía desde hacía catorce días. Alguien que se encargaba de que sus víctimas sufran. Y la mayor parte de ellas eran dueños de negocios millonarios de todas partes del mundo. La última vez había sido en Washington, ahora en Beijing. El hombre no descansaba.
Si usted sigue estando en el lugar del señor Hennings ahora estaría oliendo algo nauseabundo que proviene del cuarto de baño del departamento lleno de policías y forenses. Usted se drigiría a ese cuarto y vomitaría cuándo ve lo que hay dentro.
Un cuerpo desnudo casi sumergido en excremento se encuentra en la bañera. Tiene múltiples cortes, un clavo en la vejiga, otro en las costillas, otro en una fosa nasal, una falange cortada, una pierna fracturada y ocho orificios de bala repartidos entre su torso y su cabeza. Pero lo que más te llamaría la atención. Es un billete de diez dólares engrapado en su frente.
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