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Esquina Bradbury con Hoffmann

CamiloCamilo Anónimo s.XI
editado octubre 2013 en Fantástica
Este un relato que escribí hace poco, algunos me dieron que era muy bueno pero para ser sincero quisiera poner a prueba mis habilidades literarias y saber en que soy bueno y en que puedo mejorar.

[OCULTAR] Esquina Bradbury con Hoffmann



Al amanecer en la esquina Bradbury con Hoffmann se empezaba con los preparativos para la cotidiana tragicomedia, los vendedores de periódicos acomodaban el pesado fajo de desinformación amarillista, seudoporno, neo liberal y conservador de periódicos mientras ensayaban sus voces de falsete, por allá una manada mecánica de automóviles, motocicletas, camiones, autobuses y demás seres que escupían enormes y asfixiantes nubes negras que traían en sus interior seres como larvas blancuzcas o de otros tonos les servían sin cuestionarlas.
Por el negro escenario iban y venían esas maquinas rugiendo y bufando como señores absolutos de aquel frágil reino, luego una homogénea multitud empezó a tomar las calles como una plaga gris con tonos negros, aquellos seres venían oyendo al pequeño y rectangular dictadorzuelo con medallas de manzanas medio comidas con sumisión cuasi religiosa, el genio de cara de led les hablaba por medio de las plásticas tiritas que se clavaban en los oídos como colmillos aislantes, y cada uno de esos individuos colectivos miraba hacia arriba, a los nuevos zigurats de cristal y acero que brillaban en un falso dorado solar, cada uno en su personal y limitado microcosmos se veían como los nuevos señores de aquellas agujas que deseaban alcanzar al celeste cielo sin importar lo mediocres que eran aquel mundo sonreía a los que se arriesgaban ciegamente. Nadie sabía y probablemente nadie le daría importancia al motivo de las oscuras y rojas manchas que los pies pisaban y borraban
Aquella ciudad regida por luces de tubos de rayos catódicos y los invisibles señores verdes, en aquella tarde del día anterior por alguna fuerza ignorada por ella se volvió en solo por ese día en una de un país de Octubre, con gente y pensamientos de otoño, las gentes tan pronto salían de su trabajo buscaban un lugar donde preservar sus vidas, aquellos días extrañas muertes pasaban; sonrisas escarlatas en cadáveres jóvenes o manos tiesas en cenízaros rostros petrificados de horror, eso pasaba en aquellos días de un mes de octubre, aterrados de algo que ni la policía en toda su autoridad podía explicar más que una palabra: sicópatas, nadie tenía el valor averiguar la verdad sobre las misteriosas muertes, todos juraban que sus vidas valían algo aunque solo fuese para apretar teclas y cuentas.
Las horas pasaron y en la esquina Bradbury con Hoffmann se fue vaciando al mismo tiempo que una pesada neblina la tomaba; como una graciosa dama con un níveo manto o una fiera que se movía con lentos y elegantes movimientos depredadores, poco a poco iba cubriendo de vaporoso blanco la ciudad, solo dejando desnudas las cumbres de vidrio ante la húmeda y fría luz de la acuosa luna. La gente se encerró en sus casas suspirando aliviadas. Ahora están solas con sus familias y peores enemigos, unos se encerraron entre brillantes botellas, otros en carnales juegos y otros se veían ante el Gran Hermano que habitaba en el inmaterial ciberespacio, otros como Simbad y al viejo; llevando a cuestas traían el pesado trabajo de su oficina, otros con sus temores que los acosaban una y otra vez pero comunes en esta época y otros ante la su eterna compañera: la soledad.
En la calle la neblina era teñida de amarillo industrial emanado de los largos e indiferentes postes y seguía en su lenta marcha para expulsar aquellas miradas indiscretas que encontraba dispersa por ahí y por allá, al poco lo único que se aventuraba a traspasar por aquella misteriosa neblina eran unos cuantos automóviles semejante a escarabajos de brillantes colores que lanzaba frente a ellos unos eléctricos haces de luz que eran seguidos fielmente por mellizos de rojo brillante, al poco rato la esquina estuvo silenciosa como si Azrael fuese quien andaba marchando con aquella túnica inmaculada aplicando la fatal ley de la naturaleza. Los últimos sonidos permitidos fueron el suplicante maullido de un gato y el melancólico aullido de algún perro, luego silencio, hasta que a las tres de la mañana por una calle oriental se oía el acompasado paso de pies en tacones.
Frente a la relojería Drosselmeier una figura casi milenaria apareció: era una mujer de apariencia joven y al mismo tiempo antigua, abrigada en una grasienta y vieja gabardina del color del polvo, botas brillantes y de tacón de aguja, su rostro era tan pálido y frio que parecía casi cristalino como si no perteneciera a este mundo, se cubría la mitad de su rostro con una bufanda roja dejando al ver al mundo solo sus rasgados ojos negros y profundos llenos de melancolía y furia asesina.
Su cadavérica mano se metió en lo profundo de un bolsillo; se detuvo hasta que sus delgados dedos sintieron el duro mango de unas tijeras… empezó a acariciarlas, su suave y redondeado mango lacado, luego su afilado y duro acero, ella odiaba aquellas tijeras pero al mismo tiempo las quería eran lo único que le quedaban de lo que fue su vida; cuando cerraba sus ojos viajaba a una distinta época en donde el coloso de bronce meditaba y según tenía entendido lo seguía asiendo, de cortesanas de rostros blancos sonreían con negros dientes mientras leían con musicales voces Genji Monogatari, hombres vestidos de abigarrados colores y con los signos de sus señores paseándose con sus fuertes espadas esperando una orden, los chismes de la corte del shogun o las noticias que la derrota de la flota mongólica por los vientos de los dioses, esa era su vida antes y ahora se veían tan irreales que ni siquiera ella podía decir que realmente eso pasó, ¿alguna vez estuvo viva, tuvo un nombre, esas mujeres con adornos dorados en sus recogidos cabellos azabache, rostros blancos polvosos y labios de brillante rojo de veras alguna vez fueron seres de carne y hueso con los que mantuvo alguna relación social y al final: ¿qué era ella? Solo las tijeras le respondía con silencio y verdad lo que ella era poniéndola más lúgubre. Pero no pudo seguir pensando, por una calle occidental se oyó un sonido agudo e hiriente como el chillido de un animal herido, el había llegado… su noctámbula cita, otra figura espectral venia por la calle, una antropomórfica figura que remedaba a un humano de esos que trabajaban en las torres, venia tan sutil como una brisa, tan alto como delgado, sus largos brazos que caían inertes al lado de sus larguísimas piernas, todo su cuerpo asemejaba aquellos secos artrópodos que imitaban a una estéril rama seca, su huesuda, desnuda y blancuzca cabeza se movía en los más altos de sus hombros buscando alguien aunque parecía inútil al no tener un rostro… .
El hombre delgado se acercó lentamente hacia la mujer como si de repente se diese cuenta de su presencia, la mujer lo miró con desdén y todo el desprecio que tenía para él, se bajó la roja bufanda para mostrar su estática sonrisa escarlata-recuerdo de su esposo- y sacó las odiadas tijeras engrasadas en la sangre juvenil que su venganza castigaba despóticamente, la mujer de la sangrienta sonrisa se puso en guardia después de una cortés y protocolaria reverencia, mas por educación que por respeto, mientras que el delgado hombre sin rostro en lacónica actitud empezaba a mover cefalópodos miembros en espalda, lo antiguo y lo nuevo volvían a batallar… .
Aquel duelo había sido pactado unos días antes; la tensión siempre había existido pero aquella ocasión era insostenible: el hombre delgado sin rostro era el representante los nuevos, todos aquellos perros de sardónicas sonrisas, chicos pálidos asesinos de grasientos cabellos y malas ediciones fotográficas, de los cuadros malditos que incitaban al suicidio y la locura, a los personajes infantiles endemoniados con millares de episodios perdidos de historias de truculentas muertes de infantes y lágrimas negras y espesas, de aquellas muñecas de colas que asechaban en la noche esperando saciar su carnívora hambre.
Ella venia de parte de los perlados fantasmas que gemían y gritaban en éxtasis de dolor y angustia por la impotencia, de aquellas criaturas de las noches que regentaban la noche desde los tiempos inmemoriales, de las viscosas deidades que dormitaban esperando que las estrellas se sitúen en las fatales posiciones, de los señores de las pestes, muerte y ratas, de los tristes y rencoroso querubines que forjaron su palacio en el Orco, de los que habitan debajo de las tinieblas de las camas infantiles o sus roperos lamiéndose su bocazas llenas de afilados colmillos, uno y el otro se repudiaban, cada uno quería tener para ellos el imperio del temor.
Pero la rivalidad de aquellos dos era feroz, en las reuniones que se daban después del Hyakki yako la mujer de roja sonrisa acostumbraba exclamar agrias críticas a los nuevos pero se encarnizaba al delgado hombre:
-Solo es un miserable delgaducho que suele salir en fotografías y traumar a algunos mocosos sin importancia, incluso ni siquiera sale mal en esas foto ¡menudo inútil!- y sus colegas rompían en risa y brindaban por los nuevos, sus bufones. Por su parte, los nuevos miraban a los antiguos como eso: antiguos, llenos de obsoletos tópicos casi aristotélicos, llenos de reglamentos y debilidades, el delgado era silencioso pero se burlaba de la mujer pintando en su cabeza sin rostro una enorme línea roja y agitaba en sus manos una tijeras con ademanes ridículos y afectados como una vieja.
-Al menos yo tengo un rostro-mascullaba vanidosa la mujer sonriente al enterarse de eso, y así los insultos siguieron iguales por algún tiempo, inofensivos e infantiles pero solo por un breve tiempo… .
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El relato es una primera parte pero aun así me gustaría más comentarios, gracias y me despido.
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