Era una sala profunda y poco luminosa, un espacio frío y simple, seguramente, en un lugar alejado, porque el vehiculo debió tardar al menos dos horas en detenerse. A aquél desgraciado le habían puesto, a diferencia de otros, una venda en los ojos, y se lo habían llevado en una camilla, tan rápido como les fue posible mientras dormía, según los horarios convenidos con el acreedor. En la furgoneta eran tres y otros dos esperaban en la nave. Al llegar a la entrada volvieron a ponerse las máscaras por si despertaba, y todavía con la furgoneta arrancada procedieron a bajar la camilla. Uno de ellos, que llevaba una careta de caballo, se acercó al guardia que vigilaba la puerta y le preguntó si todo estaba dispuesto. Éste asintió y volvió rápidamente adentro, mientras hablaba con una mano por el Hualqui, y sujetaba con la otra la metralleta que llevaba colgada.
Ahora avanzaban por una especie de pasillo estrecho y, una vez recorrido éste, vinieron a salir de una garita situada en el extremo izquierdo de la sala rectangular, que era la sala principal . Sus pasos resonaban nerviosos y algo confusos. Todo es , como se habrá podido adivinar, de un tono lúgubre, y se escuchan incluso algunas goteras y otros sonidos propios del silencio tenso , clásico en estas situaciones. Las ratas chillaban y el eco de las goteras se mezclaba con el arrastrarse de los pies y roce de las ropas de los secuestradores.
De pronto se detuvieron y dejaron la camilla sobre el suelo frío. Entonces Z que era el mayor de los tres, ordenó mediante un gesto al guardia que diera las luces. Éste obedeció apremiante. Sonó un estruendo y de repente dos columnas de potentes focos alumbraron una especie de patíbulo atrezado con telas de terciopelo rojo riveteadas con hilo dorado. El espectáculo estaba a punto de comenzar. La víctima seguía en el suelo, probablemente soñando con chicas desnudas que de buen gusto le ofrecían sus cuerpos, e impetuosas le practicaban felaciones extraterrestres de dos en dos. Lástima que al despertar, la realidad fuese tan distinta, aunque, aún está por ver, si este individuo, débil y cobarde por naturaleza, será capaz de distinguir la vigila del sueño, o se dará por entero a la fantasía, en vista de las extrañas circunstancias en que pronto se verá implicado.
Los secuestradores , una vez dada la luz, procedieron a vestirse para la ocasión con pasmosa tranquilidad. Y. que era el más joven , había sacado de un armarito metálico adosado a la pared lateral de la nave, tres trajes de gala idénticos enfundados en delicados sacos de plástico, todos con el mismo sello estampado. Después de vestirse escondieron sus ropas negras y usadas en el pequeño armario metálico, y una vez terminada la operación, volvieron a reunirse los tres junto al cuerpo dormido. Aún faltaban los últimos detalles, antes de hacer pasar a los invitados.
Los tres hermanos, que aparte de oficio habían compartido infancia, se acercaron y el mayor, de aspecto más robusto, se dirigió a los otros dos como sigue, haciendo valer su autoridad natural :
- Bien, cuando de la señal, y sólo cuando de la señal- decía mientras dirigía la mirada casi exclusivamente a W.- Le inyectarás el transportador, y le pondrás la ropa inmediatamente.
Luego dirigiéndose al pequeño Y. dijo:
- Tu irás de inmediato al bar. Asegúrate de que los dos desalmados que contrataste estén haciendo su trabajo, y hazles pasar… a las y cuarto más o menos. Cuanto antes terminemos antes cobraremos.- y después de una pausa- Quiero un trabajo limpio y sin contratiempos, sin sangre. Conservad en todo momento los buenos modales y ceñíos siempre a vuestro papel, sin desmoronamientos ni gilipolleces ¿ Entendido?.
Ambos hermanos asintieron sin rechistar.
- Bien, caballeros, al tajo- sentenció Z.
Todo el mundo se puso a trabajar. W arrastró al indefenso durmiente a una sala situada justo detrás del suntuoso escenario, a la que accedió a través de una puerta de aluminio. La luz de la sala- una especie de almacén de medicinas, con estantes llenos de frascos con pegatinas de advertenca- era blanca y olía a hospital. No había ninguna ventana o apertura salvo el clásico conducto de ventilación en el techo, del que se desprendía un aire helado, necesario para la conservación de aquéllas peligrosas sustancias. W. miró el reloj.
Aún tendría unos minutos antes de que su hermano diera la señal
Aquél trabajo iba a ser más complicado que otros, no sólo por la gran infraestructura que requería , sino porque debía ser realizado con extrema exactitud. Todo debía funcionar de forma exacta, mecánica, o pronto se vendría abajo como un castillo de naipes. Con este pensamiento en la cabeza W. se agachó sobre la víctima para examinarlo más de cerca.
Sus rasgos eran de una extraña redondez angulosa. Su rostro, -pensó-, puro contraste: de un barroquismo voluptuoso y pedante, que sin embargo le confería algo exótico de curiosa extrañeza. Tenía las cejas muy pobladas y los pómulos coloreados por una incipiente barba, salpicada de algunas canas . De su boca abierta emanaban finos hilillos de baba transparente , cuya espuma se le iba resecando en las comisuras los labios finos y deformes .
Mientras lo miraba, W. recordó el día en que Z. le había entregado el informe de aquel tipo. Tenía un mal presentimiento con este trabajo. Hacia dos semanas que no se lo quitaba de la cabeza; como si algo bullera latente en todo el asunto, persiguiéndolo ,sutil pero implacablemente. Sintió un sudor frío. ¿ A santo de que tenía esa sensación tan extraña? ¿ Acaso no era él un profesional consumado, con experiencia en el negocio familiar?. Mentalmente repasó el informe. Jacinto Melossa, Varón, 34 años, graduado en ciencias políticas, actualmente en paro. Había tenido varias relaciones, en las que, después de el deslumbramiento de los primeros meses, sexo desenfrenado y palabras endulzadas con vino rosado, todas sus novias lo habían mandado a paseo, a tomar viento fresco, en vista de su clamorosa ineptitud, en casi cualquier ocupacón en la hubiera de valerse por sí mismo. Prácticamente no tenía posesiones, y después de terminar sus estudios ni siquiera llego a trabajar, salvo en alguna boda o comunion, como lavaplatos o camarero. Su padre había muerto, antes de que él cumpliese los dieciocho, y como la muerte de aquél resulto traumática para una de sus hermanas, les quedó una muy buena indemnización, , de la que toda la familia disponía para vivir sin molestarse demasiado los unos a los otros. Los informes psicológicos revelaban, además, que se trataba de una persona fácilmente influenciable, inestable, muy indecisa, frustrada , megalómana, mediocre y pusilánime: alguien triste. Un fracasado camaleónico capaz de mudar la piel constantemente, sin perder por ello un ápice de autenticidad, de cierto toque genuino, tantas veces aprovechado por humoristas nacionales, y también extranjeros. Nada en su historial parecía suponer un problema, y sin embargo…, W no podía evitar sentir, en modo alguno, esa espina en el pecho, que ahora, mientras miraba la cara de aquél pobre diablo, latía con un ímpetu especial.
Algo no va bien,- se dijo entonces- pero ya es demasiado tarde para presentimientos y corazonadas. Z está apunto de dar la señal.
W se levanta y prepara el líquido. Tras echar una ojeada a la nave a través de la puerta entreabierta, a dado dos rápidos golpecitos a la jeringuilla con su dedo corazón, y mira el reloj a la espera de la señal.
Suena el Hualqui. El hombre que duerme apenas a dado y respingo, apenas a cambiado de postura. W presiona sobre el pinchazo. Luego agarra de nuevo el Hualqui:
- Transbordador inyectado, corto.