¡Bienvenido/a!

Pareces nuevo por aquí. Si quieres participar, ¡pulsa uno de estos botones!

La oda del chivo

Sandra PantocratorSandra Pantocrator Gonzalo de Berceo s.XIII
editado abril 2014 en Terror
La oda del chivo. I

Poniendo un pie ante el otro, Velia aplastaba en breves saltos aquel lecho de hojas. Naranjas y amarillas, las muestras del otoño rodeaban a la joven. Caminaba desganada, elevando su mustia mirada verde hacia el techo celestial, aunque eran tristes nubes las que cubrían aquélla bóveda, cuando la muchacha buscaba encontrar algún astro capaz de abstraerla de su inapetencia.

Una vez al año, el padre de Velia y sus hermanos se encomendaban a la caza salvaje del bosque de Senpere, volviendo tras sus largas jornadas cargados con cervatillos y jabalíes como si de sacos se tratase, llamando triunfo a la ausencia más absoluta de peligro, a la triste premeditación de la muerte. No obstante, Velia procuraba disfrutar de los largos paseos por aquéllos parajes, no siendo fácil tarea alejarse del alboroto, de los aullidos indiscriminados de una manada de perros, de hombres. Pero aquel día muchas horas habían pasado, el ocaso llegaba y ella, levantando un poco su vestido, ya volvía al encuentro del grupo, brincando sobre los grandes robles caídos, cubiertos de musgo viejo y de incontables hongos, que bien podían haber sido sombreros de duendes minúsculos, o al menos eso se le antojaba a Velia cuando la muchacha, más torpe de lo que quería reconocer, tropezó con una raíz saliente.

La amplia falda del ropaje se enredó sobre ella al caer; solo había sufrido pequeños cortes en las manos, que contempló un instante, aliviada. Sin embargo, aún de rodillas, observó de forma fortuita una pequeña abertura en un árbol, cubierta solo parcialmente por tierra y follaje. Había nacido con la curiosidad característica que marcaba a los herederos de familias enriquecidas, aunque perteneciese ya a la tercera generación oficialmente ennoblecida. Como fuera, introdujo sus fino dedos en el agujero y palpó con sumo cuidado el fondo. Parecía que su intuición había fallado esta vez, pues nada encontró en aquel orificio, mas en un último intento, insertando el brazo hasta el mismo codo, notó algo frío en sus yemas.

En ese momento retiró la mano, de forma acelerada por el asombro. Pero dudó solo unos segundos antes de retomar la busca de aquel desconocido objeto, que irradiaba tan extraño frío, y pudo agarrar lo que a su parecer era un metal pesado. El corazón de Velia latía con furia cuando a la luz de la primera luna brilló aquélla alhaja, negra como la misma oscuridad, como la pupila insaciable de un alma en pena. Medía lo que la palma de su mano, formando un perfecto círculo; la tapa frontal era lisa y brillante, tanto que la muchacha podía contemplar su reflejo en ella. Justo entonces, cuando descubrió un cierre con forma de cofre, las trompetas sonaron a lo lejos... “Deben estar buscándome, ¿cuánto tiempo ha pasado?”

Volvió cuasi corriendo al encuentro de sus tíos, que con faz huraña reprochaban la tardanza de la doncella, causando ante todo preocupación en los presentes. Después de todo, demasiados eran los peligros del bosque, de la soledad. El padre, más contento que irritado ante el reencuentro con su hija, la abrazó, subiéndola al corcel. Cenaron aquélla noche en la ciudadela del señor de Sant Per d'Ibarra, entre el vino y los frutos de la caza. Velia, acostumbrada a aquéllos festines interminables se sentía inquieta, anhelante de subir al cuarto asignado y examinar con detenimiento aquélla joya que con ella se había llevado. Pocos platos de cebollas en crema y manzanas asadas soportó, hasta fingir malestar ante los convidados, una angustia prácticamente real por el ansia que sentía.

Veinte escalones después se encontraba en su alcoba, y al fin extrajo del bolsillo de su corpiño el recién adquirido tesoro. “Será un medallón, y en su interior albergará el retrato de dos amantes” fantaseaba la muchacha enamoradiza, mas al girar el cierre descubrió ante sí un reloj, de agujas inmóviles y severos números latinos, todos ellos de aquel color azabache, menos las largas líneas carmesíes que formaban la primera y última de las horas. Sintió un momento de desilusión al contemplar la ausencia de imágenes u escritos, y volteó de un lado a otro aquélla pieza cuando la llama de un cirio dejó entrever el relieve.

En la parte trasera del reloj pudo apreciar una única palabra, y aunque le eran familiares aquéllas letras -pues su padre se había mostrado predispuesto a adiestrarla en la lectura- no lograba descifrar el sentido de aquélla inscripción. “τραγῳδία”entonaba la negrura, pero nada le decía aquéllo a Velia.

Durmió abrazada al reloj, enredando la cuerda metálica entre sus dedos, temiendo que una de sus damiselas la descubriese en posesión de tan único objeto. En los días siguientes en ningún momento quiso separarse de él, de hecho, volvieron pronto ella y su padre al hogar familiar. El viaje estuvo marcado por el silencio de la joven, que con la mano izquierda se cubría un costado, pues allí era donde lo guardaba. Y en su mirada perdida el padre quiso ver las huellas de la melancolía adolescente, del aburrimiento juvenil. Meditó largo tiempo acerca de lo que podría hace feliz a su hija, y prometió un gran baile a Velia, que tendría lugar muy poco después de su llegada.

¡Ah! ¡Pero qué podía importarle un baile! Solo necesitaba contemplar el bellísimo reloj negro, colgarlo de su cuello desnudo en las noches cálidas, tumbar el mineral moldeado sobre sus nacientes pechos y sentir el frío que calaba las entrañas, el corazón. Oh sí...lo amaba. Sentía que tenía bajo su potestad el mayor de los secretos, y que nadie más que ella osaría tocarlo. Al simple pensamiento su alma se llenaba de furia, y apretaba con más recelo el exterior atezado. Mas, como tan obsesivo comportamiento no podía pasar desapercibido por sus sirvientas y el amplio cortejo que solía preservar su padre en la ciudadela, las preguntas comenzaron a acosarla.

-¿No habrás, hija mía, conocido a algún muchacho que pudiese haberte injuriado? -preguntaba el señor, enrojecido ante el horror de que sus sospechas fuesen ciertas, pero Velia negaba indignada con la cabeza.

-Sigo siendo tan pura como el día que llegué al mundo -quiso levantar la voz, pero el temor al castigo la detuvo. Las lágrimas de su padre se agolparon y sintió una primera punzada en su interior.

-Ninguna sonrisa he visto sobre tus labios desde hace tanto tiempo, que parezco haber perdido a mi dulce Velia. Comes menos que un anciano y tu suaves rizos dorados parecen cada día más apagados -cayó de rodillas- ¿Qué te ocurre, mi querida niña? ¿¡Qué puedo hacer!?

La joven, cuya delgadez comenzaba a apreciarse en sus hermosos pómulos, se acercó al hombre derrotado ante el desconocimiento, y besó la frente de su padre. Prometióle un mejor comportamiento, y robando un pastelillo almendrado de las cocinas, arrebató una exhalación de felicidad al señor, que había criado en soledad a la niña que perdía.

De hecho, la misma Velia comenzaba a inquietarse. ¿Era normal el ferviente amor que había desarrollado cara aquel reloj oscuro, averiado? Separarse de él era demasiado doloroso, así que decidió al menos dormir alejada de sus gruesa cuerda; abrazarse a la calidez de sus cojines ante el temor del inconsciente ... que alguien encontrase su tesoro. Lo escondió en su baúl, situado a los pies del lecho, envuelto en un fino paño bermejo, cuidando la comodidad de lo inerte.

Tendida bajo las sábanas de ganso y las pieles salvajes, notaba entrar en su cuerpo el canto de Morfeo, el sueño más grato que había experimentado en los últimos tiempos, aún agitada por la separación. Logró cerrar los ojos, en un suspiro de placer, esperando la llegada del alba.

Mas de pronto... un sonido abrió sus párpados de forma brutal, desgarradora. ¿Qué eran aquéllos fragores que a cada segundo perforaban el oído? Golpe tras golpe, el sonido era incesante. Intentó distinguir en la oscuridad algún elemento que pudiese ser origen de tan horripilante clamor. Con los restos de la lumbre pudo prender una vela, e iluminada la estancia, un pensamiento la llenó de terror.

Corrió al baúl y extrajo el reloj de su funda. “¡Dios todopoderoso!” quiso exclamar, pero su voz quebró al sentir la vibración del objeto en su mano, así, presionando el cierre pudo ver el interior. Tres agujas. Una de ellas se movía...por vez primera, tenaz al son de los segundos, provocando el estruendo que parecía destrozarle los tímpanos. Era medianoche, la única cifra roja brillaba con una intensidad turbadora. Sus ojos se llenaron de lágrimas ante el dolor, y el minutero también se movía. Aquel “tic tac” era una risa endemoniada, el llanto del purgatorio, los gritos de algún condenado. No...no sabía de qué se trataba tan vil juego, pero necesitaba que parase. Alguien podría entrar en su cuarto atraída por el deplorable ruido, toda la ciudadela acabaría despertando y nada justificaría la posesión del execrable reloj.

Comentarios

  • Sandra PantocratorSandra Pantocrator Gonzalo de Berceo s.XIII
    editado agosto 2013
    La oda del chivo. II

    Cada instante parecía reflejar el peso de la eternidad. Buscó infructuosamente algún engranaje, algún mecanismo capaz de detener la ira de aquélla oscuridad. Intentó, de hecho, golpear el objeto tan adorado hacía pocos minutos, abrirlo, destrozarlo. Pero era su exterior impenetrable, y ninguna fuerza humana podría haber deshecho las soldaduras de aquel mal. Exhausta y cediendo al delirio, la joven se entregó al llanto y su damisela mayor golpeó con fuerzas la puerta de su alcoba.

    -Madamme, ¿se encuentra bien? - Velia decidió confesar, compartir su sufrimiento... Necesitaba ayuda.

    Sin embargo, al abrir la puerta para recibir a su sirvienta, ésta la interrogó preocupada acerca del origen de su pena. “¿¡Es que no escucha la voz del diablo en cada pulsación!?” La palidez cubrió su faz, ningún gesto de padecer en la lozana damisela. Velia se tumbó sobre el lecho.

    -¡Vete! ¡Lárgate! -chilló, exasperada, quedándose nuevamente a solas en su cuarto.

    El látigo sonoro permanecía inalterable, de cuando en vez un nuevo sonido brotaba de la monotonía del padecimiento. Lo miró, con el odio y el terror en sus ojos; solo veinte minutos habían pasado desde el brote de aquélla enajenación. Fue entonces cuando descubrió que el relieve al que tan poca atención había prestado en un pasado, se había ahondado, y lucía con más vehemencia sobre la tapa trasera del reloj. “τραγῳδία” ¿Qué demonios significaba aquel epígrafe? La muchacha no veía más razón que intentar, a toda costa, averiguar el mensaje que albergaba tal palabra. Asomó su bello cráneo por la ventana, impactada por el frío ya invernal sus mejillas se tornaron rosadas. “Es el único lugar” Vistióse con presteza, los abrigos la cubrieron. Procuró que sus pasos no se escucharan por los solitarios pasillos, ni que los chirridos de las puertas pudiesen llamar la atención. Al fin, con el abrumador sonido en sus tímpanos, llegó al establo donde montó su rocín grisáceo, cuyo nombre era Regno.

    El galope acelerado agitaba el cuerpo tembloroso de Velia, el sueño la había abandonado y seguía emanando tristes lágrimas, por el pavor, por el viento. Regno conocía con certeza los caminos que llevaban a Mouguerre, donde residía el único de sus tíos que gozaba de una amplia biblioteca. Con el tiempo, ella había llegado a la conclusión de que aquel alfabeto debía ser una lengua antigua pero cercana, y estaba bastante segura de que era una palabra griega lo que tanto la asustaba. No obstante, el camino era largo, y a lomos del corcel el sonido del reloj que albergaba entre sus faldas, seguía desquiciándola. El mismo caballo percibía su lúgubre ánimo, corriendo como jamás lo hubiese sospechado su dueña.

    Aquélla noche la luna cegaba las estrellas con su fulgor. Los campos de cereal ondeaban a las veras del camino, ningún animal escuchaba Velia. Pues en su pensamiento solo había lugar para la muerte, que parecía avecinarse con el movimiento de la manilla corta, que a cada hora emitía una nueva y más lastimosa exhalación. Tres veces tuvo que soportarlo antes de llegar a su destino, Regno respiraba con dificultad, pero era ella quien más temblaba ante el presentimiento de la verdad.

    Se encontraba ante la mansión de su tío, habiendo dejado al caballo a buena distancia para evitar el escandaloso ladrar de los perros; buscando alguna manera de introducirse en el hogar sin despertar -no teniendo ningún tipo de explicación racional- a su familiar a horas tan inapropiadas. Tras varias vueltas tuvo la buena ventura de encontrar un pequeño hueco entreabierto en uno de los ventanales. Poco esfuerzo le costó encontrarse, al fin, bajo el cálido techo de aquel salón oscuro. Los restos de un fuego chisporroteaban agonizantes, y vio que ya se encontraba en la biblioteca tan buscada. Apenas podía distinguir los lomos de las obras que apiladas a cientos dormían plácidamente en los estantes. No encontrando, ni a tientas, velas que podrían iluminar la estancia, hasta que dio con una pequeña lamparilla de aceite.

    Recorrió con el candil en su mano derecha, y el reloj palpitante en la izquierda, las amplias repisas de libros. Todo ejemplar que estudiante del trivium y quadrivium pudiese ansiar se encontraba entre aquéllas paredes, pero su locura aumentaba a medida que no encontraba lo ansiado. No fue hasta el sexto chillido de aquel depravado medidor del tiempo, cuando tuvo ante sí un grueso manual acerca de la literatura y lengua del griego clásico. Una sonrisa ya demente se adueñó de Velia al pasar con rapidez las delgadas hojas de papel.

    “τραγῳδία”... Ahí estaba. Tragodia. Todos conocemos las tradiciones del teatro antiguo, que tanta fama albergó incluso tras siglos de su extinción. Siguió leyendo... La etimología estaba clara: nació de la unión de “τράγος” y “ᾠδή”. Dejó caer el reloj... Su vello erizado le provocó frío, o quizás fuera al revés. Acurrucada junto al carbón extinguido del fogón, murmuraba “Me estoy equivocando... En ningún caso se puede tratar de … él”. El reloj sobre el suelo brillaba, aún sin tener cerca ninguna fuente que le concediese aquel centelleo sobrenatural. Velia se había dado cuenta de que la inscripción había ahondado aún más su peso en la materia de aquel objeto. Poco a poco el cielo exterior clareaba. Sabía que pronto los sirvientes comenzarían con los preparativos del desayuno, el cuidado de la casa... Pero ¿a dónde podía ir? No tenía fuerza para volver junto a padre, sus huesos y músculos seguían magullados por los vaivenes de Regno, y el cansancio era tanto, que ganaba terreno al nerviosismo y al desasosiego.

    No supo exactamente cuánto tiempo había cerrado los ojos, cuanto ante ella apareció la figura perpleja de su tío. Pues ante él tenía a la muchacha pálida y hermosa como las ninfas de poetas desdichados. Le tocó el hombro, y Velia entreabrió los párpados de forma violenta. El sonido volvió a ella como el hambre y la sed torturan al vivo.

    -¿Dónde está? -chilló, confusa.

    -¿Quién, dulce sobrina? ¿Se puede saber qué haces aquí?

    Quizás por instinto, por la poca racionalidad que seguía conservando, calló esta vez, y un rugido feroz salió de sus entrañas.

    -He mandado que te preparen un almuerzo, aunque ya no sean horas.

    La muchacha palideció más, si cabe. No llevaba el reloj encima, de hecho, lo podía ver aún bajo la mesa del escritorio, más dañino y oscuro que nunca. Acompañó a su tío al comedor, donde la esperaban aves bien aderezadas y sopas que probó con recelo, mas pronto el calor la invadió gracias a aquéllos brebajes. Explicó a su tío que quiso fugarse de casa, que se había enamorado de un doncel al cual su padre no consentía, y brotaron de ella los llantos que había ocultado. Oh...seguía escuchando la melodía rítmica y sangrante. No era difícil creerle, pues su aspecto reflejaba la agonía.
  • Sandra PantocratorSandra Pantocrator Gonzalo de Berceo s.XIII
    editado agosto 2013
    La oda del chivo. III FIN

    Cuando vio la oportunidad, se excusó un instante, volviendo a la biblioteca a por aquel objeto, que parecía producto del mismísimo averno. Si bien había tenido cuidado, esta vez su tío, desconfiado, la había seguido. Al girarse Velia, ya con el reloj en su mano, el hombre de pelo canoso y grandes lentes se encontraba a su lado.

    -¿Qué guardas en la mano? -instigó.

    -Nada -sus labios temblaban, y de su manga colgaba la cuerda sombría de aquel reloj.

    -Si es lo que creo que es... debes dármelo ahora mismo – Velia se sorprendió ante las palabras de su tío, aunque más impactante era, si cabe, la expresión de sus ojos exorbitantes y la lividez que se apoderó también del hombre.

    -No... tío... ¿Sabes tú lo que significa tragos? -había formulado aquella pregunta sin prever la reacción del hombre, que se abalanzó sobre la joven, intentando despojarla del reloj.

    -¡Suéltalo, por Dios! ¿Está latiendo? ¡Dime que no está latiendo!

    Velia pudo deshacerse del abrazo, desgarrando su vestimenta, saliendo de la mansión a gran velocidad. El tío, que había recientemente cumplido los 60 años, apenas pudo seguirla unos cientos de metros hasta caer, vencido. Alrededor de aquel lugar el bosque crecía denso y aunque poco después los perros fueron enviados a por la joven, ella corrió durante mucho tiempo hasta caer también ella, en un desmayo causado por la fatiga y la conmoción de estos sucesos, que para ella habían perdido toda lógica posible.

    Cuando recuperó el conocimiento, sus labios y el rubio cabello se encontraban totalmente mojados. Llovía con intensidad y la tierra en forma de barro había cubierto a la muchacha, que se irguió aturdida. Miró a su alrededor y lo único que cubría su visión eran árboles y una niebla que se extendía a lo lejos. La humedad había entrado en sus huesos y tiritaba. Entonces gritó, como si alguien hubiese extirpado sus vísceras. “Sigue ahí...¡sigue ahí!”

    Apenas se atrevió a palpar su vestido en búsqueda del reloj, mas pronto estaba otra vez en su palma, más frío que nunca, y al abrirlo...la muchacha cayó de rodillas, salpicando el fango su rostro, el largo cuello, las blancas manos. Era tarde, tanto que el anochecer pronto la sorprendería, quedando solo unas horas para el más terrible de sus tormentos. “No vendrá...no vendrán a por mi.” Se decía Velia, contemplando el “XII” que como un hierro candente adquiría tonos más hirientes. “Quizás esté simplemente loca, y todo esto sea una quimera, un producto de mi desgraciada imaginación” Las lágrimas ya no fluían. “No puedo saber lo que pasará...igual...ni siquiera ocurra nada y todos mis miedos son estúpidos...¡Sí, estúpidos como yo!”

    Velia tenía solo dieciséis años cuando la luna tomó posesión de aquella noche. Había andado de un lado a otro después de despertar, intentando reencontrar el camino que llevaba a casa de su tío, que parecía tener algún conocimiento de esta triste representación. Por lástima, se encontraba irremediablemente perdida en aquel bosque ya nocturno. Intentó deshacerse del reloj, tirándolo al suelo, salir corriendo... Pero por más que se alejase, a cada segundo un nuevo grito llenaba su cráneo, y volvió a por aquel macabro obsequio del destino, para saber al menos qué minuto temer.

    Al fin, sus pies sangrientos dejaron a la muchacha sin más remedio que esperar lo inevitable. Tomó asiento en un claro, elevado en mitad del bosque. Aquéllo le provocó una triste última sonrisa, pues su nombre significaba “alto paraje”, identificando los lugares sagrados propicios para construir los templos a los dioses paganos. Quizás por ello comenzó a rezar, de forma compulsiva, sin pedir más que la salvación, la ausencia del dolor. Pero el tiempo...huía.

    Tras los tormentos de la locura, la desesperación de la Fe y los últimos intentos de aferrarse a la razón, todas las agujas se detuvieron. “XII” chilló la medianoche. El reloj se volvió magma entre sus manos, y el mayor de sus temores se hizo realidad.

    Era una sombra, mayor que cualquier hombre, y de su cara brotaban dos cuernos largos y afilados. Sus piernas eran gruesas, los pies no eran tales. Por que él era el tragos, y entre sus pezuñas guardaba una flauta de lava. Cuando su boca, que no era más que un agujero a la nada, entonó la primera nota, Velia creyó morir. La melodía estaba descuartizándola desde dentro, estaba quemando sus pulmones, mordiendo sus órganos. Ciertamente quiso morir.

    Pero el tragos... el macho cabrío, cantó “Baila, baila”. Y ante sus antinaturales órdenes Velia se levantó. Ahora, sus extremidades se movían siguiendo la melodía del demonio, desapareciendo ligeramente la sensación de la muerte. Pero bailaba..oh...tanto que sus tobillos y muñecas se habían torcido, y sus uñas purulentas se introducían en la carne. “Solo puedes salvarte si bailas”, su cántico era la voz de la náusea, la putrefacción y de la peste.

    Su cuerpecillo era una bolsa de sangre cuando se rindió, la flauta del chivo seguía sonando, pero ella yacía sobre el suelo, al lado del reloj de fuego y oscuridad, que iba templándose, poco a poco. Vio que ni un minuto había pasado desde la medianoche, como si el tiempo se hubiese detenido para ver de cerca su castigo.

    Entonces, aquel ser se acercó a Velia, arrancando su corazón. Un instante lo mostró a ojos de la muchacha, antes de que se apagase la luz de su vida. En una reverencia, se despidió del cadáver y cien demonios aplaudieron desde los árboles, tirando brazos y piernas al escenario de tan suculenta obra. El chivo, jubiloso, reiteró su genuflexión y ante el alboroto, se despidió del público, levantando sus largas miembros, el corazón de Velia, y diciendo: “Catarsis, catarsis, catarsis”.
  • amparo bonillaamparo bonilla Bibliotecari@
    editado agosto 2013
    Que forma de purificar a la pobre Velia:eek::eek:
  • SuinaSuina Garcilaso de la Vega XVI
    editado septiembre 2013
    Solo he leido la Oda del Chivo I, es demasiado denso para leerlo de golpe, lo dejo para futuras lecturas, no me gusta hacerlo en vuela ojos, sino con calma y tiempo.

    No me parece un acierto que lo hayas etiquetado en "terror", es misterioso, oscuro, pero no terrorífico.Alta literatura de misterio.

    Parece que cuentas sobre una cacería en el medievo Galo, en esos bosques mágicos y algo tétricos. También se me escapa el concepto del chivo, así que desde el título ya empiezo con una incomprensión cultural.
    Sin embargo, y si me dejo llevar por tu oda…solo veo a una joven llamada Velia, algo triste y predestinada a oscuros acontecimiento s en un bosque anaranjado y amarillo, donde el musgo y los hongos son el escenario perfecto para contar sobre una escena, no sé si de terror…pero sí que el drama ( me gusta más esta palabra en el contexto de tu historia), está presente.

    Buena escenificación.

    Utiliza sléxico, palabras y colores adecuados en el contorno dle bosque.
    Peligro, muerte, aullidos, ocaso, hongos, musgos, raíces…misterio y magia, porque tu relato me empezó a interesar desde el encuentro del objeto de metal pulido, negro azabache , frío, brillante, rojo vivo.

    La música que le iría genial a este relato (entre el misterio y el medievo), sería “The Mustic Drean, de Loreena McKennitt ( la estoy escuchando ahora).

    Por lo demás, Sandra, ¿Qué decirte?, que tienes un vocabulario amplio, incides en el verbo, conocimiento de causa, sentido del drama, resulta fácil ver a Velia en su castillo mediaval, y el misterio que la envuelve.

    Otro dia leeré II, y III.
  • JockercytoJockercyto Gonzalo de Berceo s.XIII
    editado septiembre 2013
    A mi me ha gustado.

    Puede ser terror perfectamente. El género de terror tiene subgéneros.

    Hacía tiempo que no entraba por aquí. volveré a hacerlo

    Ánimo!!!!!
    un Saludos a todos.
  • remedios14remedios14 Pedro Abad s.XII
    editado febrero 2014
    Me ha gustado. Sabes emplear los elementos necesarios para describir el tema y "enganchar" al lector.
  • remedios14remedios14 Pedro Abad s.XII
    editado abril 2014
    Me ha gustado, Sandra. Muy bueno.
Accede o Regístrate para comentar.


Para entrar en contacto con nosotros escríbenos a informa (arroba) forodeliteratura.com