I
Perderse, solitario, de mañana, como hace el peregrino por los montes; dejarse conducir por los senderos minúsculos que cruzan las aldeas; buscar, tras la fatiga, nuevas fuentes, y refrescar la sed del caminante; amar cada rincón, en el camino y hablar con los labriegos de la zona… Incluso en el verano es fascinante correr por los villorrios, las comarcas, y ver el verde en todos los lugares: los prados, la arboleda, los rincones que habitan, todavía, gentes buenas, sencillas como el medio en el que viven, humildes pero dignas, que, aunque, pobres, defienden diariamente su trabajo.
II
Al lado del camino, entre los árboles, cansada de las horas solitarias, la ermita de San Roque nos sorprende, dichosa en su reposo matutino. No lejos, encontramos La Formiga, lugar que da licencia a nuestros ojos y deja que se escape la mirada buscando, en las distancias, viejos mares. Las cuestas empinadas del concejo, que, ascienden, repentinas, las colinas, y muestran panorámicas hermosas, permiten divisar, desde la altura, la anchura de las aguas de los mares, su azul intenso, en días de verano, los tonos blanquecinos donde rompen las olas con su estrépito violento.
III
Y es bello detenerse unos minutos y con templar los brillos que dibujan los mágicos pinceles luminosos que trae la luz del sol hasta sus reinos, mientras la brisa corre los espacios, prestando alivio al fuego del estío, como una golondrina que se agita, cruzando el aire, rápida en su vuelo. No quiere el alba, llena de frescura, lanzarse a las alturas con violencia y ahogar estos paisajes olvidados, incluso si el agosto va mediado, mas va corriendo, alegre, la mañana y el sol aprieta, alzándose inclemente, mostrando su linaje corajudo, su cruel desinterés con quien camina.
IV
Después, al descender al otro lado, mirando tierras bellas y frondosas, se vuelve descansado el ejercicio, y, al dar la última curva, viejos árboles refrescan el lugar con sombras dulces en estas soledades apartadas que roza el aire, casi como un beso, jugando con las hojas, atrevido. Es un rincón idílico y callado, que, casi al pie del monte, les da abrigo, sincera protección, a los labriegos que allí tienen sus casas, no muy lejos del túnel, donde tiene su salida, si va rumbo a Gijón, si se acelera, corriendo por las vías, como antaño, llevando a los viajeros a otros pueblos.
V
A un lado se divisa ya Coyanca, y al otro está Perán, con la bahía. Recuerdo que, de niño, allí solíamos pescar cangrejos verdes los amigos, y que las horas iban esparciendo sus pasos, que perdiéndose, sin prisa, volaban sin conciencia, porque, entonces, jamás nos preocupábamos del tiempo. El golfo de Perán, playa de arena, de piedras y de musgos, donde suelen armar sus algaradas las gaviotas, si quieren revolver, con sus graznidos ese remanso, lleno de sosiego que quiere el mar, si canta sus arrullos, con el vaivén callado de las olas que mueren donde muere el río Espasa.
2013 © José Ramón Muñiz Álvarez
Comentarios
Y un enorme arsenal de vocabulario.
Por poner alguna pega, te diré que me parece que abusas de la subordinada, lo que provoca que la lectura sea algo accidentada e incómoda. Más allá de eso, el escrito está perfecto.