El tiempo avanza
y de matarme nunca se cansa,
congelándome,
estrangulándome,
dominándome...
ejerciendo sobre mi mente su burda influencia,
llevándola al lecho de su noble moriencia...
Y mi cuerpo,
que poco a poco se marchita,
se inunda de inmundicia,
¿Qué paso con esa inteligencia crediticia?
Atrás quedó ella,
presa del destino,
quien confiado ante el resultado,
vio fallido su tino...
Ahora no es más que una fuente de llantos,
un viviente retrato del desatino.