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Fantasía para Cardenal y Alien.

editado diciembre 2012 en Ciencia Ficción
Fantasía para Cardenal y Alien.

Como una fantasía de voraces navajas, los Alienes de plata, mulatos de cuchillo y lagarto, injertos de níquel y araña, devoraban un cacho de carne arrancado de las tripas de una vaca. Un violín frenético de tanto chirriar perdió una cuerda hiriendo al demente músico en un pellizco de granate.. Los brillantes tiburones, dobles maxilas espantosas, destrozaban el hueso y la pulpa, feroces y combatiendo entre ellos, brillantes como espuelas salvajes. Un caballo era desollado por frenéticas espadas, mordeduras de estaño y calamina. La flauta era dulce como la granadina, y el acordeón, ronroneante, azucarado, gris, y templado, ligeramente triste. Platerías mostraban un género en las estanterías de apocalípticos filos, híbridos de luna y cocodrilo, lagartos rabiosos de platas enfurecidos y esmerilados relumbres. Alacranes de acero, fríos y terribles, dobles en su boca, arcángeles de divinos infiernos, espejismos de platino y orilla. Acordes de siniestros relámpagos, divinos, estridentes, melódicos de bisectrices, triangulados por esquizofrénicos yonquies. Pasaba el Cardenal de nácar, con su traje de seda blanco, refulgente como las tapas de una Biblia de carey. Solemne como un coral lascivo, de mármol puro, hierático en impasible, pavoroso, severo, rígido, frío y selvático, soberbio, tal un selénico príncipe de la luna. A sus pies los enfurecidos gatitos, mansos como las arpas bien tocadas, insomnes de ginebra neutrónica. Llevaba el Arzobispo Papal en su dedo un anillo negro, y la noche se asomaba a ese espejo curvo, desnuda y en trance igual a una virgen ciega en su noche de bodas. Múltiples espejos se reflejaban los unos a los otros, y los alacranes de plata bailaban una mazurca de pianos añiles, azules marinos, o celestes, bajo la obediencia debida a la seda nacarada, ropaje majestuoso de proyectos de bombilidos cocidos en ollas de cobre hirviendo. Refulgía la seda lívida como un abanico entre cuchillas, pero en el dedo, en el anillo negro y rabioso, las amanitas sádicas vivían una apoteosis de veneno. Los gatitos bailaban una polonesa de contornos azules y exageraciones violetas. Eran las interferencias disonantes y los timbres amarillos, y un rencor acompañaba a los alacranes de plata, venenosos cual dientes de víboras. Las panteras, brillantes como una estela, engendros mixtos de guepardo y fluorescente, seguían con una obediencia paroxística a su dueño de seda imperial. Y era como si la hidropesía obedeciera a la hiperdulía, y el filo obedeciera al brillo.
Las brillantes clepsidras tenían la linfa de ácido negro, brea asquerosa, destilada gota a gota en noches de luna llena, fulgentes y lívidas y llenas de hielo. Y era ácida y ponzoñosa, y dañina, con aristas de ortigas fúnebres crecidas en cementerios de sombras estánnicas. La Vestidura de carey en su majestad lunar domaba como un valiente Monje guerrero a las soberbias dismorfobias de espanto. Y en el anillo negro, las bocas de los leones se reflejaban, caleidoscópicas y dobles, ocultando la ira de las amanitas. Los vasos estaban llenos de cicutas mordientes, efervescentes de amarillos y añiles, amargas hasta el vómito, o ácidas hasta el estrago, ocultas en dosis de café o zumos de limón. Híbridas de deleite e hipocresía, disfrazadas de bondadosas, y salvajes como tiburones.
Las panteras obedecían al domador, la orquesta seguía al director con un rigidez de cadavéricos éxtasis. La luna esmaltada de seda tenía a su alrededor alacranes diamantinos, perfectos en su demencia de horror. Y los irises nunca fueron tan negros, y tan blancos, tan llenos de deformes exuberancias, paupérrimas de suaves y amables tonos.
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Francisco Antonio Ruiz Caballero.
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