Extinto de la última batalla
el fragor lacerante y pavoroso,
guío mis pies al lecho blandicioso
donde tu dulce corazón se halla.
Quiero que allí tus manos de anafalla
rasguen la piel del aire candoroso
y me retiren el morrión añoso
allende de la incómoda gramalla.
Que tus labios sensuales y pulidos
sequen después el mar de mis heridas
con un turbión de besos encendidos.
Y, al fin, que sus esencias distinguidas
viertan en cada cual de mis sentidos
tus hebras harmoniosas y floridas.
Comentarios
Saludos.
Mi enhorabuena, Littera. Confieso que este soneto "no es de este mundo", pero es bueno. Rescatas un lenguaje en desuso, algo "retro", pero con encanto. Creo que hay pocas personas capaces de incorporar en sus poemas un vocabulario así.
Tiene gracia una foto moderna ilustrando este soneto tan clásico.
Saludos.