Venga, impelida por el frío viento,
al punto la mayor de las tormentas
que en cien centurias crueles y violentas
haya visto el humano entendimiento.
Recubra de negror el firmamento,
abra sus fauces ríspidas y hambrientas
y origine en las aguas turbulentas
un trepidante y rudo movimiento.
Venga, y extinga la menuda llama
que en mi pecho llagado y afligido
exhala una lumbre desvaída:
pues, como quier que el vuestro no me ama,
ya para mí carece de sentido
temer la muerte y abrazar la vida.
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