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Verdades

la marla mar Pedro Abad s.XII
editado julio 2012 en Narrativa
Un fragmento de una novela inacabada que espero retomar algún día. Ni siquiera tiene título, lo de "Verdades" es por poner algo...

La verdad, como si fuera tan fácil descifrarla, ¿qué verdad quieres?, ¿la mía?, ¿la tuya?... La verdad de lo que pasó o de lo que querríamos que hubiera pasado, la verdad que sueño o la que recuerdo y a veces es tan difícil recordar. Es como si los recuerdos huyeran de mi cabeza despacio y sólo un aroma, un sonido, un pequeño fragmento de imagen pudiera hacerlos regresar. Puede que esté perdiendo el juicio o puede que mis sentidos se estén enturbiando poco a poco y muy pronto no quede de mí más que una brizna del hombre que he sido. Y tú sigues pidiéndome la verdad, no hay más verdad que la que vieron mis ojos y que ahora se esconde entre las sombras de mis recuerdos fugitivos. Atraviesas mi mirada con la tuya revolviéndome el cerebro en busca de esa verdad que supones escondida dentro de mí, bajo un amasijo de mentiras ahogadas durante años sin remedio.

Te miro y me dice el corazón que mis ojos me engañan y me extraña porque jamás hablé con mi corazón, jamás le escuché, nunca le entendí. Pero a pesar de la duda te miro y sé que sería capaz de hacer cualquier cosa por ti. Que caería rendido a tus pies y tú lo sabes, maldito diablo vestido de diosa, lo sabes... Me descubres tu mirada azul, cegadora y malévola y pronuncias mi nombre con esa sutileza que me deja embobado y sin aliento. Tu presencia me estremece y me gusta y mis sentidos me piden que me abalance sobre ti y te bese toda entera como si de repente se hubiesen puesto de acuerdo y me arañasen la piel suplicándome que te haga mía. Y a mi mente enferma y perversa le da por imaginarse las escenas más tórridas y pornográficas que jamás he vivido con una mujer. Soy impulsivo por naturaleza y de un modo u otro mi instinto animal siempre acaba por revelarse, no puedo seguir reprimiéndome y saboreo tu fragancia hasta embriagarme de placer. Mi único propósito es que tus labios se confundan con los míos en un interminable beso pero tú no estás dispuesta a regalarme la boca, nunca lo estás, sólo te interesa saber la verdad.

La verdad..., la verdad es que nunca debes fiarte de una mujer que se te come con la mirada y mucho menos de una que exhala belleza por todos los poros de la piel. Mis manos ambicionan tus senos, mi boca tu cuello pero mi cuerpo se resiste a llevar a término el más leve movimiento. Imposible acercarme a ti, imposible respirarte, probarte, sentirte... Tu sonrisa maliciosa invade mi alma mientras va asestando mordiscos a mi cerebro y me recuerda que no podré besarte, ni tenerte, ni hacerte mía hasta que no arranque de mi mente esa estúpida verdad y me muestre plenamente consciente de ella. Pero aún no has aprendido que la verdad no es más que una monstruosa falacia. La tuya tiene nombre y apellidos, la mía es tu reflejo, tu sombra, tu desvarío...

Y porque mi afán puede más que mi mente empiezo a desgranar el recuerdo, secuencia a secuencia y me encuentro acariciando las curvas de aquel piano, la superficie negra y resbaladiza. Deslizando mis dedos suavemente por cada una de las teclas como quien degusta por primera vez el rincón más íntimo de una mujer. Ningún aprendiz de pianista dispuesto a tocarlo y yo deseando poseerlo, arrancarle el corazón, atravesarle el alma con la brutalidad de un bárbaro, como una fiera salvaje que no entendiera otra forma de amar. Sentir su piel de ébano fría y reluciente bajo mis manos, el pulso acelerado como una virgen asustada pero llena de deseo, la sangre hirviéndole en el interior de las cuerdas. Pero el recuerdo se confunde y me traiciona y me muestra con detalle tu verdad, la que nunca quise admitir y que ahora me persigue tenaz e imperturbable. Y te reconozco en forma de mujer como siempre te imaginé mientras vuelves a trasladarme a través del tiempo haciéndome brotar nuevas emociones. Se mezclan tus notas arrítmicas y vacuas con los sonidos de la noche y perturban mi descanso. Jamás volveré a tocarte, esa es mi verdad. Sólo en la oscuridad, mentalmente, me acompañas durante las largas horas en las que no puedo conciliar el sueño y no necesito partitura ni instrumento ni el escenario de un teatro. La notas pasan por delante de mis ojos claras y vaporosas y mi cabeza las convierte en sonidos inimaginablemente perfectos. Y lo comprendo, finalmente tu feminidad convertida en música, esa es tu verdad, todo un sinfín de melodías enlazándose las unas con las otras en una interminable cadena de musicalidad absolutamente magistral, maravillosa, que nunca podré volver a saborear. Mi verdad llega con el día, el piano dormido en un rincón de la sala y yo sin atreverme a tocarlo por miedo a que mis dedos sean devorados por las teclas, a que se revele y tome la iniciativa, a que se convierta en su propio intérprete y lo haga mejor que yo. Por miedo a no recordar como debo tocarlo...

Tu verdad es tu esencia, la mía es el miedo que se esconde detrás de mis orejas, que me ata de pies y manos y del que no puedo huir. El miedo inútil y sin sentido que me invade y me supera, me aniquila y me conduce una vez más directo al desastre. Un hombre no puede vivir con miedo y tú lo sabes, condenada tentación disfrazada de hermosura a la que tantas veces adoré, sabes que mi vanidad no permitiría otro fracaso y aun así me empujas a descubrir la verdad, la tuya, la mía... qué importa si ya aprendí que imaginarte mujer no es suficiente. Que no lo es desearte, amarte, idolatrarte, confundirme contigo y hacerte mía, cuando la magia desaparece. Cuando sales fría de entre mis dedos en una amarga desesperación de notas vacías y sin espíritu resbalando por las paredes sin dejar huella, cuando no eres más que un engaño y yo me dejo embaucar. No es suficiente vivir por ti, esa es tu verdad, la mía es el fin...

Y me entrego a ti en un último y desesperado intento de llevarte conmigo y te revuelves y me niegas incluso ahora que ya cumplí tu deseo. La que vieron mis ojos es la única verdad en la que creo, la que me mostró el final de la partida, la que me condenó a la derrota, la que habla de decadencia y olvido y me invita a abandonar. La que me empuja a morir por ti ante la imposibilidad de seguir viviendo contigo...


Mar.
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