Espero les guste. Un relato un poco largo.
La apreciaba con cierta desolación en la mirada. Un abandono con raíces en lo más profundo de su alma es lo que se reflejaba en sus ojos. Es difícil discernir, a ciertos niveles, si se trata de amor u obsesión. En éste caso, podría decirse que era una pérfida mezcla de ambas.
Francisco solo la quería a ella. La quería como un barco en medio de la tormenta desespera por un faro, por una mísera luz en medio de tan caótico ambiente. Él la veía como su única salvación a una realidad que a sus 18 años lo estaba ahogando.
No podía dejar de mirarla, mientras reposaba y conversaba con sus amigas. Francisco se había dado cuenta desde los 15 años que no podría soportar vivir mucho tiempo. Estaba ideado para ser autodestructivo y melancólico. En el momento cuando por fin logró, luego de muchos intentos, hablar con Camila y establecer cierta comunicación con ella, sintió como todo su mundo se volvía, por primera vez, soportable. Pero ahora, que la miraba como si estuviera nadando entre sus más profundos recuerdos, no podía sino sentirse triste, y descubrir como la vida le da para siempre quitarle después, y que no puedes esperar ser feliz por mucho tiempo porque no es más que un préstamo que tendrás que pagar con desolación.
Me acerqué temeroso. Mis manos sudaban. Y mi cuerpo se sentía más débil que de costumbre. No podía evitar sentirme armoniosamente sofocado por su presencia, y me lamentaba de no atreverme a dirigirle la palabra. Pero ella seguía allí, inamovible. Celestial. Era igual a aquellas fuerzas de la naturaleza que nos es imposible controlar, y mis intentos de llamar su atención eran tan inútiles como la danza de la lluvia que intentan traer el rocío. Incluso la gastada muralla en la que se apoyaba lucía hermosa bajo la protección de su espalda. La observaba con cierta mirada obsesiva que sin duda la hubiera perturbado, así que preferí, como tantas veces había hecho, desviar mi mirada para evitar que se encontrase con la suya. Las miradas distantes atraviesan el alma directamente si el contacto físico no está de por medio, por eso son tan incómodas y bellas.
Hacía oídos sordos al griterío que sus amigos, algo borrachos, causaban a su lado. No podía quitar la mirada de la elegante figura de Camila. Solo quería recorrer su cuerpo con ternura, como si nada más fuera importante, nada más que pasar tiempo con ella. Siempre la había visto como su luz, su guía, pero ahora se había convertido súbitamente en furiosos relámpagos, que aunque igual de luminosos no podían ofrecer más que dolor y destrucción. De pronto, su mente se quedó a oscuras.
Recordó cuando a sus 16 años observó las grises calles de Santiago. Era invierno, y tanto el cielo como los edificios se veían más grises y tristes que en otras ocasiones. Los matices de colores habían desaparecido bajo el furioso avance de turbias nubes. Pronto, todo pareció tener sentido. Las calles se ordenaron, y formaron impenetrables murallas a su alrededor, ajustándose cada edificio a las construcciones cercanas, mientras las calles se doblaban y acoplaban furiosas. La poca luz emanada de postes de luz y semáforos fue consumida por remolinos de cemento y hormigón destrozado, que dejaba ver en solitarias cuencas y grietas lo perfecto de la unión que ahora rodeaba completamente a Francisco. Y allí estaba él, en medio de tan grande espectáculo. Fue en aquel momento decisivo cuando se dio cuenta de que su alma estaba enjaulada, y que jamás podría ser libre. La soledad lo rodeaba, y aquella gigantesca prisión de cemento confirmaba sus sospechas. Estaba solo. Y lo estaba hacía mucho. Caminó unos metros y se dio cuenta que dicha prisión no tenía fin, y que hacia donde mirara no vería más que cemento opaco y triste.
En el instante siguiente todo volvió a la normalidad. Las calles igual de grises y melancólicas, y la gente igual de apurada e indiferente. Caminó lánguido por la vereda hacia una dirección incierta, que de todas formas poco importaba en aquel momento. Hacia donde fuera, era solo él explorando su infinita soledad. Francisco reflexionaba sobre su situación: “Cada persona vive su soledad la mayoría del tiempo. Hay muy pocas ocasiones en que realmente la soledad deja de primar en nuestras vidas. Aunque ahora camine por la misma vereda con cientos de personas, estamos todos igual de solos.” Para Francisco, los días de soledad eran insignificantes y corrientes. Tan odiosos que detestaba que alguien le preguntara por lo que había hecho el fin de semana, o como lo había pasado en la fiesta. Había pocas cosas que le gustaba contar.
Mi mente se iluminó de momentánea felicidad cuando, por los azares del destino, tuve que hablar con ella por una actividad del liceo. No fue necesario inventar ninguna excusa. Ella estaba allí, al frente mío, hablando. Yo la observaba con secreta admiración, mientras me ahogaba en el amarillo de sus ojos, y suspiraba por sus finos labios. Sus palabras se desplazaban a través de mis oídos como el más sereno viento entre los pastizales. ¡Era como si de pronto alguien hubiera extendido una escalera entre el cielo y yo! ¡Como si aquella inútil danza de la lluvia hubiera hecho llover a mares! No podía pedir nada más. En ese instante, solo dependía de mí. Tenía que establecer un lazo allí mismo.
Su mente dejó de revolotear por sus taciturnos recuerdos, y se fijaba ahora, nuevamente, en los movimientos de Camila. Para Francisco, ella estaba ahora como en tierras lejanas y distantes, que solo podía disfrutar en amarillos álbumes de fotos. Así como los paisajes adquieren un significado distintos al lucir viejos y gastados, los recuerdos de Francisco eran aún más punzantes que de costumbre, fortificados por la renovada imagen de una Camila tan cercana, pero al mismo tiempo tan lejana.
No sabía porque había venido. Desde un principio supuso que sería mala idea aceptar venir a la junta. Pero simplemente no pudo resistirse. La sola imagen de Camila representaba para Francisco un torbellino de dimensiones inconmensurables, cuyas corrientes al moverse lo invitaban animosamente a seguirla hasta los confines más remotos de ese océano. Francisco nunca podía resistirse. Cualquier signo, cualquier supuesta llamada, el lo interpretaba como la más grandes de las señales: “Ahora sí” pensaba para sí mismo cada vez que acudía, movido por su amor ciego, a situaciones que lo llevaban a sufrir profundos dolores que dejaban marcas profundas en su alma y que carcomían y debilitaban todos sus sentidos. Sabía, a pesar de todo, que al día siguiente volvería a dejarse ilusionar por las engañosas quimeras que flotaban en su cabeza.
Aquella celestial indiferencia que emanaba Camila lo destrozaba ¿No eran hace poco personas muy cercanas?
Estoy feliz. Mientras observo su delicado rostro y su pequeño cuerpo me siento en paz. Por primera vez. Como si la extenuante soledad que rodea a todos haya por fin desaparecido para mí. Ahora solo existe ella. Como la única luz que guía mi, hasta ese momento, desequilibrada vida ¿Tendrá ella idea de todo lo que significa para mí? Lo dudo. ¿Sabrá que no puedo dejar de pensar en su cabello rubio y en su voz gastada? ¿Qué no puedo evitar admirar sus dos ojos amarillentos, como el reflejo perfecto de un campo de centeno?
Es gastada. Su imagen es gastada. Es una mujer pequeña, de voz fuerte y rasposa por la cantidad de gritos, pero es como la más tierna brisa de verano. Sus cabellos son como los océanos en los que siempre soñé perderme. Y sus ojos como los soles más misericordiosos que la bóveda puede brindar.
He pensando mucho. Debo decirle cuanto la quiero.
He pensando mucho. Debo decirle cuanto la quiero.
Conversaban animosamente todos los días. Su relación era cercana, y se sentía que había cierto cariño entre ellos. No entendía nada. Los ojos cansados de Francisco no podían más que liberar una tímida lágrima que pasó desapercibida entre las luces de las calles y los griteríos alcohólicos de sus amigos. Aquella lágrima fue el reflejo del tormento inaudito en el que su alma estaba sumergida ¿Cuántas lágrimas han sido olvidadas en medio de una tibia fiesta? ¿Cuántos dolores se han fundido entre los gritos y risas de una junta? Para Francisco, la más triste verdad es saber que en ningún momento estás completamente alejado de la tristeza, y que incluso en supuestos momentos felicidad, la melancolía está presente como torrentes subterráneos que debilitan las profundidades de cada alma. Es tenebroso darse cuenta lo influyente que es una persona querida en nuestras vidas.
Francisco la veía y sentía como poco a poco su espíritu se iba despedazando, dejando escapar por las grietas pequeños y dolorosos recuerdos que asfixiaban su corazón.
Dio unos pasos vacilantes. Se acercó hacia donde se encontraba Camila y comenzó a conversar con unos conocidos. Mientras tanto, no dejaba de apreciarla con intensa nostalgia. Quizás en lo más profundo de su interior quería que ella se diese cuenta de que él estaba tan cerca. Solo un cruce de miradas bastaría para dejar en evidencia su posición.
Por mientras, se conformaba conversando con desinterés.
Me sentí derrotado. En más de un puto sentido. Al momento de decirle fue como si todas mis defensas espirituales se redujeran a cero y fuera solo un bebé en medio de un campo bajo el ardiente sol. Si, esa es la mejor forma de expresar lo que sentí. Aquellos rayos que en muchos momentos fueron liberadores y tiernos se convirtieron en viles llamaradas sofocantes que me asfixiaban mientras yo, indefenso, me defendía con movimientos involuntarios.
Es un momento triste, no puedo dudarlo, pero no es lo peor. Poco siento en éste momento. En la soledad de mi pieza será donde gritaré por las quemaduras.
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Los castigos que la presencia de Camila le causaba eran demasiados. Sin embargo, Francisco se exponía a todos ellos como si fuera una muestra de su valor. Su alma sangrante apenas y se mantenía en pie, y pedía a gritos ser alejada del campo de batalla. Una batalla que Francisco disputaba contra entes celestiales más allá de su entendimiento.
Los lánguidos movimientos de sus manos al hablar demostraban el poco interés que tenía en aquella charla. Todas sus energías se concentraban en Camila, como queriendo llamarla con miradas penetrantes y obsesivas.
De pronto, sus miradas se cruzaron.
Es como la más intensa de las desolaciones que un humano puede sentir. Como si un dios cruel y sicópata desprendiera de una madre el feto sagrado que lleva su vientre. O como si se riese de todos los pormenores de las angustiosas vidas de las creaciones mortales que habitan el pérfido planeta llamado Tierra. Es como si alguien estuviese bailando sobre mí pecho a todo momento.
Cada instante se hace eterno. Es común recordar cualquier mísero detalle y usarlo como excusa. Aferrarte a él como el escalador se aferra al peñasco que le salvará la vida. En este caso, solo puedes caer. Los débiles pretextos te terminan llevando al mismo camino de desolación y tristeza. Y no puedes hacer más que culparte a ti mismo. Yo no pude hacer más que culparme a mí mismo.
Quedé abandonado, en medio de un mar indiferente, sin costa en donde refugiarme. Sin luz que guiase mi camino.
Las murallas de la lúgubre calle se fundieron unas con otras nostalgia, y las luces de los débiles postes de luz se escabulleron en recónditos callejones que luego se cerraron. Los remolinos de concreto flotaban sobre la cabeza de Francisco, y poco a poco lo iban aislando del resto de la gente. Fue grande su sorpresa cuando pareció que las calles aislaban también a su ansiada Camila, como indicando el camino hacia donde debía ir su alma en pena.
Los edificios terminaron pena por rodear a Francisco, y se dirigían hasta Camila. Su pequeño cuerpo fue cercado dulcemente por inmensos trozos de acero y cemento, que dejaron un camino libre entre él y ella desolación. Mientras tanto, Francisco seguía divagando entre la realidad y el recuerdo tortuoso de su amada. Sentía como poco a poco el faro que guió brevemente sus tormentosos mares volvía a encenderse para no abandonarlo nunca más. Una sonrisa enferma se esbozó en su marchitado soledad rostro.
Allí estaban ambos, compartiendo una cálida soledad. Francisco sintió el deseo no de correr desesperadamente hacia ella y abrazarla, quizás como un último acto lánguido desesperado para intentar mantenerla cerca de él. Pero sus esperanzas se nublaron recuerdos cuando grandes bloques de pavimento bloquearon el camino entre ellos. Angustia Y como si feroces vientos destrozaran su faro corazón, Francisco cayó al suelo llorando y ahogado en las profundidades melancolía de sus océanos eternos luz que siempre te amo había recorrido en su mente.
Ahora salvación oportunidad ya nada tenía sentido. La aparente tristeza nostalgia abandono soledad compartida nunca existió. Y poco a poco sol centeno pastizal su mente se fue tristeza tristeza tristeza nublando la luz que entre sus melancólicos no me dejes e inestables recuerdos.
Congoja desconsuelo desolación melancolía nostalgia añoranza soledad inutilidad mi sol la luz faro guíame confórtame háblame Es como la más intensa de las desolaciones que un humano puede sentir Como la única luz que guía mi, hasta ese momento, desequilibrada vida Las miradas distantes atraviesan el alma directamente si el contacto físico no está de por medio, por eso son tan incómodas y bellas. Ayuda Yo la observaba con secreta admiración, mientras me ahogaba en el amarillo de sus ojos, y suspiraba por sus finos labios Yo no pude hacer más que culparme a mí mismo.
La tormenta cesó. El faro se apagó.
Las cosas suelen apagarse sin que uno se de cuenta.
Pero posiblemente te perdiste porque soy un idiota, jajaj.
Saludines.