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Animus

marustereomarustereo Pedro Abad s.XII
editado junio 2012 en Ciencia Ficción
La nébula acababa de volverse más condensada a través del telescopio digital de Nove, y en ese momento decidió magnificar la intensidad de los lentes: la imagen de la nube cósmica se volvió más vivida y solida, y solo con un par de ajustes más pudo regularla a su imagen natural. Los audífonos recibidores de rayos electromagnéticos le traían la versión musical de los sonidos, impropiamente así llamados, que viajaban por el vacío espacial hasta el satélite fuera de la Cápsula 26. Detrás de una constelación que unía los gases nebulosos, identificó el resplandor a años luz de distancia, perteneciente al reflejo solar de la Luna.
La interferencia de las ondas electromagnéticas le hizo desconcentrarse, y se dio vuelta, removiéndose el dispositivo identificador de la nuca y la frente, encontrándose con la mirada paralizada de Iago, una mirada fijada en el Acelerador Mitótico de Materia, el cual ya había terminado su período de gestación, impresionantemente de sólo un par de horas, y de ahí mismo, la cuna de toda carne implementada a la donación a conveniencia, iban surgiendo las extremidades desnudas de un hombre físicamente purificado, y completamente diferente a Iago, pero solamente en ese contexto.
Se trataba de algo más que gemelos: ninguna ciencia había sido capaz de renovar un tejido en tan poco tiempo y recrear ese mismo grupo celular en un equipo de billones de genes dependientes para sostener el cuerpo prontamente animado del primer clon nacido fuera de la atmosfera terrestre. Se miraron los dos Iagos, se miraron en los espejos que eran cada uno, en la misma forma de sobresaltarse y las mismas mandíbulas estrechas boquiabiertas ante la presencia del otro.
-Iago, este es Iago- los presentó Nove al borde del éxtasis, aunque incapaz de no acariciarse las manos sudorosas que habían dejado el identificador sobre el volante de la Cápsula, que fijaba rumbo en piloto automático. -. Pero, pero… esto fue rápido, muy rápido. No entiendo como… Iago, no, no tu, el primer Iago… ¿qué te parece?
-Es… soy yo- balbuceó el primer Iago. -. Exactamente igual. No sé ni que decir. Reacciona hasta a mi nombre.
-¿Tu nombre o mi nombre?- preguntó el segundo Iago con la misma voz.
-Mi nombre- respondió el otro algo ofendido, y Nove intervino rápido:
-Esto es increíble, alucinante. 26, activa el grabador digital.
-Grabador digital, activado- pronunció el altavoz sin género a través de toda la maquinaria. -. Grabando en tarjeta de vídeo número uno.
Nove, con su chaqueta de segunda que ya no tenía nada que ver con los trajes espaciales que distinguían a los enviados a la misión, se continuaba restregando las manos mientras penetraba la mirada de los iguales y anotaba en la pantalla del computador los detalles del encuentro. Mientras tanto, los dos se sentaron en el piso y se copiaban los movimientos, para luego hacer unos que el otro no hacía, cosa que se confirmaban que no tenían un holograma enfrente de sus caras. Afuera los cuerpos celestes pasaban desapercibidos ante tanta conmoción.
Se produjo un sonido temible del Acelerador Mitótico, revelando que estaba iniciando la limpieza de los fluidos y restos innecesarios de la materia. El segundo Iago la observó desconfiado, retorciendo las extremidades ante semejante noción, y Nove observó este comportamiento atentamente, no como el primer Iago, al que le daba un poco de asco la situación.
Horas después, cuando el clon ya se había familiarizado un poco más con sus funciones motoras y el original ya se había encerrado en su cubículo a descansar, Nove actualizó la bitácora de esa semana en susurros precisos:
“Tras la observación diaria de Animus 364, hemos identificado la densidad de dichas partículas, provenientes de un elemento particularmente pesado y algo… inestable, y a la vez precisamente perfecto. Este factor forma las constantes microexplosiones y las frecuencias que interfieren con la señal de la Cápsula, que probablemente señalen una amenaza para el balance de la nébula. Si considero la distancia a la que nos encontramos y el efecto que desde ya se está expandiendo en la nave, puedo decir que sería casi imposible acercarse lo suficiente a la nébula para extraer una muestra del elemento gaseoso, a menos que busquemos la destrucción inminente de la Cápsula.
Por otro lado, tengo que admitir que la Generación ha sido un completo éxito. Es tan exitoso que aún no me lo creo. Aunque he notado que el Regenerado expresa una cierta susceptibilidad hacia el Acelerador Mitótico, parece que por reacción fisiológica, como si no se diera cuenta de ello. Debo investigar eso más tarde, especialmente antes de planear la exploración de Animus 346. Quizás valga la pena arriesgarnos de nuevo. Fin de la bitácora”. Apagó el grabador, se quedó un rato mirando por la ventana frontal los astros que ocupaban más espacio que el vacío entre ellos. La luminaria de los botones y las pantallas se iban poniendo en estado de ahorro energético, mientras Nove se preparaba para retirarse a su cubículo.
Con el oído pegado a la puerta, el Iago experimental había escuchado atentamente el soliloquio. Y al asegurar que la sala de comandos había quedado en silencio, se escurrió por la puerta hacia ella. La penumbra de la sala se fue incrementando de a poco, sin hacer ruidos innecesarios, ante la presencia del bienvenido que fue tomado por sorpresa: comprendía todo el funcionamiento de estos controles, pero divagaba en saber porqué llevaba este conocimiento. Escudriñó botones y palancas y conductores, los sintió con dedos temblorosos (pues no controlaba firmemente las manos todavía) pero no precisó el tacto en activar ninguna de estas consolas, sino en sentirlas en materia, como cuando el Acelerador pasaba sus detectores por su cuerpo a la hora de revisar las imperfecciones de su microevolucionaria existencia. Pero él no computaba ninguno de estos símiles, sólo ejecutaba lo que conocía de la manera que lo conocía. Y ya conocía su nombre, Iago, y ya conocía a Nove, ¿su creador? ¿O el primer Iago lo había concebido? Confundido, se sentó en la silla del capitán y se quedó mirando la nebulosa lejana, la aparente destinataria.
Al cabo de los descansos necesarios, los tres pasajeros se reunieron en la sala de comandos con un mapa latitudinal en el medio de ellos. (Luego de que varios célebres antecesores de Nove hubieran identificado la estructura cuasi-esférica del universo, la cartografía digital espacial a partir de entonces se había dividido en grupos de latitudes, con más de cuatrocientas de ellas exploradas hasta la fecha).
-Como pueden ver- señalaba en la pantallita – estamos navegando entre las latitudes 342 y 346, con un poco más de 0.002° de separación entre los dos extremos, aproximadamente. Animus 346 se encuentra exactamente en la latitud 346, valga la redundancia, y si no me equivoco, el elemento que contiene mantiene el magnetismo exacto de esa latitud en particular. Corre de este a oeste sin desvío alguno. Nuestro propósito es tomar una muestra de este elemento lo más delicadamente posible, de modo que podamos dejar los gases estables y salir de ellos a salvo. ¿Los dos entienden esto?- Los dos Iagos asintieron, el primero más seguro que el segundo. – Ahora, la acción de irrumpir esta nube de pura energía puede resultar extremadamente peligrosa, incluso fatal, para el que lo haga. Digo “el” porque debemos detener la nave a una distancia prudente si no queremos quemarnos todos en el proceso. Así que, uno de ustedes dos será el que vaya hasta allá a recoger una muestra y volverá a la Cápsula.
Recayó un silencio sombrío sobre los tres, pero más sobre el espiritualmente desesperado clon que en los otros dos, ya conocedores de las consecuencias desde los inicios de la misión. El primer Iago no se encontraba lo suficientemente preocupado por su destino, que ya lo sabía asegurado, como por el de la Cápsula en sí. Sabía que su clon había sido generado por una razón y sólo esa, y no había por qué pensar de otra manera al respecto, no había por qué pensarlo siquiera. Y Nove lo veía en sus ojos, veía el brillo malicioso del pacto, y la inocencia incomprendida en el otro par.
-Creo que ambos tienen mucho de qué hablar- Nove se levantó, se acomodó la chaqueta y se dispuso a retirarse, no sin antes agregar: -. Cuando tengan una respuesta segura, por favor avísenme. Tengo unos archivos que revisar ahora.
En la nueva soledad de la sala, los dos Iagos se miraron un rato antes de que el primero rompiera el hielo:
-Mira, esto es bastante simple- se inclinó sobre sus rodillas y lo miró seriamente -. Eres de mis genes, me debes una vida y ahora es momento de que la pagues. ¿Comprendes? No hay manera que yo me tire al vacío por los caprichos tarados de Nove, y él claramente no puede hacerlo: es el único que sabe manejar esta cosa de arriba abajo y el único que está como comandante. Ya perdimos a un hombre en esta misión y créeme, perder a otro que ni siquiera es tal no nos cuesta nada.
-Creo que puedo manejar la nave también- dijo el novato por lo bajo, ignorando todo lo demás.
-No digas estupideces. Vas a ir al Animus ese, ¿está claro?- Se puso de pie, tambaleándose un poco. -. Carajo, la presión… Dame la jeringa, esa, la que está al lado de la palanca grande- Y el Iago inocente se la alcanzó, viendo sin mucha impresión como su proveedor se la inyectaba en el brazo a sangre fría. - ¿No te duele la cabeza, el cuerpo, nada?
-No- respondió. -. Me siento muy bien.
-Claro, si te gestaste acá en el espacio. En la Tierra te va a doler todo, entonces. Si es que vas un día a ella- Y este último comentario fue una mezcla entre pena y burla, más una sátira que un desprecio.

(Continúa en Animus: continuación)
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