Tras una luenga trocha de pesares,
un golfo de afilados sufrimientos,
un arenal carente de remansos
y una bóveda obscura y sin estrellas,
cuán ricos del silencio los manjares,
cuán suaves de la nada los alientos,
cuán dulces entre piedras los descansos
y cuán miríficas del fin las huellas.
Lo que en vida mudanzas y fortunas
arrebataron a mi inerte alma
con sórdida violencia y fiero puño
se lo sirve, debajo de este abruño,
la creadora de la estrenua calma
que conocen jardines y lagunas.