Dime, claro espejito,
quién gobierna sus sueños
cuando, hermosos, sureños
y de un color bendito,
ciérranse sus cristales
y reposan sus pechos sin iguales.
Dime si en esas horas
en que sus muslos blancos,
sus mil cabellos francos
y sus cuerdas canoras
acarician la holanda
tan confortante, dulce, tenue y blanda,
ella evoca mi nombre
y acaso me desea
igual que a Dulcinea
el quijotesco hombre,
que al gallardo Romeo
la veronesa de sensual fraseo.
Dime si hay un espacio
en su alma femenina
(aquella que ilumina
mi ser mohíno y lacio)
en que vibren los versos
que exhalo como el Sol fulgores tersos.
Mas no, que su belleza
bien sé que pertenece,
pues cual ninguna crece,
a la empírea nobleza
que controla los hados
desde tiempos remotos y olvidados.
Es su amor imposible,
su mano inalcanzable,
su cintura intocable
y su aroma inasible
para cuantos sentidos
me fueron al nacer reconocidos.
Estando ya despierta
y en tu centro su rostro
bañado por el ostro,
con voz te ruego yerta
que le digas al menos
cómo sus vivos labios ponen frenos
a los magnos dolores
que sacuden mis días,
que son mis agonías
y mis recios temores
con su risa aplacados
y por su excelsa juventud callados.