Por las calles caminaba
cuando, envuelta en velludillos,
me miró con ojos pillos
una hembra hermosa y brava.
Desde aquel sin par instante
ando doblemente ciego;
tanto que a la muerte ruego
con voz ansiosa y vibrante.
Ciego, de un lado, de amor,
que fue apreciar la limpieza
de su venusta belleza
para perder la color.
De otro, porque mis pupilas
huyeron a su cintura
y, locas con tal albura,
siguen en ella tranquilas.
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