Altiva y poderosa
como salvaje fiera
que sus leyes impone bajo el cielo,
en noche luminosa
en que surcan la esfera
meteoros de limpio y raso vuelo
y cual gentil flabelo
extiéndese Selene,
la mar atruena y brama
con una voz que inflama,
pues en la tierra no segundo tiene,
el oído del hombre
de un espanto sin forma, faz ni nombre.
Ya se encoge y trepida
el bergantín velero
que entre sus colosales brazos hiende,
sintiendo que la vida
que cuidó con esmero
de un minúsculo y frágil hilo pende;
ya súbito comprende
ser la lucha inservible,
la resistencia vana,
contra la espuma cana
que con una energía irresistible
le hiere en los costados
y deja los pulmones inundados.
Sufre de igual manera
la solitaria roca
cada cual de sus ríspidos embates,
y en la obscura ribera
con miedos mil se toca
la arena de amarillos y granates
oyendo los rebates
de ligeras cabrillas
que asisten y acompañan
a los flujos que bañan
de hórridas y dantescas pesadillas
los inquietos descansos
de bajíos benévolos y mansos.
Mas en cambio mi pecho,
aunque blando y desnudo
como un norteño orvallo y una era,
halla resguardo y techo
contra su enojo rudo
y su cólera armígera y señera:
es que en él reverbera
de tu cuerpo el perfume
y anida la hermosura
de tu feraz blancura,
no habiendo tal fortuna que lo abrume
ni azar o circunstancia
que le deprede tu sensual sustancia.