Era la primera noche de un diciembre que prometía ser de los más fríos en los últimos años y los cristales de mi Clio tenían una ligera capa de hielo. No cruzamos ni una sola palabra durante el trayecto del local de Los Cuarenta hasta que dejé a Fish en la puerta de su casa; ni siquiera nos miramos. Apenas escuché los dos golpes que dio en la ventanilla cuando bajó del coche después de cerrar la puerta.
-Evans… -dijo tímidamente.
-No tienes que darme ninguna explicación.
Su mirada pareció un poco desilusionada.
-Pero… yo…
-Ya hablaremos mañana.
Esbozó una débil sonrisa mientras vi cómo se alejaba a través del hueco que sus dedos habían dejado en el cristal helado de la ventana hasta su casa.
Me quedé allí un buen rato, con el motor del coche y las luces apagadas, intentando poner en orden todos aquellos sentimientos tan contradictorios en mitad de la noche, con el murmullo de los copos de nieve en la oscuridad, mirando la foto de Eva, Nerea y Daniel que llevaba en la guantera.
Hace casi un año y diez meses que soy yo quien sorprende al amanecer cada mañana, quien espera entre el humo de los cigarrillos mal apagados los primeros rayos de sol, la primera oleada de calor del día que me haga recordar que estoy vivo, que todavía soy capaz de sentir algo, aunque solo sea por un instante. Sigo esperando todos los días que sus brazos me envuelvan la cintura, sentir su pecho y su respiración en mi espalda mientras sus manos acarician mi vientre, y después ese beso en mi cuello, dulce como la brisa del mar, con olor a salitre, exorcizando todos mis demonios, haciéndome olvidar los horrores que veo a diario, toda la corrupción de la ciudad esperándome, toda esa maldad cotidiana que hace que la esperanza en el hombre no sea más que una apuesta segura al caballo perdedor.
Sigo escuchando su voz suave y tímida dándome los buenos días, diciéndome que el desayuno está listo, mientras los niños hacen una carrera desde la habitación al baño para ver quién llega primero; el eco de sus voces permanece aún en todos los rincones, en las paredes, en el reloj de madera de la sala de estar que dejó de marcar las horas más felices de mi vida un catorce de febrero.
El día de San Valentín me ha perseguido durante toda mi vida como una maldición gitana, traicionándome como el beso de Judas: todas las mujeres de mi vida han desaparecido ese día. Empezando por mi madre, que nos abandonó a mi hermano y a mi padre cuando yo tenía cinco años. La recuerdo vaciando cajones enteros de ropa y llenando dos maletas hasta arriba, y yo mirándola en silencio, pensando que tal vez me iba a llevar a Disneyland como me había prometido; luego acarició mi cara regordeta con las manos, besándome la frente, y sentí en mis pies el temblor del parquet al compás de sus pasos ligeros y decididos, alejándose; se giró al abrir la puerta para mirarme una vez más, clavado en el fondo del pasillo, dejando un sobre encima del mueble del recibidor, junto con un suspiro y la desilusión y el desencanto de treinta años de matrimonio. Le devolví el gesto al ver que levantaba una mano, despidiéndose con su figura enmarcada por los parpadeos constantes del tubo fluorescente del rellano, hasta que desapareció. Corrí hacia la puerta intentando alcanzar el pomo, poniéndome de puntillas, pero estaba cerrada con llave y todos mis esfuerzos fueron inútiles. No sé el tiempo que permanecí sentado en el sofá de casa, a oscuras, hasta que llegó mi padre con un ramo de rosas. Cerró la puerta y cogió el sobre sin decir ni una sola palabra; pude ver como unas lágrimas empapaban la tinta azul de la nota, emborronando el papel, haciendo que las letras se perdiesen para siempre. La nota y las rosas acabaron en la papelera con un gesto de derrota. Fue la última vez que vi a mi padre llorar.
Con Vanesa, mi primer amor de verano adolescente, llegaron los primeros hormigueos en el estómago cuando estaba a su lado, la primera vez que tartamudee frente a una mujer, las primeras caricias en su pelo como la arena de playa, el primer beso, ese que es tan torpe que no se olvida, tan explosivo y fugaz como las lágrimas de la noche de San Lorenzo. Y la primera despedida, dolorosa como una cuchillada después de una caricia, como el inicio de una relación a distancia que duraría dos años y que terminaría con una carta que llegó el día de los enamorados. Hubiese luchado por ese amor inocente de quince años, pero me puso los cuernos con Dios, haciéndose misionera. Tal vez fue por su mirada de ángel caído que me la robó definitivamente tres años después, cuando recibí la noticia que había sido acribillada a balazos por un grupo de niños soldado en Sierra Leona, en un camión repleto de comida y suministros médicos. Murió en el acto. Aún guardo toda su correspondencia en una vieja caja de zapatos y llevo la cruz que me regaló colgada en el cuello.
A Esther la conocí en casa de un amigo una tarde de enero. Fue el amor prohibido, el amor secreto y a escondidas, peligroso como una oscura adicción, rebelde como su cabello rojo y desgreñado. En sus ojos verdes se podía adivinar el dolor de la separación de sus padres y de interminables discusiones familiares, que la obligaron a abandonar el hogar antes de cumplir los diecisiete y a buscarse la vida en una habitación de alquiler en Hospitalet. Fue una relación breve y tormentosa que finalizó con un mensaje en el móvil el catorce de febrero. Aún le estoy agradecido a mi padre, quien me abrió los ojos y me hizo ver, antes de que fuese demasiado tarde, que Esther llevaba la infidelidad en los genes y el fracaso tatuado en la piel. Y de fracasos e infidelidades mi padre sabía más que nadie.
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