Qué farsa, una mentira de ideas y apariencias, clavadas con falsas promesas y juramentos sin firmas. Todos aquellos que alguna vez no miré, me dicen a gritos que la arranque, que la destroce en muchos pedazos. ¿Es esto lo correcto? preguntó quien siempre ha tenido la razón, y se le ha juzgado de buen hombre, de perfectas imperfecciones, algo neurótico, pero con un pozo sin fondo de maravillas. Ellos lucen muy bien, debería probar un plato fuerte. Uno, que me otorgue cierta vergüenza y alegría al recordar. Le respondí. No había mucho que discutir con este individuo, pues yo sabía la verdad, y sabía que a pesar del pasado, del presente, y de las malas jugadas: qué era correcto. Sin más que pensar, tomé asiento, me sentí relajado, pasé mis manos por mi rostro; y descubrí, que nunca existieron promesas, juramentos, ni aquellos molestos clavos que alguna vez, me hicieron sentir que llevaba conmigo una máscara en todo momento.
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