Cuando estoy solo y todas las voces callan, me gusta pensar y escuchar la voz propia. Escribo letras, kabbalah de muertos y hablo necromancias con los libros; apago la luz y respiro, respiro y apago las ventanas del cuarto que después apagan al mundo de afuera. Escucho el silencio, sus oscuridades y secretos que me rodean, susurros de viento cobijas de vacío.
Medito. Desaparezco, el cuerpo es un peso, el alma un medio de transporte. Los párpados se abren con los ojos cerrados y soy invisible porque estando solo nadie me ve. Soy occiso y soy inmortal. El tiempo se encierra fuera y me deja ser impreciso, desprendido de él, desapegado a los ojos de la tierra. Tierra me dice cosas, me lee, me toca las manos y me dice Frio.
Firmo la paz con mis pensamientos, palpito libre y escribo la independencia de mi sexo con las manos. Soy yo, combustible abrazado en mis brazos de fuego. Me incendio, me quemo, me muero y estoy mas vivo que nunca. Hoy soy de carne, carnaval en casa, ventisca que tiembla justo arriba de mí. Justo arriba de todo, justo arriba y al final nada, vacío, el vacío.
Recuerdo. Ars Memoriae se abre y la casa de mi pasado está abierta al público. Los fantasmas pretéritos escuchan lo que les quiero decir; nos sentamos en el comedor y bebemos agua natural todos juntos, celebramos la caducidad de la vida y lloramos a los que se extinguieron con los días que ya pasaron en el calendario. Nos abrazamos, nos damos la mano y si hace falta, nos pedimos perdón. Sobretodo, nos pedimos perdón, porque todos nos perdimos, y todos nos encontramos ahí; en la memoria.
Pienso, en ti. Te extraño y te digo que cómo es posible que estés conmigo; cómo tú, niña de mis labios, cómo. Te quiero, te toco con el corazón que todavía te siente; te abrazo con los ojos cerrados y leo tus voces escritas, te miro sin mirarte y te toco con las manos que te han tocado, que te han dicho que te aman y que te necesitan para cerrarse completas; para no ser puños y ser nosotros. Para sentir tu pulso y verte sonrojada, luego mirarte y sentirte conmigo, aquí.
Me dejo a voluntad de la gravedad, de la gravedad de la tierra que me mantiene acostado. De la gravedad de todos los que me han rodeado y sus gravedades que nos esdrújulan a todos, de mayor a menor, y a veces unos más que otros. Todo ese daño se abre y se cierra, las cicatrices son burbujas de aire que vuela y revientan. Rápido, así, plaff, pum, se cierra, el daño está hecho, del mismo material del que están hechos los sueños.
Y si tengo suerte, escribo. Porque estando solo es cuando es cuando más estoy, estamos y me quedo aquí, en mi sitio de papel y tinta roja.
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